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El éxito obtenido con “La soledad” ha permitido a Jaime Rosales explorar nuevos caminos en el lenguaje cinematográfico y tratar de entender mejor al ser humano. “Tiro en la cabeza” es una película tremendamente arriesgada en lo formal y profundamente polémica y estimulante en la manera de tratar un tema el terrorismo de ETA que a nadie deja indiferente. La crítica le ha respaldado en el festival de San Sebastián concediéndole el Premio Fipresci de la Crítica Internacional y ve en él a un creador valiente y honesto, que tiene algo que decir al espectador y que sabe hacerlo con la expresividad que la imagen encierra. Sin embargo, el público deberá saber que está ante una película para la reflexión y no para el entretenimiento, ardua y difícil de ver, provocadora y desafiante por la aproximación que hace a los terroristas.

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Lo que está claro es que a nadie dejará indiferente porque es un trabajo nada convencional, con personalidad y con una ejecución ejemplar: detrás de cada plano hay alguien que piensa y que quiere transmitir algo, que intenta entender cómo una idea política transforma a un individuo hasta matar a otro, que recoge con pulcritud y frialdad una realidad tristemente actual como si se tratara de la crónica policial de un asesinato. Rosales recoge el momento en que un comando etarra mató a dos policías vestidos de paisano al coincidir fortuitamente con ellos en una cafetería francesa. Previamente la cámara ha acompañado al protagonista durante dos días en su vida cotidiana, en el parque, en el bar o en casa con unos amigos, de compras o en un momento de intimidad con otra mujer distinta… Una vida aparentemente normal y distendida contemplada desde la distancia y con la voluntad de indagar en lo que pasa por su mente; no se oyen los diálogos que tienen y sólo se perciben los ruidos ambientales, mientras la cámara se sitúa lejos y utiliza un teleobjetivo que da libertad de movimientos a unos actores no profesionales,  que se desenvuelven con la naturalidad de quien desconoce que está siendo grabado. Entre medias, cineasta y espectador quedan sumidos en sus pensamientos acerca de lo que hablarán o lo que pensarán, con elipsis argumentales que deben completar: el resultado es cierta opacidad e inquietud, ausencia de empatía con unos personajes que permanecen ajenos y con los que se guarda una prudente distancia.

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Como consecuencia del uso de esa lente de larga focal, la imagen es muy plana, sin fondos nítidos o con primeros planos borrosos: a la cámara le interesa únicamente el futuro asesino moviéndose por la casa o la ciudad y sólo quiere seguirle para intentar descubrir algún elemento anómalo en su comportamiento que explique su proceder posterior. No lo encuentra y se nos presenta como un ser normal lo mismo que el protagonista de “Las horas del día” hasta el momento en que alguien en la cafetería le mira fijamente y levanta sus sospechas de haber sido reconocido. Entonces sus ojos se cruzan y escrutan –magnífico y elocuente instante en que no se echan en falta las palabras porque la mirada lo dice todo–, el semblante del terrorista cambia y las suspicacias ponen en movimiento la  maquinaria de matar; es la doble vida que dejará cadáveres por el camino y donde se muestran las grietas de una personalidad sin principios morales y que tan escasamente valora la vida humana. Sin duda, Rosales mira al protagonista con el convencimiento de que el mal del problema está en el interior de la persona y no en las circunstancias (que son las mismas para todos y donde no se observa nada extraño), ya que todo lo que rodea al etarra es aparentemente normal, y sin embargo… Misterios del hombre libre y complejidad de quien se deja llevar por instintos primarios y no por la razón y la conciencia, ese parece ser el meollo al que apunta el realizador y también la solución al problema que propone como el radical lo hace con su pistola.

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El radicalismo formal que el director barcelonés adopta es tan preciso y pulcro como frío y distante. Su asepsia y pretendida objetividad puede llegar a indignar a alguno que hubiera preferido que los violentos fueran mostrados como seres desalmados y crueles. No es así, e incluso el salvaje momento que da nombre al film es resuelto sin dramatismo ni excesos por una alejada cámara que les ha mirado desdramatizada y desapasionadamente, enmarcándolos en planos fijos y evitando cualquier atisbo de emoción o repulsa. Una película formalmente impecable porque los recursos empleados aíslan el objeto de estudio y nada es gratuito; lo que resulta más dudoso es que consiga aportar luces sobre la cuestión terrorista –mucho menos sobre las vías de solución– al ser excesivamente distante e inocuo, demasiado intelectual y analítico. El palco puede sentirse decepcionado en el fondo, cansado y aburrido en la forma, pero es indudable que su cine es un “tiro en la nuca” –título primero que llevaba la cinta– para una sociedad adormecida y para el espectador de Hollywood. Jaime Rosales ha querido reflejar la aparente normalidad de quien es capaz de acariciar a un niño para después apretar el gatillo: el público juzgará si este tipo de carne y hueso es tratado con benevolencia y realismo o si su aproximación es inoportuna e irresponsable.

Calificación: 7/10

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  • En las imágenes: Fotogramas de “Tiro en la cabeza” © 2008 Fresdeval Films, Wanda Vision y Les Productions Balthazar. Distribuida en España por Wanda Vision. Todos los derechos reservados.

    Hay 3 comentarios. Deja el tuyo »


    Creo que las intenciones son ésas, efectivamente. Pero los resultados están mucho más lejos.

    Un saludo!

    Comentario #1 por Miguel A. Delgado
    Escrito el 15.10.08 a las 12:13

    Estoy de acuerdo en que es muy radical en su apuesta formal, muy arriesgada y no apta para el gran público. Pero no pienso que sea un formalismo vacuo, sino que encierra toda una actitud personal de distancia, incomprensión, perplejidad ante el terrorista y su quehacer. Cada plano va directo a la razón, que no encuentra motivos lógicos a los que agarrarse para entender…lo que ya sabe que ocurrirá. Es cierto que el espectador que no sabe de qué va, se encontrará perdido y aburrido,… pero ese no es el espectador al que Rosales se dirige, sino el que se plantea cosas y no se conforma con anatematizar lo que, evidentemente, es muy condenable… Nadie debe ir a ver esta película a entretenerse porque no hay historia, no es narrativa… Pero no es solo un ejercicio de estilo, sino que detrás hay alguien que sabe usar la imagen y la cabeza (para reflexionar). Dicho esto, estoy contigo que es excesivamente ardua, mucho más que las dos anteriores.

    Comentario #2 por Julio Rodríguez Chico
    Escrito el 15.10.08 a las 20:34

    […] en su contenido –ETA y el terrorismo– y arriesgada en lo formal –sin diálogos– como es “Tiro en la cabeza” de Jaime […]




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