Howard consigue una dirección ajustada que abandona el electroencefalograma casi plano que suele caracterizar a su filmografía. “Ángeles y demonios” tiene una estructura más clara que su antecesora y un ritmo muy preciso.
Si las razones del éxito de “El código Da Vinci” como novela hay que buscarlas más en el terreno de lo sociológico que de lo literario, las de su adaptación al cine resultaban mucho más fáciles de explicar: teniendo en cuenta que el libro vendió millones de ejemplares y llegó a una inmensa cantidad de lectores, lo único lógico era que la cinta, encabezada además por ese seguro de cara a la taquilla que es Tom Hanks, arrasara en la cartelera de la misma forma que Dan Brown lo hizo en las librerías. Es lo único que explica cómo una película tan sumamente aburrida, espesa y ridícula como la perpetrada por el sosainas de Ron Howard se convirtiera en un taquillazo.
Con esos mimbres, uno se temía lo peor ante esta “Ángeles y demonios”, y más cuando el señor Dan Brown ya no frecuenta los primeros lugares de las listas de libros más vendidos (honor que ocupa ahora Stieg Larsson, con versión cinematográfica también a punto de llegarnos). Pero, sorprendentemente, la nueva aventura del profesor Robert Langdon se revela como un eficaz entretenimiento que logra mantener el interés a lo largo de su metraje, y eso a pesar de algún momento que podría bordear peligrosamente el ridículo (piensen en helicópteros y se imaginarán a qué nos referimos).
Pero lo cierto es que, excesos aparte, beneficia a la cinta una estructura muchísimo más clara que la de su antecesora, con el único escenario de Roma (bien aprovechado) y un ritmo muy preciso, en el que el suspense por la amenaza del atentado en el Vaticano y la suerte de los cuatro cardenales secuestrados, ayuda a que el espectador simplemente se siente en su butaca y se deje entretener. Al fin y al cabo, no es más que un thriller eficaz… con ínfulas, eso sí, pero que en este caso suponen un lastre infinitamente menor que en la anterior entrega.
De hecho, Ron Howard ha conseguido incluso una dirección ajustada, sin alardes, pero que al menos abandona el electroencefalograma casi plano que suele caracterizar a su filmografía. Y es que, cuando prescinde de cualquier grandilocuencia de autor para ceñirse exclusivamente a lo que la historia requiere (algo que, en registros absolutamente diferentes, consigue tanto en el título que nos ocupa como en “El desafío: Frost contra Nixon”), hace que las películas que firma funcionen… por más que les falte ese extra de calidad que las haría jugar definitivamente en otra categoría.
Es esa misma claridad expositiva la que permite incluso que los actores puedan respirar más, lo que termina beneficiando a sus personajes. Tom Hanks aparece aquí menos envarado que en la primera cinta, y los secundarios interpretados por Ayelet Zurer, Stellan Skarsgård, Ewan McGregor o Armin Mueller-Stahl tienen, al menos, algo a lo que aferrarse. Pero lo que verdaderamente apabulla es el soberbio esfuerzo de producción: visto el extraordinario resultado obtenido en lugares en los que parece que el equipo no tuvo permiso para rodar, uno no puede evitar preguntarse: ¿es ya necesario filmar en los lugares originales? Porque la sensación de verdad de la plaza de San Pedro, la Capilla Sixtina o las sucesivas iglesias que desfilan ante nosotros es realmente impresionante. Y si a eso sumamos a un Hans Zimmer tan potente e inspirado como en la primera entrega (su banda sonora era lo único que se salvaba), con la espita de los coros y la contundencia a nivel máximo, tenemos lo que cualquiera desearía un domingo por la tarde: nada que resulte indeleble en la memoria, pero sí un estupendo entretenimiento.
Calificacion: 6/10
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- Tráiler de “Ángeles y demonios”
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En las imágenes: Escenas de “Ángeles y demonios” – Copyright © 2009 Columbia Pictures e Imagine Entertainment. Fotos por Zade Rosenthal. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.
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Creo que José Arce se ha pasado: yo me lo pasé bomba viendo la peli.
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