Confirmado: hay añoranza del cine clásico. Hasta ahora, pensábamos que la tendencia de rescatar los modos de narrar y filmar del cine de hace cincuenta, sesenta o más años, sin revisionismos ni postmodernismos que valgan, se limitaba al western. Pero, cuando estábamos en éstas, nos llega de repente “Un gran día para ellas” (anodino título español que desmerece, para variar, del original “Miss Pettigrew lives for a day”, mucho más ajustado a lo que nos cuenta la cinta), y empezamos a vislumbrar que, en realidad, esta nostalgia llega a otros géneros.

Porque, por resumir, lo que nos ofrece Bharat Nalluri en “Un gran día para ellas” es una screwball comedy en toda regla, sin híbridos ni contaminaciones de ningún tipo, en la que la influencia de las cintas protagonizadas por Carole Lombard o Katharine Hepburn está presente no sólo en boca de los personajes que desfilan por ella, sino en el mismo planteamiento y desarrollo de la historia. Y es que su argumento (una mujer que malvive en trabajos de institutriz y que lucha constantemente por no vivir de la mendicidad, y que mediante un acto de picaresca pasa a trabajar como “secretaria social” durante un día junto a una cabaretera a estrella) habría causado furor en una década, la de los treinta, marcada por el cataclismo económico de la Gran Depresión.
Esa combinación entre el lujo de ensueño de los personajes que se dedican al mundo del espectáculo —que reparten su tiempo entre apartamentos lujosos, desfiles de moda, salones de belleza y saltos de cama en cama— y el triunfo silencioso del sentido común de quien viene de la calle, habría causado furor. Y lo más curioso es que, contra todo pronóstico, quizá porque Nalluri ha sabido encontrar un justo punto medio entre lo retro y lo visualmente moderno (no escasean los retoques digitales en la cinta), la propuesta, que en un principio podríamos pensar que no tiene cabida ya en nuestra época, funciona lo suficiente como para que asistamos a hora y media de un cine liviano, sí, pero también entretenido y agradable.
Claro que gran parte del mérito recae en un reparto simplemente magistral. Empezando por una Frances McDormand que vuelve a recordarnos por qué la adoramos los cinéfilos (aunque le echemos en cara que se prodigue tan poco últimamente en papeles protagonista como éste, por más que no nos quejemos de un 2008 que nos la ha devuelto en plena forma); una Amy Adams que se ajusta como un guante a este tipo de papeles de chica-guapa-tontita-y-de-buen-corazón (quizá tenga algo que ver su capacidad de mirar las cosas con una permanente actitud de asombro); una Shirley Henderson que sabe perfectamente cómo hacerse antipática desde el primer momento; y, en el lado masculino, un formidable (como siempre) Ciarán Hinds, además de unos convincentes Mark Strong (eso sí, lejos de la perfección de su interpetación en “Red de mentiras”) y Lee Pace.

Con ellos, y con el espacio que Nalluri les deja para que el metraje de la cinta se deslice ante nuestros ojos casi sin esfuerzo, asistimos a una propuesta simpática, en la que sin embargo la amargura tiene tiempo de asomar alguna que otra patita. Como la conversación entre los personajes de McDormand y Hinds cuando, en medio de la frívola fiesta, los aviones sobrevuelan Londres como heraldos negros y nos recuerdan que la guerra está a punto de estallar. De ese grupo de vividores y amantes del momento, sólo ellos dos parecen tener presente la devastación que fue el conflicto anterior, y el hecho de que, en apenas veinte años, ya nadie quiera recordarlo. Quizá sea éste el único punto en que la película se distancia de su modelo; pero, lejos de apagar el efecto, acentúa el contraste y lo refuerza.
Calificación: 6/10
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En las imágenes: Escenas de “Un gran día para ellas” – Copyright © 2008 Kudos Pictures y Keylight Entertainment. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados.
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En efecto, Miguel, ya dije en mi primer comentario que aquellas películas de Hawks o de Sturges o de Lubitsch eran gran cine que tenía gran éxito de público. Y que no dejaba de resultar sorprendente que si entonces las masas se acostumbraron rápido a asimilar sin problemas aquellas propuestas inteligentes (lo que demuestra que la inteligencia no es esclusivamente elitista, que puede conectar con lo popular), ahora se tratara a lo que los políticos llaman pomposamente “las generaciones más preparadas de la historia” como a una masa lerda e infantiloide. E intentaba explicármelo en base a que la franja de platea se había estrechado en torno al público adolescente, más familiarizado con los códigos de comunicación y entretenimiento informático. Pero a buen seguro que las causas no están sólo en eso, no le echemos a Bill Gates (a quien por otro lado alguna gratitud debemos) toda la culpa. Gran parte de la responsabilidad reside en los rectores de la actual industria del cine, que con su orientación están jibarizando la edad mental de los espectadores.
