Estaba claro: tanto rozar la perfección, en alguna ocasión Pixar tenía que alcanzarla. Y lo ha hecho con esta fábula sobre el medio ambiente, narrada a través de la historia de dos robots bien diferentes (uno, WALL·E, es un modelo basto y dedicado al trabajo físico; la otra, EVA, es una elegante sonda espacial sin un sólo ángulo recto) y de su aplicación de la lógica que busca, a toda costa, que los humanos que abandonaron hace siete siglos la Tierra —tras haberla dejado totalmente inhabitable al llenarla de basura—, retornen a un planeta que vuelve a ser capaz de albergar la vida.
Lo primero que podría pensarse al leer la sinopsis es que nos hallamos ante una nueva entrega bienpensante de mensaje ecológico fácilmente digerible; y aunque quizá haya algo de ello, no es en el contenido en sí mismo, sino en la forma de plasmarlo, donde se encuentra la grandeza de esta película llamada a marcar un hito en la historia de la animación y del cine. Desde el arranque, con ese sobrecogedor panorama de un planeta desolado donde el bajito y cuadrangular robot pasea su soledad mientras hace un trabajo que quizá ha perdido ya todo sentido, con la única compañía de una cucaracha, hasta el cambio de escenario por la gigantesca y aséptica nave donde los humanos pasean su oronda y falsa felicidad y seguridad, los magos de Pixar prácticamente vuelan todas las convenciones. Y así, a pesar de algunas concesiones de cara a la comercialidad (uno no puede evitar pensar que la cinta podría ser totalmente muda, sin las pocas inclusiones de diálogo que de vez en cuando la puntúan), el espectador redescubre el placer de que le cuenten bien una historia, incluso una historia que mezcla ciencia-ficción, amor, comedia y conciencia medioambiental como ésta.
Porque si en lo espectacular Pixar saca músculo (el panorama de la ciudad llena de montañas de basura, a través de un aire sucio que lo difumina todo, o la gran explanada recreativa de la nave), es en el detalle donde gana definitivamente la partida: si ya nos ha mostrado la extrema soledad en la que vive WALL·E, una máquina que poco a poco ha ido cobrando conciencia de su individualidad y necesidad de interactuar con alguien, deteniéndose en cada detalle de su liturgia antes de desactivarse por la noche, los animadores aún se guardan un as en la manga, con ese suave balanceo con el que se recoge la máquina para sentirse más acompañada… Detalles así son los que distinguen la extrema habilidad de, simplemente, el genio.
Como cada aspecto, desde los nada ocultos homenajes a “2001: Una odisea del espacio” —otra cinta que, a su modo, expandió el universo narrativo de la ciencia-ficción—, a unos títulos de crédito finales que son la auténtica guinda del pastel, que acaban tejiendo una tela maravillosa que envuelve al público durante todo el metraje, sin un segundo de decaimiento, con un ritmo perfecto y sin caer en la trampa fácil de humanizar a unas máquinas que son pura expresión sin abandonar su esencia metálica. En resumen: nada de lo que nos habían dicho de “WALL·E (Batallón de limpieza)” era mentira, ciertamente nos encontramos ante una de las obras más extraordinarias de los últimos años. Y el convencimiento de que hay otra similitud más con la mítica cinta de Stanley Kubrick: el asombro de que un estudio como Disney, que en el fondo busca ante todo la comercialidad, haya dado el visto bueno a una de las películas más libres y arriesgadas de las últimas décadas. Independientemente de la recaudación o los premios que coseche, al salir del cine, uno tiene la sensación de haber vivido un momento inolvidable, el día en que, ante él, nació un clásico instantáneo.
Calificación: 10/10
En las imágenes: Escenas de “WALL·E (Batallón de limpieza)” – Copyright © 2008 Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios. Distribuida en España por Walt Disney Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
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