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Martes 2 Septiembre 2008
Escrito por José Arce el 02.09.08 a las 20:15
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Nos ha tocado vivir en un mundo de locos. Eso lo sabemos. El planeta se agota por culpa de la ferocidad de aquellos que controlan nuestros destinos desde los despachos de gigantescos, fríos e impersonales rascacielos en descomunales urbes ultratecnológicas. Asusta saber que dependemos de un botón, de las locas ansias de poder de un puñado de personas dispuestas a cualquier cosa con tal de obtener beneficio económico o político. Afortunadamente, el cine es una manera fantástica de acercar a un público masivo esta inquietante realidad y la enconada lucha de aquellos que pelean por un poco más de justicia.

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A finales de 1999, la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Estados Unidos provocó protestas multitudinarias que sentaron un precedente que ha acompañado a los corrillos de los autoproclamados líderes mundiales cada vez que se han sentado a discutir sobre temas que nos afectan a todos. Las dimensiones de los levantamientos de los movimientos antiglobalización y antisistema cogieron por sorpresa a autoridades, medios de comunicación, cuerpos de seguridad e incluso a los propios integrantes de los grupos críticos, escindidos entre los partidarios de la violencia y los que se mostraban a favor de las marchas pacíficas. La “Batalla en Seattle” cambió muchas cosas, mientras que otras, a día de hoy, una década después, permanecen igual. Lo más notorio del debut como director, guionista y productor del irrelevante actor Stuart Townsend es su indudable carácter contestatario, plasmado desde los mismos créditos de arranque en los que vapulea de manera inmisericorde ─ciertamente, lo que merecen─ a los altos estamentos internacionales contra los que se dirige esta diatriba sin paliativos, al menos en su planteamiento inicial. Los culpables están claros, las víctimas también ─parte de ellas─, los actos de unos pocos provocan consecuencias que afectan a millones, y nada como la textura fría y dura del aspecto documental para reflejarlo. Leer más >>

Lunes 1 Septiembre 2008
Escrito por José Arce el 01.09.08 a las 16:16
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Es realmente sorprendente ─y maravilloso─ que el género cinematográfico por excelencia siga vivo y con un aspecto si no saludable, al menos oscilantemente positivo. Prácticamente todos los años llega a nuestra cartelera alguna demostración de que la industria ni olvida ni olvidará el Lejano Oeste, un puñado de producciones que conforman un catálogo notorio e interesante, al margen de sus pretensiones de cara a la taquilla. Y con mucho retraso desembarca ahora en nuestro país un nuevo ejemplo de una realidad que todos tenemos que celebrar.

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Dan Evans (Christian Bale) subsiste al límite de sus posibilidades económicas, al frente de una familia en la que su mujer (Gretchen Mol) y sus dos hijos se mantienen como pueden comandados por este humilde ganadero mutilado en la Guerra de Secesión. La oportunidad de cambiar las cosas tomará la forma de un forajido, el temido Ben Wade (Russell Crowe), a quien habrá de escoltar hasta el ferrocarril que le traslade hasta la prisión de Yuma. “El tren de las 3:10” cuenta con los elementos claves del western añejo, revestidos todos y cada uno de ellos de las virtudes de los avances visuales y tecnológicos, dibujando un lienzo épico y masculino embriagador y espectacular, que no encuentra su principal razón de ser en la violencia muchas veces intrínseca a su mismo espíritu; el director James Mangold se apoya en un soberbio trabajo de fotografía y una no menos notable banda sonora para enfrentar a dos personajes centrales que no se presentan como la Némesis el uno del otro, sino como dos opuestos que viven sus existencias en base a distintos códigos morales, complementarios entre sí, pero imposibles de compartir ningún valor espiritual o material. Leer más >>

