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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Lunes 19 Mayo 2008

El Festival de Cannes es ahora mismo punto de atracción total del mundo del cine: gran parte de los que cuentan han pasado, pasan o pasarán estos días por allí, y, como conclusión lógica, todos los medios que nos dedicamos a informar sobre esta curiosa mezcla de arte e industria nos hacemos eco casi inmediato de cada suspiro que emane de los labios de esos seres que a veces parecen existir en un estado intermedio entre la mortalidad y la inmortalidad más absolutas. Y claro, así no es de extrañar que sucedan cosas que, lamentablemente, terminan siendo el pan nuestro de cada día, y que se están convirtiendo en una peligrosa costumbre que acabará contagiándose a figuras y cintas no tan presuntamente merecedoras de ello. Por ejemplo, no deja de ser pintoresco que el encuentro de Woody Allen (que sí que forma parte del Olimpo, al menos en Europa) con la prensa para presentar su última película, “Vicky Cristina Barcelona”, se celebrara… sin que los periodistas hubieran tenido oportunidad previa de verla. ¿Antiperiodístico? Sí, pero también real como la vida misma: y ni siquiera es la primera (ni será la última) vez que algo así ocurre.

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Como consecuencia, un puñado de nombres está sirviendo como licencia para que el circuito cine-información-crítica cada vez se enrarezca más, hasta el punto de que las entrevistas se convierten en simulacros de entrevistas (¿de verdad puede salir una pregunta interesante cuando el encuentro se reduce a un pool de cuatro o cinco medios con tres o cinco minutos para repartir entre todos?), y los fenómenos cinematográficos se construyen desde la virtualidad… Hasta ahora, los estudios lo hacen porque, no nos engañemos, la producción cinematográfica supone una importantísima inyección publicitaria para los medios, y eso les legitima para imponer sus reglas. Pero ojo, que ahí están otras áreas, como las de los videojuegos, cuya sombra comienza a amenazar la hegemonía en el mundo del entretenimiento de esa galaxia encabezada por Hollywood… y sin gastarse tanto, ni mucho menos, en publicidad. Quizá, para cuando quieran recuperar la complicidad de los medios, ya sea tarde.

En la imagen: Woody Allen da instrucciones a Penélope Cruz y Javier Bardem durante el rodaje de “Vicky Cristina Barcelona” - Copyright © 2008 Gravier Productions, Mediapro y Antena 3 Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Lunes 17 Marzo 2008

Les voy a contar algo: quien esto firma, además de cinéfilo, es amante de los animales. Y concretamente, de los gatos. Y no deja de ser curioso que estos pequeños felinos hayan tenido tan poca suerte en el cine con respecto a sus principales rivales/amigos/compañeros del hogar, los perros. Todos seríamos capaces de mencionar películas en las que los cánidos han triunfado tanto o más que sus compañeros humanos de reparto: de la interminable sucesión de Lassies que en el mundo han sido, a ejemplos más recientes como los sufridos protagonistas de “Bajo cero (Eight below)” (una de esas películas que manchan el curriculum de cualquier cinéfilo, pues padecí como un bellaco ante los sufrimientos de esos canes abandonados en la Antártida, mientras la parte más racional de mi cabeza, que no suelo usar, me repetía una y otra vez que si me veía alguien conocido perdería cualquier credibilidad para escribir sobre cine) o la impresionante pastora alemana de “Soy leyenda”.

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Frente a esto, los gatos han tenido muy pocas posibilidades de hacer nada. Y precisamente porque lo que más nos gusta de ellos, su independencia, les hace prácticamente imposibles de adiestrar. Y curiosamente, no parece que las técnicas digitales hayan ayudado a mejorar demasiado la cosa, porque entre la animación tontuna de “Garfield: La película” o su secuela y aquella tontería supina que era “Como perros y gatos”, aún está por llegar un título que haga honor a la elegancia, altivez, glamour y todo lo que ustedes quieran añadir de estos pequeños cuadrúpedos bigotudos. A ver si en Hollywood echan cuentas de cuántos amantes de los gatos estamos sueltos por el mundo y nos ofrecen algo que nos satisfaga. Sabiendo lo influenciables que somos, seguro que les llenamos las salas.

