Parte del encanto de la Navidad está en ver iluminadas las ciudades en la noche, en contemplar la ilusión con que los niños disfrutan sus vacaciones jugando y correteando por las calles, en albergar esperanzas para el nuevo año… y en confiar que al final del túnel de la crisis habrá un nuevo amanecer. Eso debían de considerar los distribuidores de “City of Ember: En busca de la luz” al estrenar su película en estas fechas, porque viene como anillo al dedo, además de entretener a toda la familia y sumarse a la corriente ecologista de tono crítico y apocalíptico que estamos padeciendo de un tiempo a esta parte.

El mundo está echado a perder y unos hombres sabios construyen una ciudad bajo tierra para preservar a la Humanidad y darle una segunda oportunidad al cabo de doscientos años. En una caja guardan las claves que permitan a esos nuevos ciudadanos “sin contaminar” el regreso a la Tierra… pero alguien se mete por medio y Ember —que así se llama la ciudad subterránea— aparece sumida en la pobreza y decrepitud más desoladoras, con un alcalde que vende humo y reparte oficios entre niños sin infancia, mientras la luz de las bombillas —única que conocen— viene y va porque el generador no da para más, o con unos alimentos que escasean… según y para quién. El clima de esta peculiar “ciudad del futuro” es ciertamente decrépito y estremecedor, los artilugios e inventos parecen ingeniosos juguetes de museo, y el mensajero —oficio de nuestra protagonista Lina— ha venido a desbancar al servicio de Correos y más aún al moderno e-mail.
Pero, como siempre, el ansia de libertad no se ha extinguido en el hombre, y generación tras generación brotan individuos que se preguntan por “el mundo exterior”, que no encuentran respuestas a las cuestiones más básicas y elementales. Dos de ellos son Lina y Doon, una pareja de adolescentes recién incorporados al mundo laboral que no están dispuestos a renunciar a esas ansias de saber y mejorar sus vidas… aunque eso les cueste caro. Bajo tierra, Gil Kenan crea todo un mundo que recuerda al que Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro construyeran para “La ciudad de los niños perdidos”, con colores vivos y saturados, galerías y laberintos con especímenes —humanos y animales— de lo más curiosos, y con todo tipo de mecanismos e inventos que una portentosa imaginación pueda producir. Una fotografía muy filtrada que busca generar ambientes decadentes —fríos o cálidos, según convenga—, y una música que invita a la aventura y abre una puerta a la esperanza cuando el argumento lo exige, resultan decisivas para que el espectador pase un rato entretenido y participe en un juego que, sin embargo, para los protagonistas es vital.

En realidad, la película no pretende otra cosa que dar las llaves del futuro a las nuevas generaciones. Por eso, la joven pareja —y la hermanita de Lina, por supuesto— será quien tenga que “buscar la salida” misteriosa y secreta, con lo que la cinta se convierte en una auténtica gymkana en la que hay que descifrar un plano lleno de enigmas. Pero hay que advertir que tras el juego y la aventura se esconde un mensaje crítico contra quienes han viciado el aire y la luz natural, contra las autoridades que siempre tienen una salida para sí mismas mientras el pueblo se muere de hambre o permanece en la ignorancia o el miedo. Corrupción y política del miedo que veíamos en “El bosque” (M. Night Shyamalan) y catastrofismo ecologista que también aparecía en “La niebla de Stephen King” (Frank Darabont), tónicas de nuestro tiempo que aquí dejan una puerta abierta a la esperanza más luminosa —nunca mejor dicho— con uno de esos desenlaces que tanto “gustan” a los críticos por su explicitud y complacencia. Ciertamente todo es previsible conforme avanza la trama, pero no se pretende otra cosa y la cinta está destinada a un público familiar y al puro entretenimiento, con lo que es suficiente lo que ofrece (¡y no siempre todo tiene que ser ambiguo o pesimista!).
La dirección artística, con sus decorados y puesta en escena, es brillante e incluso apabullante, y quizá por eso parezca que las interpretaciones se limitan a cumplir su cometido de conducir la historia, pues sus personajes no tienen complejidad ni trasfondo alguno. Saoirse Ronan ha crecido y al principio está irreconocible desde “Expiación: Más allá de la pasión”, pero su mirada sigue siendo penetrante y hace un buen trabajo, mientras que Harry Treadaway responde con solvencia a la aventura juvenil en la que se embarca —muy conseguida, por cierto, la expedición por las galerías inundadas—, y Tim Robbins, Bill Murray o Toby Jones ”acompañan” a sus jóvenes colegas con caras circunspectas que no llegan al histrionismo.

En definitiva, una cinta entretenida con su trasfondo que podría llegar incluso a tener referencias a la vida en regímenes marxistas —la estatua levantada en la plaza del pueblo no tiene desperdicio— con su falta de libertad o penuria económica, y también con un sentido más trascendente y espiritual en el que “los constructores”, “la luz” y “el amanecer” adquirieran nuevos significados para convertir esta película de aventuras en algo más. Y eso porque, con ese indudable carácter metafórico, siempre hay una salida en la Historia… cuando el hombre es el protagonista y la libertad su tesoro.
Calificación: 6/10
En las imágenes: Fotogramas de “City of Ember: En busca de la luz” – Copyright © 2008 Playtone y Walden Media. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.
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