Viernes 29 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 29.08.08 a las 17:14
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Paul Walker tuvo su gran oportunidad comercial con el arranque ─nunca mejor dicho─ de la saga “A todo gas”, supuesto pelotazo comercial aún vivo ─él mismo regresará a la franquicia junto con el bueno de Vin Diesel, erráticas están siendo las carreras de ambos─ que debería haberle catapultado a los altares de la acción teenager, siendo como es un intérprete no carente de carisma y atractivo. Sin embargo, no ha sido así, ni mucho menos, de suerte que su evolución se ha quedado estancada en papeles protagónicos en títulos de segunda categoría ─salvo alguna honrosa y divertida excepción─ y en roles secundarios en un puñado de producciones de renombre. Ahora regresa fiel a su currículo, con un auténtico castañazo…

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Tim Kearney (Walker) es una de las miles de ovejas descarriadas de la sociedad occidental. Criminal reincidente de medio pelo, cumple su tercera condena en una prisión federal cuando Tad Gruzsa (Laurence Fishburne) le ofrece meterse en la piel del famoso narcotraficante “Bobby Z”, con el que guarda un notable parecido, a fin de intercambiarle por un policía hecho rehén por el peligroso Don Huertero (Joaquim de Almeida). Nada sale como estaba planeado, por supuesto, y el muchacho inicia una continua persecución en la que todo el mundo anda tras él por los más diversos motivos, ninguno de ellos lícito ni legítimo. Si hay algo realmente molesto en un film presupuestariamente humilde como este es que traten de solaparse sus nimios recursos ─en economía y en talento─ con un halo de pretenciosidad realmente irritante. El televisivo John Herzfeld, que ya demostró sus escasas capacidades en el ámbito cinematográfico, consigue engañar al espectador durante los primeros compases de esta trama inverosímil gracias al dinamismo del montaje y la edición, todo remozado con una banda sonora acertada que dota al conjunto de un aspecto agradable y de ritmo fluido. Pero una vez jugadas las pocas bazas con las que cuenta el cineasta, todo se desmorona. Leer más >>

Domingo 17 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 17.08.08 a las 19:00
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A nadie se le escapa el sensacional momento que atraviesa la comedia americana en los últimos años, al menos comercialmente y en su país de origen. Se suceden los títulos sin que la taquilla USA flojee ─tampoco hay demasiadas exigencias a la hora de amortizar costes─, y gigantescas son las hordas de incondicionales de la carcajada, a veces gruesa, a veces inteligente, muchas veces ambas, que regala una generación de artistas realmente antológica. Sus caminos se cruzan y se difuminan cada vez más, de suerte que ahora llega a nuestras pantallas la primera colaboración entre dos nombres tan relevantes como los de Adam Sandler y Judd Apatow. Lástima que la balanza entre ambos no se haya equilibrado tanto como sería deseable.

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Zohan (Sandler) es el mejor agente antiterrorista del Mossad, el servicio secreto israelí. Tiene carisma, sex appeal y es un auténtico ídolo en su país, pero está harto de tanta violencia y del eterno e inagotable conflicto con sus vecinos palestinos. Así que decide fingir su muerte a manos de su archienemigo, el terrible Fantasma (John Turturro), para poder huir a América y cumplir su sueño: convertirse en un estilista de moda. Si hemos iniciado este comentario haciendo referencia al éxito de este tipo de propuestas en Estados Unidos, por estos lares los nombres implicados no son tan relevantes como para atraer por sí solos al público, de ahí que las distribuidoras se ceben una y otra vez con las traslaciones al castellano de los estrenos; en esta ocasión, el rebautizo de “You don´t mess with the Zohan” ─algo así como “No te metas con Zohan”─ ha resultado ser “Zohan: Licencia para peinar”, todo lo contrario a un incentivo para acercarse al cine a rascarse el bolsillo. Ciñéndonos al film en sí, es indudable que hará pasar un rato más que agradable a los seguidores de su protagonista absoluto, totalmente entregado a dar vida a un papel hecho a su medida. El problema es el errático reparto de pesos en un texto firmado a la par por él y Apatow, con un resultado más cercano a los trabajos del segundo y teñido de un simplismo infantil y facilón que supone un lastre excesivo en su consideración general. Leer más >>

Jueves 14 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 14.08.08 a las 14:20
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En la era del apogeo digital ─no nos referimos simplemente a la perfección de “Wall•e (Batallón de limpieza)”─ no resulta menos legítimo que lleguen a la cartelera producciones menos ostentosas comercialmente, grande es el pastel y tiene que haber para todos. Pero una cosa es presentar una propuesta más modesta en lo artístico y lo técnico y otra sumergir a la platea en serie Z pura y dura, con el pretexto de buscar una audiencia puramente infantil ajena a los deleites para los sentidos que puede llegar a ofrecernos la tecnología CGI.

