“En la ciudad de Sylvia” no es un manjar que pueda ser degustado por cualquier paladar. Y eso porque el cine de José Luis Guerín es auténtico Cine —con mayúsculas—, que exige una actitud contemplativa al verlo, y una respuesta reflexiva al analizarlo. Su mirada busca capturar la realidad como se presenta ante la cámara, procurando no adulterarla y respetar su pureza, su ausencia de artificio y su misma verdad. Evidentemente, hay puesta en escena y montaje, pero su planteamiento es el de un poeta y un artista, el de un buen conocedor de la psicología humana y también de la sociología de una época. Capturar el tiempo, reflexionar acerca de lo permanente y lo efímero, buscar los orígenes y la propia identidad… Tarea ardua pero esencial para quien desea hacer un cine que diga algo, y que exige cierta distancia frente a la historia contada a la vez que el máximo respeto hacia sus personajes.

En esta cinta, el director de “En construcción” se acerca al ideal femenino y a su búsqueda por el artista, permanente insatisfecho que trata de capturar el rostro que un día le enamoró y que su imaginario ha transformado hasta hacerlo irreconocible, abstracto, irreal. Esfuerzo inútil de la cámara que lo intenta atrapar —sin conseguirlo— precisamente por la misma futilidad de la imagen, algo que la fotografía sí logra congelar e inmortalizar, y que la imaginación del protagonista recrea de manera obsesiva y complaciente. Guerín nos ofrece miradas de autor con bellísimos planos —compuestos artísticamente y montados con un tempo preciso—, que recogen a su vez otras miradas y gestos de tantas mujeres sobre las que un estudiante ha posado a su vez su propia mirada. Rostros de la mujer bella, unas veces vislumbrado en espejos y escaparates, otras confundido entre jóvenes transeúntes llamadas “Sylvia”, “Laure” o de cualquier otra manera… y siempre la belleza.

Son las miradas de un cineasta sensible e inteligente que, como Víctor Erice (“El sol del membrillo”), Mercedes Álvarez (“El cielo gira”), Javier Rebollo (“Lo que sé de Lola”) o Jaime Rosales (“La soledad”), eleva el nivel del cine español a las alturas de la contemplación, y eso aunque no encuentre espacio terrenal en las salas y tenga que conformarse con las secciones paralelas de los Festivales. Una joya para ver y disfrutar una y otra vez, sin prisas, recorriendo las calles de Estrasburgo o de cualquier otra ciudad.
En las imágenes: Xavier Lafitte (arriba) y Pilar López de Ayala (abajo) en “En la ciudad de Sylvia” - Copyright © 2007 Eddie Saeta y Château-Rouge Production. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.
Siento que no te haya gustado, Rafael. Más aún si fuiste guiado por el buen recuerdo que pudo dejarte “En construcción”. Pienso que tienen bastante en común, sobre todo en lo que se refiere al modo de enfrentarse a la realidad y respetarla, y del uso de la imagen sin obligarla a decir nada de manera explicativa.
En mi opinión, al no haber historia, la película se lo juega todo a una carta: que el espectador conecte con la mirada del protagonista -que es la misma del director- y penetre en su cabeza de artista enamorado… Si no se “mete” en su imaginación -y en la película- está perdido porque es verdad que se repite y repite…: ahí está parte de la esencia y de lo que quiere trasmitir.
Y respecto a lo del “conocimiento cinematográfico”, pienso que enfocada desde el punto de vista del lenguaje y de la imagen-realidad-fotografía y del análisis semiótico (sin querer ser pedante con ello), pues tiene un valor notable. Pero lo dicho, si no gusta, pues no gusta…, y no hay nada que añadir.
Aguanté hasta el final, por dar al director de “En construcción” mi voto de confianza.
En mi opinión, poco se puede salvar de esta película, aparte de unos cuantas interpretaciones al violín de su banda sonora.
La busqueda de la belleza imaginaria o real del protagonista, creo que está mal planteada, ofreciendo un desfile de caritas guapas digno de un anuncio de champú.
La ciudad de Strasburgo, la cual tengo la suerte de conocer, tiene una luz y rincones preciosos. Sin embargo la fotografía y encuadres escogidos para el rodaje me parecen vacíos y repetitivos, añadiendo los infinitos y extenuantes cruces de tranvía (supongo que esto será un intento de símbolo para el guionista).
La interpretación de los actores, poco que decir, porque no la hay. Una película con pocos diálogos y de signos no verbales escasos y repetidos una y otra vez a lo largo de 90 insoportables minutos.
No comparto la opinión de que se necesite sensibilidad y conocimiento cinematográfico para apreciar este trabajo. Películas de tempo lento, pausados diálogos (verbales o no verbales),estética y fotografía cuidadas me suelen encantar. Sin embargo está película está lejos de la contemplación y si busca algo desde luego no lo encuentra.
Es verdad, Manuel, que ver a Guerín exige una actitud determinada, unas pautas y hábitos. Pero ¿no es la sensibilidad algo que se educa hasta constituirse en hábito, aparte de las cualidades que cada uno tenga?…, porque no todos nacen con ella y aún éstos tienen que trabajar esa actitud de contemplación e interiorización. Con lo que sí, ver a Guerín exige paciencia y paz, no buscar en primer término “lo que pasa”…, pero a la vez haber aprendido (a veces con trabajo) a mirar…
Pienso que “En la ciudad de Sylvia” no es el primer plato para quien no disfrute con lo bello, con lo lírico, con lo sutil. Es más bien, el postre, pero un rico postre que ojalá muchos supieran valorar. Mucho consiste en aprender a valorar y abrir la mente, en tener afán por descubrir nuevos modos de ver cine -en este caso-.
En el caso de esas chicas que se fueron, aparte de otras razones que desconocemos, pienso que fundamentalmente es que… no sabían dónde entraban, qué les podía dar Guerín y qué querían ellas en realidad: puro desconocimiento, y por eso no hubo encuentro.
Comparto plenamente tu reflexión, compañero Julio, porque a mí también me atrapó totalmente esta última propuesta de Guerín, hasta el punto de que, por increíble que parezca, los noventa minutos de su metraje se me pasaron en un suspiro. Pero también entiendo que no se trata de un producto que pueda ser degustado con igual delectación por cualquier paladar, y no por una cuestión de exquisitez, sensibilidad o nivel de conocimiento cinematográfico, sino, lisa y llanamente, por una cuestión de hábito y pautas. Y vaya aquí un episodio (o batallita…) que ilustra bastante bien lo que quiero decir: en la sala donde la ví (una muy pequeña, de un multisalas especializado en V.O. del centro de Madrid), había dos muchachas en las butacas posteriores a la mía que, por la conversación que mantuvieron en los minutos previos al comienzo de la proyección, se acercaban bastante más a un “perfil gafapasta” que a un “perfil palomitero” (dicho sea lo de los dos perfiles con ánimo ilustrativo, y para nada ofensivo o peyorativo); pues bien, a los poco más de quince minutos de iniciada la peli, ya habían cogido la puerta de salida…. Y creo que puedo entenderlas, creo…
Saludos.
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