Resulta extremadamente gratificante encontrarse de vez en cuando en nuestras carteleras con una película de corte tan añejo (tómese esta palabra en su significado estricto, sin ningún tipo de connotación negativa) como “La duda (Doubt)”. No sólo porque no oculta su origen teatral, basándose en largas escenas en las que los personajes verbalizan y expresan sus posiciones, sino porque nos remite a un tipo de cine en el que bastaban los nombres que figuraban en el cartel para prometernos, como mínimo, una sesión de buen hacer cinematográfico.
Y qué decir tiene que, si bien cinematográficamente la cinta no supone ninguna revelación (es extremadamente correcta en su planificación, y se tiene la sensación de que incluso instantes tan potencialmente poéticos como la imagen de la calle cubriéndose de plumas podrían haber dado más de sí en manos de un director de mayor talento), las expectativas se ven satisfechas ante unos planos y un montaje que, ante todo, dejan respirar a sus actores, dándoles margen más que suficiente para mostrar sus cartas y demostrar su calidad. Porque hay que decirlo desde el primer momento, del primero al último están estupendos.
Sin embargo, quien esto firma no puede evitar sentirse conmocionado por la prácticamente única escena de Viola Davis, razón más que sobrada no sólo para hacerla merecedora de la nominación al Oscar® que atesora, sino incluso (a falta de ver, sobre todo, la actuación de Marisa Tomei en “El luchador”, y si no fuera por el mediático “efecto Pe”) para levantar la estatuilla dentro de unas semanas. Lo cual no quiere decir que Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman o Amy Adams , los otros oscarizables, desmerezcan; ni mucho menos, pero en su caso se trata de trabajos más esperados, por cuanto se adaptan como un guante a los registros en los que están cómodos (la Streep en uno de los personajes fuertes que tan bien sabe encarnar, Seymour Hoffman en un rol en el filo moral y Amy Adams en una nueva versión de su prodigiosa capacidad para encarnar la inocencia). Es decir, un casting redondo.
A ello contribuye un guión —adaptación de la obra teatral escrita por el propio director y adaptada por él mismo— lleno de matices, en el que un posible caso de pederastia —por parte del sacerdote de una iglesia católica del Bronx en 1964— huye de los maniqueísmos y las posiciones inamovibles. Cuando el cine ha convertido a los acusados de abusos a menores en la quintaesencia de lo infernal, “La duda (Doubt)” pone sobre el tapete toda una serie de temas relacionados que acaban mostrando un juego de espejos deformes en el que no podemos evitar ser zarandeados y sumidos en la dificultad de forjarse una opinión preconcebida y contundente. Temas como el mal menor, la intolerancia, el racismo, la capacidad de perdonar, la intransigencia, la imposibilidad de mantener la inocencia, la fe y el deber como tapaderas de motivaciones más inconfesables se despliegan en cada fotograma: quien busque respuestas fáciles, una historia que nos explique nítidamente quiénes son los buenos y quiénes los malos, se sentirá inevitablemente defraudado.
Por todo lo mencionado, bienvenida sea una película como esta, inteligente y bien construida, que no insulta la inteligencia del espectador y le considera suficientemente capacitado para crearse una opinión por sí mismo. Y quizá sea ése el mayor mérito de esta rara avis cinematográfica, como si nos llegara a través de un túnel temporal, desde una época en la que todos los estamentos involucrados en los aspectos necesarios para sacar adelante una cinta aún creían en el público y su capacidad para discernir y desbrozar. Gracias, John Patrick Shanley.
Calificación: 6/10
En las imágenes: Escenas de “La duda (Doubt)” – Copyright © 2008 Miramax Films y Scott Rudin Productions. Fotos por Andrew Schwartz. Distribuida en España por Buena Vista International Spain. Todos los derechos reservados.
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