En la imagen: Detalle del cartel de “Como perros y gatos” - Copyright © 2001 Warner Bros. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Marzo 2008

Es habitual que casi cada semana se estrenen una o varias películas de terror o thriller sobrenatural con algo de suspense y una dosis gore o similar —por ejemplo, sin ir más lejos, este próximo viernes llegará a los cines “The eye (Visiones)”—, destinadas fundamentalmente a un público adolescente. Dando por hecho que algunas de estas cintas tienen su valor cinematográfico por el inteligente uso de la imagen y sonido que hacen, y también la falta de originalidad de la mayoría de ellas, más de una vez me he preguntado por la razón del éxito de este tipo de propuestas. No sé si lo que el espectador busca es experimentar cierta tensión y sobresalto —a veces no faltan las risas, pero entonces mal asunto—, si lo que se quiere es sentir miedo y angustia con la excitación que puede provocar lo tenebroso o macabro, o si se pretende poner a prueba al corazón con alguna taquicardia y someter a la vista al mal gusto de muchas de sus imágenes. ¿Por qué nos gusta sufrir y pasarlo mal?, ¿por qué pagar para llenar la imaginación de momentos desagradables y que empujan instintivamente a apartar la vista?

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Con todo el respeto hacia el género —y más aún hacia sus incondicionales—, me gustaría conocer las razones de su éxito de taquilla, y pienso si se justificará sólo por esa necesidad de tener sensaciones y nuevas experiencias, o si se trata más bien de la necesidad de dar salida a la adrenalina acumulada durante una semana de estresante trabajo. Porque ¿es que la vida ordinaria circula por la rutina y lo anodino, y el espectador necesita irse al mundo de lo truculento y extraño? Y si la búsqueda de sensaciones fuertes, si la necesidad de huir de lo cotidiano… no son los únicos motivos, que alguien me explique esta pasión por lo terrorífico y lo feo. Y si no hay “razones” porque se trata de algo únicamente temperamental, vivencial, sensorial…, o de simples gustos o preferencias —está claro que a veces no hay que buscarle tres pies al gato—, entonces permaneceré crédulo ante el misterioso atractivo del cine de terror, vísceras y demás imágenes morbosas.

En la imagen: Detalle de un cartel promocional de “The eye (Visiones)” - Copyright © 2007 Lionsgate, Paramount Vantage, C/W Productions y Vertigo Entertainment. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

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Miércoles 6 Febrero 2008

Vaya por delante: quien esto escribe no podría vivir sin su móvil. De hecho, soy de los ingenuos incapaces de recordar cómo nos las arreglábamos sin esos aparatejos. Ahora bien, lo que no acabo de encajar bien es el binomio móvil+sala de cine, y me temo que los avances en la tecnología no hacen más que plantear problemas nuevos… que son problemas porque queremos, claro: en la mayoría de las ocasiones, bastaría algo tan simple como el sentido común o la educación para que el móvil no fuera causa de molestia para el resto de personas con las que compartimos sala. Pero claro, va a ser que recurrir a semejantes cosas sí que entra dentro de la ingenuidad.

Viene esto a cuento porque, al menos por mi experiencia, parece que, poco a poco, la gente ha ido comprendiendo lo de apagar los móviles al comienzo de una película: supongo que algo habrán tenido que ver los anuncios y la costumbre. Pero un nuevo peligro acecha, ¡y de qué manera!, en cada sesión. Está uno tan tranquilo, disfrutando (o no) de la película, y de repente ¡ahí está! Un punto luminoso que inevitablemente te atrae la mirada. Alguien consulta el móvil, o pone un mensaje, y tú no puedes hacer otra cosa que quedarte mirando ese brillo que te saca de lo que estás viendo y te desconecta de lo que les pasa a los personajes. La verdad es que estas pantallas de tanto brillo son todo un logro tecnológico pero, francamente, son también la pesadilla del cinéfilo. ¿Es que resulta tan difícil de entender que una repentina fuente de luz en medio de la oscuridad es tan molesta como un politono, porque inevitablemente la vista se ve atraída por ella? ¿Es que la gente aceptaría que alguien, de repente, encendiese una linterna en medio de una proyección? Sea como sea, lo que sí que resulta fácil de comprobar, es que muchos no tienen empacho en utilizar el móvil sin sonido en los cines. «Total», supongo que pensarán, «si no se oye». Pero se ve, ¡vaya si se ve!