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La NASA pierde una sonda espacial y decide enviar a un grupo de monos en su búsqueda, una tripulación compuesta por el carismático Ham III (voz de Andy Samberg en la versión original), la apuesta Luna (Cheryl Hines) y el tenaz Titán (Patrick Warburton), trío de simios que dará con sus huesos en un planeta dominado por el terrible Zartog (Jeff Daniels). Esta es la línea principal del argumento de “Space chimps: Misión espacial”, infame subproducto animado en el que lo único realmente hilarante ─para el público hispano hablante─ es el apellido de su director, Kirk De Micco (?). Lo cierto es que no deja de resultar curioso que tras la financiación del proyecto se encuentre Barry Sonnenfeld, a quien debieron convencer para que aportase su nombre y lo que llevaba suelto en el bolsillo en un intento de dar esperanzas en taquilla a una cinta que nunca debió ver la luz. Hay que dejar claro que la película es lamentable en todos y cada uno de sus aspectos, resultando inútil el intento de excusarse en el público púber que pretende enganchar el film. Porque no existe un humor definido, ni un ápice de inteligencia en un guión alarmantemente soso, parco y aburrido, inexplicablemente burdo y carente del más mínimo significado e interés para nadie que haya abandonado ya el periodo de lactancia. Leer más >>

Viernes 8 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 08.08.08 a las 19:10
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Dentro del cada vez más amplio grupo de intérpretes que desarrollan su labor delante y detrás de las cámaras, el galo Mathieu Kassovitz se encuentra en una posición bastante cómoda de cara a la industria, con una carrera tranquila y relajada pero solvente ─mas ni de lejos sobresaliente─ en ambas facetas de su evolución artística, aunque el fantasma de su mejor trabajo, “El odio” (1995) se esté convirtiendo en una losa imposible de superar después de más de una década. Ahora regresa, tras la horrible “Gothika” (2003), con un proyecto olvidable aunque ciertamente interesante.

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En un futuro no muy lejano, nuestro planeta se ha convertido para la mayoría de la población en un mundo hostil, cruel y devastado por el hambre, las guerras y el caos que reina por doquier. En este marco no demasiado original, Toorop (Vin Diesel) es contratado por Gorsky (Gérard Depardieu) para trasladar a una hermosa muchacha, Aurora (Mélanie Thierry) desde Serbia a los Estados Unidos. El mercenario desconoce los motivos que hacen que la chica y su acompañante, Rebecca (Michelle Yeoh) sean tan importantes para los ricachones que viven en la ultratecnológica y súper desarrollada Norteamérica, pero tampoco le importan demasiado: un buen trabajo le permitirá olvidar el estercolero en el que vive y no mirar atrás nunca más. Pero, evidentemente, termina por implicarse personalmente… “Babylon” es una película sorprendente por lo atípico, un film que en principio juega la baza de contar para el papel principal con una estrella de acción ─aunque Diesel no pueda considerarse como un arquetipo al uso─ en un entorno de fantasía pura y dura, a todas luces un esqueleto artificioso en el que envolver una sucesión de explosiones, peleas y tiroteos para deleite de una platea adolescente y palomitera, ávida de emociones fuertes y estruendosos y coloridos despliegues digitales. Sin embargo, no es así ─no del todo, al menos─. Leer más >>

Martes 5 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 05.08.08 a las 18:40
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Es tremendamente agradable acudir a una sala a descubrir una nueva propuesta cinematográfica y encontrar que no sólo se cumplen nuestras expectativas previas, sino que se superan con creces. Es lo que sucede con “Tropic Thunder: ¡Una guerra muy perra!” ─innecesarios son los comentarios acerca de los subtítulos con los que agasajan una vez más al circuito comercial de nuestro país─, relato de las desventuras de un grupo de actores enfrascados en una producción bélica que, buscando una mayor verosimilitud y un castigo para sus egos desbocados, son trasladados a un escenario real en el que se topan con una verdadera y peligrosa guerrilla narcotraficante.

