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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
« Inicio | Archivo del autor Julio Rodríguez Chico
Jueves 2 Octubre 2008

No son muchas las películas de calidad que el mes de septiembre nos ha dejado en la cartelera, pero podemos recomendar algunas. Para empezar, un western redondo por su narrativa y crepuscular por su temática: “El tren de las 3:10”, intenso remake del clásico de Delmer Daves, con Christian Bale en el personaje del padre honrado que se ve obligado a usar la pistola para obtener una recompensa y sacar adelante a su familia, y donde Russell Crowe da vida a un bandido que esconde un pasado con heridas sin cicatrizar. Cine para la posteridad sobre dos hombres bien dibujados en el guión y un niño que mira a ambos con la admiración y el desengaño del adolescente. Y hablando de niños, el espectador también gozará con “El niño con el pijama de rayas” —tanto o más que con la novela—–, historia sentimental de amistad entre un alemán y un judío, con los campos de concentración nazi de fondo, todo contemplado desde la mirada inocente de un niño.

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De estilo diametralmente opuesto es la fantasiosa “Hellboy II: El Ejército Dorado” de Guillermo del Toro, sugestiva en lo visual y esquemática en el retrato de personajes —como corresponde al cómic— y, sobre todo, entretenida y nada pretenciosa. Y para los amantes del cine europeo, una francesa y una española, de tonos y géneros dispares: “Un verano en la Provenza” supone una nueva incursión —un poco complaciente y convencional, pero agradable— en el ambiente rural francés, en busca de la felicidad de lo natural y de la estabilidad familiar y afectiva; mientras que “El rey de la montaña” es una muestra más del vigor de los jóvenes talentos hispanos que buscan en el thriller su modo de conectar con un espectador que abandona las salas, aquí con reflexión incluida acerca de la naturaleza salvaje del hombre y de la perniciosa influencia de ciertos juegos de rol y algunos videojuegos en la mente infantil y juvenil. Leer más >>

Sábado 27 Septiembre 2008

Con más de tres millones de ejemplares vendidos, el best-seller del irlandés John Boyne debía ser llevado a la pantalla. El encargado ha sido Mark Herman (“Little voice”, “Tocando el viento”), con un trabajo tan fiel al original literario como complaciente y académico en su puesta en escena. Suave en apariencia y muy duro por dentro, sutil y nada frívolo al mostrar la cruda realidad del campo de concentración nazi pero sin olvidar que lo hace desde la mirada inocente de un niño que juega a ser explorador y para quien la guerra es una aventura sin malicia. Se trata de un mundo real bajo el prisma candoroso de quien no ha descubierto lo que la Historia enseña a los hombres y a lo que estos pueden llegar en su barbarie. Por eso, la adaptación de la novela no podía hacerse en clave realista ni obviar el lado emocional que rodea al holocausto. Hay quien ha criticado que se banalice el horror con esa imagen falsa y edulcorada del exterminio judío, pero aquí a Boyne y Herman les interesa la mirada del niño, y eso está bien plasmado.

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No importa que el espectador conozca la historia de una amistad imposible amenazada por la tragedia. Lo interesante es entrar en el universo infantil de quien no entiende por qué unos hombres con pijama son considerados basura y por qué su padre y su madre discuten acaloradamente o su abuela no les visita. Lo más sugestivo es asistir a esos descubrimientos desde la inocencia de Bruno, a ese momento en que el hombre que pela patatas le cura la herida o el niño traicionado le ofrece su perdón tras la alambrada: son instantes de humanidad tratados con sentimiento y dulzura, pero donde no se abusa de lo lacrimógeno ni del artificio tramposo. El guión cuida y evita el exceso melodramático, avanza con equilibrio y no se pierde en las subtramas; sabe construir cada personaje con mimo y atendiendo a lo esencial sin que ninguno de los secundarios quede mal esbozado o caricaturizado ni tampoco haga sombra al protagonista. Leer más >>

Jueves 25 Septiembre 2008

Hace tiempo que se dice que el western está agotado. Con “El tren de las 3:10”, James Mangold demuestra que no tiene por qué ser así, si se logra poner en escena a personajes de carne y hueso, con luces y sombras, y si se imprime a las imágenes un estilo y narrativa acordes a la historia que se quiere contar. Por ser un remake de la obra que Delmer Daves realizó en 1957 y adaptación de un cuento corto de Elmore Leonard, la historia es conocida y no cabe sorpresa ante el desenlace; sin embargo, la película atrapa al espectador desde las primeras imágenes del asalto y robo hasta que el reloj marca la hora de llegada del ferrocarril y se produce el esperado “choque de trenes”. No hay caídas de ritmo ni la trama se pierde por el camino, sino que conserva toda su fuerza y alcanza momentos de sincera emoción.