Hombre, Joaquín, yo tampoco coincido del todo conmigo, precisamente porque me faltó decir lo que tú has precisado ahora muy certeramente: que las “sit com” americanas están en declive. Supongo que entre otras cosas, aparte de por agotamiento de la fórmula, también por el auge de otros géneros híbridos que de un tiempo a esta parte han incorporado a tramas más o menos dramáticas ciertas vetas de mordacidad y retranca, de sarcasmo y hasta de humor negro en los diálogos. Pensemos por ejemplo en las series de temática clínica o forense. Aunque esa propensión a lo tanático ya empieza a resultar enfermiza por abuso reiterado.
Con todo, si invoqué en su momento las “sit com” televisivas no fue tanto en relación a su agonía como a su tradición, para señalar su carácter epigónico respecto a las “screwballs comedys” del cine. En absoluto para homologarlas en calidad artística. Más bien se trataba de una filiación bastarda, capitidisminuida, como el último reducto del dialoguismo, aunque de un dialoguismo industrialmente compulsivo, de producción destajista o estajanovista, perentorio y recursivo, plagado de tics, trucos y trampas, fabricado en serie y con molde, pero en el que pese a todo se tenían presentes aunque fuera de un modo vulgarizado las fuentes de inspiración, los referentes clásicos, y en los productos más dignos se procuraba remedarlos con cierto vigor creativo, aunque aplicado a los rituales de consumo banal e intrascendente y a la modestia estética e intelectual de la pantalla chica.
Lo que dices de las caras de pasmo táctico y las pausas e indicativos para que el público supiera dónde reirse es innegable. De hecho, en mis comentarios anteriores también lo había apuntado yo al referirme a los “semáforos” o “inductores” de la claque (tanto de la presencial (en plató) o enlatada (risas grabadas) como de su extensión doméstica (millones de tresillos familiares).
A ver, no es que el cine no empleara también sus estratagemas conductistas, pero eran de un rango más noble. Recordemos que Billy Wilder fue un maestro en controlar los intervalos exactamente necesarios entre chiste y chiste para que las risas no sepultaran con su estruendo algunas ocurrencias. A veces llegó a ajustar en el montaje ciertos pasajes en función de las reacciones del público en los pases previos al estreno. Pero ahí latía una exigencia artística, la preocupación por la armonía, por la mejor modulación posible de los efectos cómicos y el cuidado de todos los detalles, de que no se perdiera ninguno, puesto que ninguno era gratuito.
La televisión nunca ha hilado tan fino, funciona más a mansalva, o a granel. Pero es curioso que el dialoguismo, todo lo mecánico y machacón que se quiera, y también los enredos situacionales, encontraran relativo refugio en las “sit com” mientras la comedia cinematográfica se iba desplazando hacia la parodia (que paradójicamente es un género más propiamente televisivo), aunque obviamente lo hiciera en otra magnitud, con el despliegue de medios y la espectacularidad de las superproducciones palomiteras.
Por cierto, ayer volví a ver en un pase de madrugada de la tele por cable “Cita a Ciegas”, de Blake Edwards, que aunque no sea más que una revisitación tardía y superficial comparada con los ilustres referentes de la edad dorada, siempre me parece que reproduce con notable garbo las trazas fundacionales de la “screwball comedy”.
Saludos.
De todas maneras, al público se le educa. Si no, tendríamos que suponer que el que abarrotaba los corrales de comedia en el XVII eran cultísimos por disfrutar con un Calderón, o en los teatros ingleses con Shakespeare, que hoy parecen de alta cultura. Y no era así: tenían un enorme éxito, pero eso no quiere decir que, en términos generales, el público fuera más culto que ahora; al contrario, es en nuestros tiempos cuando, al menos potencialmente, la gente está más cultivada por tener mayor acceso a la cultura.
Y lo malo es que la comedia, tal cual la entendemos ahora (o la entienden los estudios) se limita al chiste de caca-culo-pedo-pis o el golpe de efecto basto y simplón. Y sin embargo, creo que una obra como (por no remitirnos a los gloriosos clásicos) como “Un pez llamado Wanda” sí que tendría un hueco. Pero ya se sabe que es más difícil hacer una buena comedia que una tragedia…
No coincido del todo contigo con lo que dices de las “sit com”, puesto que, aparte de las risas enlatadas, también parece que los guiones o los propios actores se detengan a menudo para poner cara de pasmo y dejar al espectador un tiempo para que se ría. Por otro lado, estas comedias de situación están en declive actualmente en los Estados Unidos, al menos desde un punto de vista artístico (lo siento, no me interesan ni “Dos hombres y medio” ni “La oficina”, series que al menos sí gozan del favor del público).