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Sirviéndose de la base de una comedia al uso, se despliega ante nuestros ojos una sorprendente historia en la que no solamente se ha reunido a un elenco interpretativo excepcional, sino que además presenta un cuidado estético, técnico y narrativo realmente notable. Tras un considerable puñado de títulos en su haber tras las cámaras, Ben Stiller ha desarrollado unas más que aceptables aptitudes como cineasta, ofreciendo pasajes impactantes en su planificación y puesta en escena, apoyado por los embriagadores e infinitos paisajes selváticos que enmarcan una trama que, verdaderamente, no deja títere con cabeza en su acertada, ácida y cínica crítica contra los estamentos hollywoodienses. La descontextualización de roles y situaciones funciona a la perfección como arma al servicio no ya de provocar la carcajada, sino de marcar claramente la posición de los responsables de la película respecto de la situación actual de la industria cinematográfica norteamericana; se multiplican las sorpresas inesperadas e hilarantes en un libreto que arremete contra la identificación de las estrellas con auténticos ídolos modernos, contra la contribución de los medios de comunicación a la conversión de los intérpretes en iconos sagrados y contra los propios directivos que manejan los hilos desde los despachos de las majors. Cierto es que se trata de una diatriba dibujada desde la comodidad de la posición comercial de los autores de la cinta, aunque ello no resta valor a su apuesta, más bien todo lo contrario, por el amplio espectro de público que pueden llegar a alcanzar. Leer más >>

Viernes 1 Agosto 2008
Escrito por José Arce el 01.08.08 a las 18:00
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En alguna que otra ocasión hemos hecho referencia a la temible influencia de los medios —entre los que hemos de incluirnos, qué duda cabe— a la hora de preparar la llegada de una esperada producción a las salas. En el caso que nos ocupa, no sólo se trata de uno de los grandes pelotazos veraniegos, sino que, además, es el tercer capítulo de una franquicia tan palomitera como olvidable dedicada a empapar con una capa de acción hiperbólica y atronadora a uno de los grandes iconos del fantaterror de todos los tiempos; durante los últimos meses, la espera ha sido amenizada con rumores, noticias y todo tipo de informaciones destinadas a poner los dientes largos a los aficionados. Y el resultado deja mucho que desear.

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La Segunda Guerra Mundial ha terminado, y los espías/aventureros Rick (Brendan Fraser) y Evelyn O´Connell (Maria Bello) viven retirados en una mansión cedida amablemente por el gobierno en pago de los servicios prestados a la patria. Se aburren infinitamente, alejados de la acción y de su hijo Alex (Luke Ford), supuestamente estudiante universitario pero en realidad reconvertido en intrépido arqueólogo siguiendo la tradición familiar. Cuando el muchacho descubre el lugar donde reposan los restos del temible Han (Jet Li), los enemigos emergen de las sombras y resucitan al vil tirano, maldito miles de años atrás por la hermosa y bondadosa Zi Yuan (Michelle Yeoh). Una vez más, el clan debe volver al campo de batalla para impedir que el Mal triunfe y aniquile a nuestra raza. “La momia: La tumba del emperador Dragón” parte de una idea interesante, la reinvención del origen del maravilloso y sugerente ejército de guerreros de terracota de Xi´an, y la pone al servicio de un esqueleto ostentoso y fallido, tremebundo en sus aspiraciones revolucionarias dentro del género de acción y fantasía, pero absolutamente falto de coherencia y sentido argumental y del espectáculo. Leer más >>

Martes 29 Julio 2008
Escrito por José Arce el 29.07.08 a las 20:00
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Pocas metas deben ser tan complicadas de alcanzar para un realizador extranjero como asentarse comercialmente en Hollywood. Si además nos referimos a cineastas orientales, protagonistas de un éxodo masivo a la soleada California desde todos los puntos del continente asiático en los últimos años, las dificultades se multiplican a la hora de conseguir un trozo de pastel; en el caso de los hermanos Pang, la pareja tailandesa tuvo su oportunidad en 2007 con “The messengers”, fallida en lo artístico y fugaz en la taquilla. Así que ahora recurren a otra fórmula habitual: adaptar al mercado USA una producción propia, estrella incluida.