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Cada escena de acción o diálogo se convierten en pinceladas que enriquecen a unos personajes que se erigen en pilares para una historia llena de pliegues y trasfondos. Son vidas construidas sobre un pasado que se intuye y que marca su comportamiento, que ha dejado sus heridas sangrantes: Dan Evans (Christian Bale) es un veterano al que la guerra dejó cojo y que ahora, acosado por las deudas, se ve obligado a ejercer de cazarrecompensas para sacar adelante a su familia; el asesino, ladrón y mujeriego es Ben Wade (Russell Crowe), atrapado y conducido a la cárcel mientras su banda trata de liberarle; el tercer personaje en quien la cámara se posa es William Evans (Logan Lerman), el hijo mayor de Dan, que tiene una mirada esquiva hacia un padre y le juzga cobarde, mientras que no oculta su admiración adolescente hacia el forajido que su imaginación ha recreado mientras leía folletines de bandidos. Leer más >>

Viendo “Hace mucho que te quiero”, uno puede pensar que se encuentra ante un director curtido tras una larga trayectoria cinematográfica, y sin embargo se trata de la ópera prima de Philippe Claudel. De lo que no cabe duda es que nos hallamos ante un gran narrador de historias, alguien que construye sus personajes a partir de los matices y de una contención dramática que los hace próximos al espectador, un buen conocedor del corazón del hombre y de lo que la vida y la sociedad le pueden deparar. Por eso, su debut respira humanismo y autenticidad, dureza emocional y a la vez delicada sensibilidad, y también la capacidad de poner en imágenes interesantes reflexiones sobre el dolor y la libertad interior, sobre la necesidad de abrir el alma para recuperar la vida, o sobre los límites del amor y los peligros de la soledad. Son muchos los temas tratados, siempre con sutilidad y sin excesos, en una trama equilibrada y que no se hace nada pesada, con un Claudel que dosifica perfectamente la información sobre la protagonista, y que sabe abrir ventanas de oxígeno y esperanza a una situación de enorme tensión emocional.

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El drama que se nos cuenta es terrible y doloroso. Una mujer, Juliette, sale de la cárcel después de quince años y tras haber perdido a su hijo, abandonada por su marido y rechazada por sus padres. A través de los servicios sociales, su hermana pequeña Léa es quien la acoge en su casa, en un intento de recuperarla para la vida familiar, laboral y social. Pero el principal escollo para esta reinserción está en la cabeza de esta fémina atribulada, pues sigue encerrada en el doloroso recuerdo del pasado como si de una cárcel se tratara, cautiva en un silencio seco y cortante con el que se niega a explicar lo entonces sucedido, con el firme rechazo a volver a creer en el amor. Han sido muchos años entre rejas y aún no está preparada porque, incluso admitiendo su culpa, no ha llegado a perdonar a quienes la dejaron sola en la desgracia, a quienes no entendieron su amor y le cerraron las puertas al futuro. Estamos ante el mismo sentido moral de “Crimen y castigo”, donde Claudel presenta por un lado a una hermana que busca su redención en una segunda oportunidad que la vida pueda otorgarle, mientras que otra intenta explicar esos comportamientos desde los libros en sus clases de la literatura. Son dos personas de vida muy distinta, estrechamente unidas de pequeñas y después separadas por la tragedia, que ahora tratan de aproximarse y rehacer su vida familiar, pero entre quienes se levanta un muro de hielo construido por el misterio y el silencio. Leer más >>