Lo único que sé es que las comedias cinematográficas de hoy en día practicamente han dejado de recurrir a los equívocos bien planteados y a los guiones que posean cierta inteligencia. Es muy difícil escribir para este género, cierto, pero es que en la década de los 30 y de los 40 se estrenaban innumerables producciones de estas características. Quizás, como bien dices, los grandes estudios prefieran títulos más cómodos y sencillos de realizar, evitando arriesgar con una propuesta distinta aunque sea de vez en cuando. Qué le vamos a hacer…
Bueno, Julio, el brío no estaba sólo en los diálogos, sino también en las situaciones y en toda la trama argumental. Es paradójico que en una edad más joven del cine el público se acostumbrara a eso y ahora le cueste más asimilarlo, como si hubiera perdido capacidad en lugar de ganarla con el tiempo. Es curioso, porque por ejemplo a nivel televisivo las “sit com” han desarrollado una buena tradición dialoguística (pese al lamentable e innecesario recurso de las risas enlatadas). Claro que ha habido mucha bazofia y “fast-food” humorístico, pero también series de gran éxito bastante agudas y sutiles. Obviamente su dinámica e intensidad situacional corresponden a parámetros industriales distintos a los del cine, funcionan como un pack compacto, con un metrónomo interno de a tantos chistes por minuto, como plantillas de gags, con escenas de duración pautada y maquinal. Tienen mucho de reflejos condicionados, de inducción pavloviana mediante tics y semáforos de hilaridad. Pero aún así, las mejores suelen ofrecernos baterías de réplicas y contrarréplicas nada desdeñables y a menudo brillantes. Lo que pasa es que están al servicio de un producto históricamente menos prestigioso que el cine. Y eso puede pesar en el ánimo de los guionistas, que si bien de un lado lo asumen con dignidad profesional, del otro tal vez se reserven lo mejor de sí mismos para cuando puedan desembarcar en el cine. Aun siendo conscientes de la frustrante evidencia de que allí cada vez les aguarda menos espacio.
Porque el problema es que hoy el target de público predominante en las salas de cine, la horquilla de edad, es mucho mas estrecha que antaño. Y sus hábitos corresponden a otros códigos menos relacionados con los estímulos verbales o la gramática visual clásica que con las vertientes más lúdicas de las nuevas tecnologías. No sé si ya es algo del todo irreversible, pero creo que, más que resucitar épocas añoradas (cuyas mejores obras ya gozan de la inmortalidad), si hay alguna esperanza para un cine que trascienda la afasia sincopada y el “windowismo” no pasa tanto por atraer a un público masivo sino por sintonizar desde el hoy con el suficiente para hacerlo viable, por apelar a otras sensibilidades más allá de la play station o el you tube, aunque también los incorporen como signos de los tiempos.
Buf, pero es que hoy en día es imposible recuperar el brío de los diálogos de esos títulos, no ya porque tal vez no existan guionistas capacitados para ello, sino porque el público no está acostumbrado y se sentiría abrumado. De cualquier forma, y teniendo en cuenta cómo está el género, me alegra comprobar que las críticas que se están publicando sobre el filme sean tan positivas.
Obviamente es un cine casi olvidado para unas cuantas generaciones. No para los que ya tienen una edad. Entre los más jóvenes ya se requiere trascender una cierta cinefilia sectorial, que se remonte bastante más atrás que las que están ahora de moda. O sea, lo que en su época fue cine de gran público (al mismo tiempo que gran cine), hoy es más cosa de nostálgicos o de cinéfilos.
Pero ha quedado en la historia y su calidad está fuera de duda, permanece al alcance de quien quiera recordarla o redescubrirla.
Otra cosa es que, siendo posible volver a ver aquel cine, sea posible volver a hacer aquel cine. Yo creo que no. Aunque agradezca el homenaje y el divertimento de Nalluri.
La diferencia esencial es que, más allá del olvido generacional, aquellas películas siguen siendo referentes del cine (me refiero a los “chef d’oeuvre”, no a cualquier cosa que se hiciera entonces, claro). Y, con todo lo agradable que me ha resultado, no me parece que “Un gran día para ellas” pueda aspirar a ello, ni que se pueda hacer una homologación retrospectiva, pensar que si se hubiera hecho entonces habría sentado cátedra. Quizás sí que habría hecho furor entre el público de la época, pero de un modo más incidental y pasajero que aquellas a las que rinde tributo. Lo diré de otro modo. Si las mejores de entonces fueran como ésta, no hubieran sido tan memorables como son, y probablemente no se habría hecho esta que ahora las homenajea.