En la imagen: Bruce Willis atrapado por el móvil, ese invento del demonio, en “La jungla 4.0″ - Copyright © 2007 20th Century Fox, Dune Entertainment e Ingenious Film Partners. Foto por Frank Masi. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Noviembre 2007

Desde luego, el diseño de los carteles de cine está alcanzando niveles de conformismo preocupantes. Si tomamos los estrenos del pasado fin de semana como ejemplo aleatorio, tendremos que convenir que la cosa pinta bastante mal. Pero hay dos en concreto que simbolizan lo que desgraciadamente parece estar convirtiéndose en tendencia: por un lado, tenemos el afiche de “El juego del amor”, que, francamente, es otra repetición más de un tipo de diseño que tiene su representación más famosa en “Love actually”. La ecuación que manda en estos casos debe de ser: película romántica + historias de varias parejas + rostros conocidos = un cartel como este. Claro que, en este caso, la cinta no es una comedia, como sí lo era aquélla, pero eso no parece que importe demasiado. Total, en cuanto la gente compra la entrada, se ha conseguido el objetivo.

El otro ejemplo, por su parte, si algo simboliza, es la vagancia. Exaspera que a un largometraje como “Michael Clayton”, que otorga a una historia bastante trillada una narrativa y una estética cuidadas al máximo, se le asigne un diseño tan ramplón como el finalmente utilizado. En este caso, ni siquiera se trata de una ecuación, sino de la simple aplicación de una relación causa-efecto: ¿por qué va la gente a ir a ver esta película?, se preguntará el responsable de turno. Por George Clooney, claro, se responderá. Así pues, no hay que pensar más: careto bien grande del actor, y a otra cosa. Sinceramente, como ése fuese el mecanismo en todos los casos, los diseñadores tendrían que ir buscándose otro trabajo… aunque, la verdad, y visto lo visto, quizá harían bien en buscárselo de todos modos. Y eso por no hablar de las “adaptaciones” para el mercado español de carteles estupendos utilizados en los mercados originales. Ya volveremos al tema, ya.

En la imágenes: Fragmento del cartel de “El juego del amor” © 2007 Filmax. Todos los derechos reservados. Fragmento del cartel de “Michael Clayton” © 2007 DeAPlaneta. Todos los derechos reservados.

Lunes 19 Noviembre 2007

No hay mayor suerte para un cinéfilo que el ver muchas películas, tener acceso a lo más interesante (al menos, a priori) de lo que llega a nuestras pantallas, rastrear entre lo que no y, lo más importante, poder compartirlo con ustedes, tanto si coincidimos como si no (¿acaso no es la controversia y la disparidad de criterios uno de los alicientes de un blog como éste, junto al disfrute de descubrir que personas que no nos hemos visto nunca podemos compartir gustos, o incluso sentir devoción por algún título minoritario?). Y sin embargo, y en contrapartida, es un privilegio que trae añadido un grandísimo pero: la dificultad creciente de acceder a la maravilla y de que una cinta nos llegue a fascinar.

Parece que no fue hace tanto tiempo (¡pero sí que fue, por desgracia!) cuando uno empezó a dar sus primeros pasos en la cinefilia, acercándose a los títulos de los que todo el mundo hablaba, y cuando casi cada visita a la sala de cine traía consigo un descubrimiento. Ahora, cuando los kilómetros de celuloide que han pasado ante nosotros, si no dan la vuelta al mundo, poco les debe quedar, todo se ha vuelto más difícil. Afortunadamente, mantenemos el espíritu (¿de qué otra manera, si no, se puede escribir y disfrutar?), y seguimos abiertos a que, cuando se enciendan las luces, nos descubran abrumados, emocionados, sobrecogidos o con ese especial y frágil estado de ánimo que nos invade cuando hemos sentido el milagro que nos hace renovar nuestra fe en el cine. Pero ahora, con el paso de los años y las sesiones, el tiempo entre cada uno de esos arrebatos parece espaciarse, y cada vez es más difícil sentir una epifanía como la que quien esto escribe sintió ante, por ejemplo, “El imperio del sol”, una de esas películas que serán para siempre mucho más que simple celuloide. Eso sí: cuesta más, pero cuando lo conseguimos… ¡oh, cuando lo conseguimos!

En la imagen: Christian Bale en “El Imperio del sol” - Copyright © 1987 Amblin Entertainment y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

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