Martes 16 Septiembre 2008

Desde los tiempos de Jean Renoir (“Una partida de campo”), Francia visita de vez en cuando su campiña en busca de un remanso de paz donde recuperar la alegría de vivir y también un poco de luz para iluminar una existencia problematizada. Es un gusto hacia las cosas sencillas y las personas de buen corazón, donde prima la mirada contemplativa y nostálgica sobre la acción, el sentido positivo sobre el fatalismo nihilista. Son películas humanistas que recogen situaciones a veces dramáticas y personajes desorientados, pero donde el sentido de la amistad y la solidaridad, la familia y el amor les conceden un asidero para salir airosos del atolladero, mientras que el espectador se queda con la sensación de haber presenciado unas vidas auténticas y normales a la vez que respira el optimismo de quien confía en la bondad de la naturaleza humana. A títulos como “La fortuna de vivir”, “Conversaciones con mi jardinero” o “La chica de París” se les une ahora “Un verano en la Provenza”; de nuevo, el campo es sólo el marco ideal para reflejar el regreso a una Naturaleza sin ruidos ni prisas donde se pueda percibir el valor de las cosas importantes y la belleza de las relaciones personales.

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La historia que Eric Guirado cuenta es sencilla: un ataque cardiaco obliga a un tendero de ultramarinos (Daniel Duval) a ser hospitalizado y guardar reposo. Hace años que su hijo Antoine (Nicolas Cazalé) se fue a la ciudad, donde lucha por sobrevivir, y no se habla con él ni con su hermano; sin trabajo estable y con un carácter agriado, la necesidad de dinero le lleva a aceptar sustituir a su padre durante el verano en la venta ambulante por los pueblos de la Provenza, mientras espera ganarse el cariño de su novia Claire (Clotilde Hesme). Se sucederán viajes en una vieja furgoneta donde descubrirá ancianos que viven en su mundo y en otra época, algunos aún con un comercio de intercambio de productos, otros en la soledad y con los achaques de la vejez… pero todos satisfechos y felices a su modo. Sin embargo, el principal periplo del muchacho le llevará a su infancia una nueva road movie, con los recuerdos grabados en una cinta familiar que abre el film y que simboliza un pasado idílico que añora, hacia aquella época feliz que un día perdió no importan ni se explican los motivos y que le ha sumido en un deambular sin rumbo ni constancia en los proyectos, sin un trato amable ni una sonrisa hacia un mundo al que ha dado la espalda. Leer más >>

Lunes 18 Agosto 2008

Los amantes del cómic y de la serie Batman están de enhorabuena. Christopher Nolan nos ofrece una película de impecable factura visual, narrativa sólida y dinámica, interpretaciones sobresalientes, y personajes de gran hondura antropológica cargados de matices y recovecos. Uno de los superhéroes más humanos de DC Comics continúa su labor como justiciero en las calles de Gotham, donde la Mafia ha encontrado en el psicópata Joker un aliado ocasional para su actividad criminal. Mientras unos luchan por mantener el orden y la legalidad, otros aspiran a controlar el submundo de droga y corrupción, pero ¿qué pretende el siniestro individuo de la sonrisa permanente?, ¿quiere sólo la anarquía y el caos o maquina algún plan retorcido de malévolas intenciones?

