Es difícil enfrentarse al comentario de una cinta como esta (y más si cabe lo de valorarla con estrellitas). De entrada, habría que decir a quien quiera asistir a una sesión de cine “normal” (o sea, como el 99,9% de lo que llega a nuestras salas comerciales), que vaya en dirección opuesta a cualquier sala que exhiba esta película. Pero si lo que quiere es conocer otra manera diferente de hacer cine, exitosa en los festivales más exclusivos y acumuladora de elogios por parte de los críticos más exquisitos, puede entrar para enfrentarse a una propuesta que, eso sí, no tiene ninguna intención en ponérselo fácil: una trama casi inexistente, largos planos silenciosos e inmóviles, y una acumulación más contemplativa que narrativa pueden terminar con la paciencia del espectador más entregado desde el primer momento.
“El cant dels ocells” sigue a tres pintorescos Reyes Magos en su camino hacia el portal de Belén, donde les esperan unos extremadamente inactivos María, José, el niño y un cordero. Tras la visita, los tres reyes emprenden el camino de regreso. Fin de la sinopsis. A lo largo del viaje, las figuras a pie de los magos se recortan sobre planos en blanco y negro de vistas naturales de gran belleza, en los que las siluetas de los tres personajes apenas arañan una presencia humana en unos entornos abundantes en paisajes extremos: de los volcánicos a los montañosos pasando por los desérticos (la cinta ha sido rodada en lugares como Islandia y las Islas Canarias). Un viaje silencioso en el que se suceden planos eternos, en los que vemos caminar a los magos hasta desaparecer en el horizonte, retroceder y vacilar una y otra vez, mientras las nubes van cambiando la iluminación y la percepción de lo que vemos.
Solamente algunos diálogos interrumpen el mutismo de la cinta, unos diálogos sin contenido aparente, como si estuvieran improvisados, y en los que los magos discuten sobre si serán capaces de llegar hasta lo alto de una montaña o la mejor manera de acomodarse para dormir los tres juntos. Unos momentos en los que, curiosamente, un rayo de humanidad atraviesa la aridez de lo que estamos viendo para llegar, incluso, hasta el humor, cumpliendo su función de acercarnos a estos pobres reyes (dos ancianos y el obeso hijo de uno de ellos), que sufren sin saber muy bien hacia dónde van o lo que les espera. Y de repente, en medio de tanta adversidad (y quien esté libre de cabezada, que tire la primera piedra), hay un instante bellísimo, el único en el que irrumpe la banda sonora, precisamente con “El cant de los ocells”, la pieza de Pau Casals que da título a la película. Acompañados por ella, los magos llegan por fin hasta María y el niño y se postran ante ellos.
La pregunta clave es: ¿de verdad es necesario que Albert Serra llegue a los 100 minutos para ofrecernos un puñado de momentos realmente hermosos? Porque el problema es que la mayor parte de lo que les rodea no es más que una reiteración del mismo esquema, algo que llega a embotar la percepción de un espectador que definitivamente queda saturado antes de alcanzar la conclusión. Claro que el creador siempre puede decir que eso no es responsabilidad suya, pero los asideros del que asiste a la proyección son más bien escasos. Eso sí, siempre quedarán las referencias a los antecedentes más cultos para justificar lo que, al fin y al cabo, nace con vocación de propuesta al margen. Y una cosa es indudable: Albert Serra tiene talento.
Calificación: 5/10
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En las imágenes: Escenas de “El cant dels ocells” – Copyright © 2008 Eddie Saeta y Andergraun Films. Distribuida en España por Sagrera. Todos los derechos reservados.
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