Pixar vuelve a sorprender con una película que se aprovecha de los avances infográficos para lograr una mayor perfección en la animación, y que se arriesga a contar una historia muy humana y llena de emoción básicamente sólo con la imagen, a la vez que deja algún que otro mensaje o advertencia. “WALL·E (Batallón de limpieza)” es, en el fondo, una historia de amor en medio de la soledad, pero trufada con una buena dosis de crítica hacia el modelo de sociedad del bienestar que se ha abandonado a la ociosidad y que ha olvidado la riqueza de las relaciones humanas. Es una denuncia ecologista, en tono catastrofista, por el estropicio de un planeta que apostó por el progreso tecnológico y aparcó la vida que la Naturaleza ofrecía. Pero es también una llamada a la esperanza en el hombre, en cuyo interior siempre queda un resquicio desde el que volver a ser él mismo, desde el que reclamar la dignidad que merece y la libertad necesaria para decidir su futuro, aunque en ocasiones eso precise de una revuelta contra los tiranos, aquí personificados en unos robots que han asumido el poder de mando.
Sin embargo, Pixar no se contenta con hacer un discurso valiente y profundo sobre una sociedad deshumanizada, sino que pretende también hablar al espectador con la sola imagen y defender un cine en estado puro: durante buena parte de la primera mitad no hay diálogos ni explicaciones de lo que pasa, con lo que la historia avanza gracias a una estudiada y precisa planificación, con una sutilidad que exige una actitud activa e imaginativa en quien contempla unos robots que se esfuerzan por entenderse e incluso agradarse. Una narrativa y expresividad que recuerdan al cine mudo, con el aliciente de que aquí los gestos se dibujan sobre el latón más o menos primitivo, más o menos sofisticado. Entre WALL·E y EVA existen verdaderas y auténticas relaciones humanas, con momentos emocionantes y líricos —ahí está ese baile en el espacio— junto a otros profundamente dramáticos —como la escena de WALL·E desmemoriado—. Pero también entre los humanos “exiliados” encontramos comportamientos que van de lo puramente maquinal —patética es esa serie de gordos especímenes sin personalidad tomando el sol de manera rutinaria— hasta la titánica reacción del comandante al son de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss, en clara alusión al film de Stanley Kubrick.
Las referencias cinematográficas que aparecen en la hora y media de metraje son abundantes, y mientras “Hello, Dolly!” sirve para hacer revivir los sentimientos al hilo de canciones y bailes —interesante esa idea de la imagen como vehículo de aprendizaje para el espectador, que a WALL·E le educa en una afectividad “no programada”—, “2001: Una odisea del espacio” cuestiona el sentido del progreso que anula lo que es más propio del hombre hasta someterle a una creación suya, o “Star Wars” y “Titanic” aportan el componente fantástico o de aventura y catástrofe. No faltan tampoco las referencias artísticas, con toda una galería de manifestaciones pictóricas que ilustran los créditos finales y que son una expresión más de esa humanidad capaz de crear para el mero goce y disfrute, sin una aplicación práctica inmediata: una nueva crítica al duro tecnicismo que puede llegar a enterrar lo más humano y que puede quedar compactado y arrinconado como “basura” por un batallón de autómatas sin sentimientos.
Sin duda, Pixar ha apostado por una propuesta densa y reflexiva que por momentos se hace algo lúgubre y pesada, aunque no le faltan otros con chispa y emoción. No es una película fácil —tampoco diríamos que difícil— ni dirigida a un público infantil, aunque también los niños pueden disfrutar con esos robots tan expresivos como juguetones. No le faltan, especialmente en el primer tercio, logros artísticos muy meritorios, con una calidad en el tratamiento de la luz que genera auténticas atmósferas apocalípticas al estilo “Blade Runner” y una banda sonora de gran personalidad y fuerza expresiva. Con WALL·E, Pixar da una nueva lección de perfección tecnológica al tiempo que alerta contra planteamientos consumistas que sólo buscan el placer y la comodidad, sin olvidarse de la nostalgia y el amor como condimentos que aligeren la historia. Es el difícil equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre lo más valioso del hombre y los avances del progreso: algo que Pixar sabe armonizar en WALL·E contando una entrañable y sugerente historia no vacía de enjundiosos planteamientos y de envidiable perfección formal.
Calificación: 8/10
En las imágenes: Escenas de “WALL·E (Batallón de limpieza)” – Copyright © 2008 Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
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Hubo un tiempo,…
[...] espectador conserva en su memoria, mientras que el robot alienígena nos hace añorar a Ewa de “WALL·E (Batallón de limpieza)”, o la protagonista Susan no pasa de ser una buena e ingenua chica pija que necesita de un meteorito [...]
[...] y sin duda la más lograda de cuantas se han hecho en torno a Batman. La otra gran triunfadora en “WALL·E (Batallón de limpieza)”, última demostración de Pixar en su intachable progresión infográfica y con un guión [...]
[...] La crítica completa está publicada en La Butaca [...]
[...] radiografiar una sociedad asfixiada de bienestar y perdida en la ambición, como los exiliados de “WALL·E” que, de tanto engordar de sí mismos y concedérselo todo, habían olvidado lo esencial del ser [...]
[...] un lugar destacado por lograr el objetivo de entretener sin descuidar la calidad cinematográfica: “WALL·E (Batallón de limpieza)” es la última joya de la animación de Pixar, que además se atreve a dar una lección de narrativa [...]
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