Tres hermanos se reúnen en una casa de campo a las afueras de París para celebrar el cumpleaños de su anciana madre. Durante años, ella ha velado por el rico patrimonio artístico de su amado tío y quiere ahora preparar la sucesión de su herencia. Al poco tiempo del encuentro, su imprevista muerte obliga a sus hijos a plantear cuestiones prácticas sobre la casa y los objetos de arte heredados: el mayor quiere mantenerlo intacto por el recuerdo familiar que encierran, pero los otros dos sienten necesidades más acuciantes y prefieren romper con un pasado que podría arrebatarles el futuro. Interesantes planteamientos que resultan tan cotidianos como inevitables cuando la muerte llega. En “Las horas del verano”, Olivier Assayas se encarga de llenar de contenido metafórico para reflexionar sobre el paso del tiempo, la identidad, la herencia recibida y el cambio generacional que esta comporta en un mundo globalizado.
Porque los cuadros, dibujos o jarrones tienen un indudable valor artístico, pero también guardan el recuerdo y el tiempo vivido por quienes los incorporaron a sus vidas: un precio sentimental y personal que, sin embargo, es fugaz y transitorio, sólo perceptible por quien fue protagonista del pasado y cuyas huellas diluye tiempo para arrinconarlos en las salas de un museo. La cámara recoge ese sentir de la madre y el primogénito ante el pasado y los objetos, tan distinto al que experimentan los otros hermanos, más desarraigados, y mucho más dispar al de la nieta que, en la última escena, visita la casa con sus amigos. También es interesante fijarse en la mirada de la fiel ama de llaves, que durante tantos años ha cuidado de esas generaciones y que ahora contempla “el fin del verano”. Assayas realiza una obra costumbrista de cuidada planificación y puesta en escena, donde los diálogos cultos, sofisticados, y las contenidas interpretaciones –todas de una naturalidad envidiable– caminan a la par que una fotografía que recoge la luz natural para darle valor existencial y convertirla en reflejo del tiempo transcurrido y los nuevos aires que arriban con la juventud.
Un sobrio pero matizado retrato de tres hermanos que parten y evidencian un mismo tronco común, pero que también manifiestan los nuevos derroteros de sus vidas. Es el conflicto entre la necesidad de mantener la tradición y el derecho a construir libremente la propia vida o la obligación de velar por su nueva familia. Una película sutil y minimalista, metafórica e inteligente, respetuosa con un espectador al que deja libre –prescinde de música extradiegética– y con una vida que no se clausura con un desenlace cerrado. Los amantes más exigentes del cine francés, aquellos que prefieran la exploración interior a lo meramente narrativo, la descripción de actitudes y ambientes frente a la evasión y entretenimiento, estarán de enhorabuena. Assayas ha logrado una cinta equilibrada, de factura aparentemente sencilla y ritmo preciso, con ideas y silencios nada pretenciosos, con toda la nostalgia y el dolor interior presentes pero siempre contenidos, en donde cada espectador se situará en la perspectiva de uno de los hermanos… o de los nietos. Porque “ese Corot es de otra época”, como dice desinteresadamente uno de los niños a su padre.
Calificación: 7/10
En las imágenes: Fotogramas de “Las horas del verano” – Copyright © 2008 MK2 Productions y France 3 Cinéma. Distribuida en España por Baditri. Todos los derechos reservados.
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