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Joe (Nicolas Cage) es un asesino a sueldo que recibe el que será su último encargo, un trabajo cuádruple que le permitirá retirarse para siempre de tan compleja y peligrosa ocupación. Tiene reglas estrictas que cumple a rajatabla, sin apartarse jamás de ellas por lo que podría suponer para él o para quien descubra su verdadera labor. Sin embargo, cuando se cruzan en su camino el simpático Kong (Shahkrit Yamnarm), aspirante a aprendiz de la profesión, y la guapa, delicada y dulce Fon (Charlie Young), su código empieza a tambalearse. “Bangkok dangerous” vuelve a situarnos, una vez más, en ese limbo moral que pretende que nos pongamos del lado de alguien que esencialmente es un maníaco homicida, que por encargo se dedica a segar vidas ajenas sin contemplaciones, dudas ni miramientos; el cine incide una y otra vez en plantearnos la humanidad de estos personajes haciéndonos partícipes de sus dilemas internos, que finalmente les llevan a ponerse en contra de quien les contrata ante la imposibilidad de exterminar a alguna de sus víctimas. Obviamente, la reiteración temática juega en contra de este título, ya de por sí cansino y aburrido desde el mismo momento en el que la voz del protagonista abre en off una narración previsible que difícilmente sorprenderá al espectador ─no digamos si conoce el referente previo─. Leer más >>

Lunes 28 Julio 2008
Escrito por José Arce el 28.07.08 a las 13:27
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No podemos llegar a imaginar lo complicado que debe resultar para un realizador joven sacar adelante proyectos de modesto presupuesto y diferenciarlos del resto de propuestas similares ante el público, masa anónima guiada por baremos dependientes, simple y llanamente, de su antojo a la hora de pasar un par de horas de solaz entretenimiento. La solución que ha buscado Stewart Hendler a la hora de ganarse el beneplácito del respetable que acuda a contemplar este mediocre thriller de tintes sobrenaturales es otorgar los roles principales a dos iconos recientes de la pequeña pantalla, Josh Holloway (Sawyer en el fenómeno “Perdidos”) y Sarah Wayne Callies (Sara Tancredi en “Prison break”), y envolverlos en una historia que hace referencias a un montón de títulos por todos conocidos. Esto, desgraciadamente, no es suficiente.

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Max (Holloway) y Roxanne (Wayne Callies) son una joven pareja con bastantes apuros económicos que viven constantemente al borde de la ilegalidad. Están tratando, con sincero ahínco, de abandonar su existencia al margen de la ley cumpliendo un bonito sueño: abrir su propio restaurante en una pequeña localidad de Maine. Pero las cosas no salen como esperan ─malditas líneas de crédito─ y se ven forzados a ayudar a Sydney y Vince (Michael Rooker y Joel Edgerton) a secuestrar al hijo de una mujer rica, botín suficiente para empezar de cero sin mirar atrás. En teoría no debe haber problemas, pero al poco de que todo dé comienzo queda claro para unos y otros que el pequeño David (Blake Woodruff) no es un niño corriente. En realidad, el mozalbete es “Hellion: El ángel caído”, incomprensible título español de una producción originalmente denominada “Whisper” (susurro), mucho más acorde con las perversas habilidades del muchacho; evidentemente, responde tal rebautizo a las aspiraciones de la distribuidora de rascar algo en taquilla, ya que la cinta ha sido lanzada directamente en formato doméstico en casi todo el mundo. Leer más >>