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Al director de “Memento” hay que reconocerle el haber conseguido una película de ritmo trepidante, con una puesta en escena espectacular y una precisa narrativa. Entretiene y capta la atención del espectador desde la escena inicial con el robo al banco, pero no se conforma con ello y sabe dotar a sus protagonistas de una profundidad psicológica que va más allá de la persecución y la violencia. En una historia de personajes con identidades ocultas y dobles caras, donde la traición y la venganza se entremezclan con el odio y las convicciones morales, al final todo se reduce al dilema de vivir con o sin principios, de conformarse con la verdad y la justicia social o aspirar a vivir con fe y esperanza en el individuo. Nolan busca penetrar en lo más profundo del hombre con una y otra vuelta de tuerca: se sirve de continuos giros narrativos para una historia con varios finales consecutivos que hubieran resultado igualmente válidos, y fuerza un último encuentro de héroe y villano… hasta alcanzar el núcleo de la cuestión. Es el director quien verdaderamente quiere quitar a Bruce Wayne su máscara de murciélago, quien está interesado en descubrir los móviles de Joker, quien no acepta la integridad moral del nuevo fiscal del distrito de Gotham. Y por eso tanta vuelta y revuelta, tanto cuestionamiento de las apariencias, tanta caída a los infiernos y resurrección de quienes querrían ser “normales” pero que —cara a la ciudadanía y al espectador— son héroes sin mácula o villanos sin posible redención.
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Pixar vuelve a sorprender con una película que se aprovecha de los avances infográficos para lograr una mayor perfección en la animación, y que se arriesga a contar una historia muy humana y llena de emoción básicamente sólo con la imagen, a la vez que deja algún que otro mensaje o advertencia. “WALL·E (Batallón de limpieza)” es, en el fondo, una historia de amor en medio de la soledad, pero trufada con una buena dosis de crítica hacia el modelo de sociedad del bienestar que se ha abandonado a la ociosidad y que ha olvidado la riqueza de las relaciones humanas. Es una denuncia ecologista, en tono catastrofista, por el estropicio de un planeta que apostó por el progreso tecnológico y aparcó la vida que la Naturaleza ofrecía. Pero es también una llamada a la esperanza en el hombre, en cuyo interior siempre queda un resquicio desde el que volver a ser él mismo, desde el que reclamar la dignidad que merece y la libertad necesaria para decidir su futuro, aunque en ocasiones eso precise de una revuelta contra los tiranos, aquí personificados en unos robots que han asumido el poder de mando.

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Sin embargo, Pixar no se contenta con hacer un discurso valiente y profundo sobre una sociedad deshumanizada, sino que pretende también hablar al espectador con la sola imagen y defender un cine en estado puro: durante buena parte de la primera mitad no hay diálogos ni explicaciones de lo que pasa, con lo que la historia avanza gracias a una estudiada y precisa planificación, con una sutilidad que exige una actitud activa e imaginativa en quien contempla unos robots que se esfuerzan por entenderse e incluso agradarse. Una narrativa y expresividad que recuerdan al cine mudo, con el aliciente de que aquí los gestos se dibujan sobre el latón más o menos primitivo, más o menos sofisticado. Entre WALL·E y EVA existen verdaderas y auténticas relaciones humanas, con momentos emocionantes y líricos —ahí está ese baile en el espacio— junto a otros profundamente dramáticos —como la escena de WALL·E desmemoriado—. Pero también entre los humanos “exiliados” encontramos comportamientos que van de lo puramente maquinal —patética es esa serie de gordos especímenes sin personalidad tomando el sol de manera rutinaria— hasta la titánica reacción del comandante al son de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss, en clara alusión al film de Stanley Kubrick. Leer más >>

Lunes 4 Agosto 2008

Con un comienzo un tanto explosivo y bronco, Jean Becker parece abandonar el tono sereno y amable con el que dibujaba a sus personajes en “La fortuna de vivir” y “Conversaciones con mi jardinero”. Al protagonista de “Dejad de quererme” parecen habérsele cruzado los cables y propuesto molestar a sus clientes en su trabajo como publicista, a sus amigos en la fiesta de cumpleaños que le han preparado y a su misma mujer e hijos en un día que se prometía feliz. Dispuesto a ajustar cuentas y decir las verdades que todos se callan, destapa la caja de los truenos y no hay quien que se libre de sus dardos y ofensas: parece que una especie de locura o quizá la crisis de los cuarenta ha hecho mella en un hombre herido por dentro, que huye buscando la paz y el afecto perdidos en la infancia, o la felicidad de pescar con mosca y rodearse de gente sencilla que una vida sofisticada ha llegado a sofocar.

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El drama no se hace esperar y Becker se centra en Antoine desde los primeros planos. Sus reacciones son desproporcionadas y drásticas, excesivas y sin aparente justificación. Interesa recoger su crispación y su enfado con el mundo, exteriorizado con salidas de tono tan ingeniosas como violentas e hirientes. Incomprensible para quienes le conocen y para el propio espectador, el director nos conduce hacia un corazón amargado que quiere mirar la vida desde el otro lado… pero que está desquiciado. Por el camino de huida que recorre Antoine, Becker nos va dando pistas con las que descifrar su “locura”, a la espera de llegar a comprenderle y quizá justificarle, o también esperando el momento en que recapacite y regrese a la buena senda. Como a todo drama que estriba sobre una carta escondida, hay que concederle el beneplácito de algún giro un poco forzado y que sólo el final explica, de una construcción narrativa un tanto engañosa que juega con el sentimiento y desconcierto del espectador, de una puesta en escena en ocasiones artificiosa y de un flashback aclaratorio pero innecesario. Leer más >>