Por eso discrepo, ya lo he dicho, de que se trate de una genuina “screwball comedy”. Y no sólo porque no iguale el ritmo y la contundencia de los diálogos. Tampoco mantiene esa tensión hasta el final en las situaciones, ni en términos de mero nervio o velocidad ni en términos de concepción intrínseca. Entre otras marcas proverbiales del género, falta el disloque, el embrollo rayano en lo delirante, la chifladura casi surreal que impregnaba aquellos argumentos y vehiculaba con impenitente desparpajo momentos álgidos de arrebatado “non sense”, galopantes tesituras de ridículo social, irreverentes paradojas servidas con una comicidad desternillante y vigorosa al tiempo que llena de inventiva y agudeza. Aquí son impensables ciertas astracanadas de altura como las que nos brindaban “Me siento rejuvenecer”, “La fiera de mi niña” o “Los viajes de Sullivan”, o incluso otras más amables o menos cáusticas, como las de “Vive como quieras” o “Bola de Fuego”. Así, “Un gran día para ellas” sólo parcialmente se atiene al paradigma de la “screwball”, hasta que se olvida por el camino del referente hollywoodiense y se vuelve más británica, más inglesa de entonces, es decir se acuerda y se empapa más del contexto victoriano en el que transcurre una historia que, aunque inglesa, habia empezado a contar en tono roosweltiano.
Humphrey: desde luego, no cabe añadir nada a tu completo análisis. Y lo que no se puede negar es que eres todo un enamorado del cine…
Un saludo!
“Un gran día para ellas”: Una estupenda revisión de la screwball comedy…
No es nada fácil revisar un cine casi olvidado y hacer del resultado una película que funciona hoy tan bien como seguramente lo hubiese hecho en la época dorada del género al que pertenece. La screwball comedy (comedia de enredo que dio en su día …
Para ser una “screwball comedy” en toda regla le falta mantener el nivel de desquicie, el juego de equívocos y el ritmo del arranque, acometer el alocado crescendo que caracterizaba a aquellas, pero desde luego es un más que solvente homenaje a los esquemas argumentales clásicos y un ejercicio de nostalgia inteligente sobre las trazas del género, sobre todo en la asunción de sus premisas, aunque peca de contención en su desarrollo, como si de algún modo lo apaciguara ese “triunfo silencioso del sentido común” que has señalado . Y no es que me parezca mal, sólo que creo que ahí la película se abre a una modulación de los personajes principales sin duda interesante en tanto que ahonda más en ellos o cuando menos los observa con más reposo, pero que por eso mismo se desmarca del frenetismo canónico de la “screwball”, de los tradicionales coqueteos con el absurdo, de la progresión de gags hilarantes y enredos vodevilescos.
Ahí se britaniza el modelo, adquiere un cierto tono a lo Asquith, rasgos más flemáticos y sofisticados, dejes dramatúrgicos de Bernard Shaw y hasta de Oscar Wilde, paradigmas geniales, pero de matriz distinta a los pletóricos despliegues de energía, a las implacables espirales de despropósitos que desataban Howard Hawks o Preston Sturges. Claro que hay rastros de ambos, y también y quizás en mayor medida de Michael Leisen, Lewis Millestone y, por supuesto, de Gregory La Cava y su “Al servicio de las damas”, pero con el freno puesto o, dicho de otro modo, sin su desenfreno, o sin pisar el acelerador. Aquí el tempo es fluido, pero no trepidante. Está marcado por la serenidad de la protagonista, que lo regula incluso en su desesperación inicial y a lo largo de toda la historia con una abnegación a prueba de bomba. Esto da como resultado un mayor calado del personaje de Miss Pettigrew (encarnado por Frances McDormand con una elegancia moral que se trasluce físicamente con graduales matices evocándonos a una Kathryn Hepburn madura y ajada y a la vez exultante de dignidad), pero también una esquematización de los personajes masculinos en discordia y un remansamiento del conflicto, de modo que el relato late casi exclusivamente con los biorritmos de la sensata Miss Pettigrew , biorritmos nada “screwball”, y el contraste con los de los demás no está llevado al extremo, por mucho que el resto del reparto se agite hasta el final, no nos transmiten todo el vértigo que deberían si habitaran en una auténtica “screwball comedy”. Verdad es, sin embargo, que la película remeda ese sabor de antes sin pretender un distanciamiento posmoderno como el de los Coen en la por otra parte apreciable “El gran salto” ni tampoco un aggiornamento pop como el de Bogdanovich en “¿Qué me pasa, doctor?” (que, con todo, salieron mucho más “screwball”). “Un gran día para ellas” no revisa, ni actualiza, sino que conmemora, casi reivindica desde la añoranza un cine irrepetible, a sabiendas de que no puede emularlo, pero sin resistirse a darse y darnos el gustazo de retrotraerse o remitirse a él como si aún pudiera hacerse.
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