Martes 1 Julio 2008

No sé si será por el verano o por la Eurocopa de fútbol, pero lo cierto es que, cinematográficamente hablando, el recién acabado junio puede pasar a la Historia como uno de los meses más flojos, sólo salvado por algunas grandes producciones norteamericanas. Revisando lo que permanece en la cartelera y dejando al margen lo que ya se recogía en anteriores artículos, podemos recomendar algunos títulos, en su mayoría de evasión y entretenimiento, como es lógico en esta época del año. Tras la ausencia de sorpresas y la presencia de tanta nostalgia como encerraba “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, varias películas volvían a los pocos días a tratar las ambiciones de científicos y militares sin escrúpulos: “El increíble Hulk”, con espectaculares efectos especiales y un drama tenso entre humanidad y monstruosidad, no estaba exenta de interesantes reflexiones antropológicas.

El increíble Hulk

Más experimentación científica y tragedia apocalíptica encontramos en “La niebla de Stephen King” y ”El incidente”, ambas con el miedo y la insolidaridad como trasfondo y el suspense como arma narrativa, aunque la primera teñida de un tono más fatalista y la segunda dejando una salida a través de la familia. Huyendo del drama, “Ella es el partido” cumplía su función de entretener con ingenio como comedia romántica al estilo clásico, aunque no le exijamos a George Clooney que sea Howard Hawks ni Cary Grant; y “La vida sin Grace” nos ofrecía una historia familiar aunque algo blanda en torno al reencuentro entre un padre viudo y sus dos hijas. De los estrenos españoles, reseñamos “Los cronocrímenes” por su original idea y la precisión de su guión y montaje, que no es poco; mientras que la tailandesa “Wonderful town” merece ser destacada como la apuesta más sensible y lírica, más contemplativa e intimista, de mejor ambientación emocional y geográfica. Leer más >>

Sábado 28 Junio 2008

Tras su éxito como cortometrajista, Nacho Vigalondo sigue los pasos de otros jóvenes directores que han querido iniciar su carrera desde el cine de género. “Los cronocrímenes” encuentra en el thriller fantástico y el suspense la manera de ganarse al público como ya hicieran “El orfanato” y “[Rec]”, películas con las que comparte originalidad y capacidad para capturar la atención del espectador, gracias sobre todo a un guión muy ajustado en los más mínimos detalles. Sin duda, este viaje a través del túnel del tiempo ha sido visitado por películas como “Primer” o “Regreso al futuro”, pero Vigalondo abandona las pretensiones científicas de la primera y rehuye el tono puramente lúdico de la segunda, para moverse en un terreno más cinematográfico, con Alfred Hitchcock y Stanley Kubrick como referencias, y dotarle de cierta hondura filosófica.

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Una película que explota su condición de pequeña producción, con pocos personajes y localizaciones, una técnica digital con fotografía realista y factura casera, y sobre todo con una idea brillante y una calculada labor de montaje. Con todos esos elementos, logra generar atmósferas llenas de tensión dramática, donde el protagonista tiene que luchar contra el fantasma vendado y contra el tiempo que se vuelve contra él mismo. Poco se debe decir de su argumento, que puede verse como un divertimento en torno al tiempo y a los intentos por corregir los acontecimientos del pasado o prever los del futuro, pero que también admite una segunda lectura de mayor profundidad que nos permitiría interesantes reflexiones sobre la propia identidad —por algo uno de los personajes aparece con el rostro oculto bajo unas vendas—, sobre la conciencia y la culpa —con el deseo, la infidelidad y la purgación como fases oníricas de un marido vulgar—, sobre la mirada del espectador cinematográfico que crea en su imaginario su propia representación de la realidad. Voyeurismo, imaginación y conciencia como las tres etapas de la persona que busca nuevas realidades —insatisfecho con lo que tiene—, cuidando sus emociones y no poniendo en peligro el amor de su vida, para terminar aceptando el presente y su condición de criatura, rechazando la tentación de querer ser Dios y dominar el sentido de la Historia. Leer más >>