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Miércoles 18 Junio 2008

Diga lo que diga al declarar que sólo busca hacer un cine de entretenimiento sin mensajes ni pretensiones, trabaje para quien trabaje —Disney, Warner o Fox—, cuente con grandes presupuestos o se esconda en la serie B, lo cierto es que M. Night Shyamalan siempre imprime a sus películas un aliento alegórico que trasciende la realidad inmediata que cuenta. No es que haya que echárselo en cara porque es su “universo temático” y sabe adornarlo con un envoltorio de suspense y misterio, entre el clasicismo narrativo del cine de género y la modernidad new age de una sociedad ecologista sumida en el pánico del individualismo. En su última película, el director de “El bosque” nos habla de nuevo del miedo que paraliza y aísla, del cientificismo que pretende explicar todos los fenómenos de la Naturaleza, de la incomunicación y del materialismo…, y de la familia como núcleo a partir del cual regenerar la sociedad… con la fuerza del cariño.

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Dejando de lado su calidad cinematográfica o su carácter fallido, no cabe duda que “El incidente” vuelve a poner sobre el tapete la realidad de fenómenos inexplicables y no cuantificables científicamente. Su director “incide” en el misterio de la vida, irreducible a unas cifras, estadísticas o variables aplicadas conforme a un patrón o experimento, para terminar defendiendo el poder de un gesto de afecto como “coger de la mano, de verdad” —como el padre de la niña le pide a su cuñada Alma— o la necesidad de volver a descubrir el color del amor en ese anillo “que dice lo que uno siente”. Habrá siempre quien se invente una teoría en forma de terroristas, radiaciones nucleares o toxinas naturales para explicar las catástrofes de la humanidad, pero la verdad es que el mal está en el interior del propio individuo: éste podrá aislarse como la loca anciana a quien el mundo le importa un bledo, o vivir rodeado de multitudes con las que apenas se relacione ni comunique —esos individuos que repiten una y otra vez lo mismo, sin alma ni sentido, paralizados como estatuas de sal y con sentimientos congelados—, pero en ambos casos Shyamalan nos dice que su destino será siempre el mismo, la muerte y autodestrucción por el suicidio o el asesinato. Leer más >>

Miércoles 21 Mayo 2008

Con el curioso título de “El baño del Papa”, el cine uruguayo nos acerca a la realidad más dura de quienes no tienen nada en la vida, salvo ilusiones. Son los habitantes de Melo, un pueblecito paupérrimo en el que sus habitantes sueñan con el beneficio que pueden obtener con la visita del Papa Juan Pablo II: ante la avalancha de peregrinos que se espera, unos se organizan para la venta ambulante de bocadillos o de medallas de la Virgen, mientras que Beto se empeña en montar un baño con water en el lugar del encuentro. Lo que alienta —que no alimenta— al cabeza de familia es la ilusión de comprar una moto con la que pasar sin dificultad la aduana en su trabajo de contrabando, a la sacrificada Carmen es la necesidad de pagar las deudas de la luz o de comprar una plancha, y a la joven Silvia el sueño de comprar una radio y llegar a ser locutora.

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Desde Uruguay se vuelve a la estética neorrealista para mirar la pobreza encarnada en una familia que lucha cada día por la supervivencia, para tratarla desde un humanismo que va de la simpatía y buen humor con que narra la construcción del baño, a la profunda pena que trasmiten unos rostros desencantados en su lucha diaria, o al dramatismo en la escena de la cantina. En las imágenes hay resonancias de aquella otra bicicleta de Vittorio de Sica daba y quitaba al buen padre en su trabajo, o de aquellos inocentes y entrañables sueños que surcaban los cielos de Milán como si de un milagro se tratara. La historia también recuerda a otra célebre visita (en este caso de Mister Marshall) que se esperaba como agua de mayo en un pueblo que por un día se creyó el centro del mundo, y aquella ilusión convertida en obsesión futbolística por un pobre y moderno Ulises camino de San Diego.

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En unos y otros, llama la atención la elegancia y humanidad con que el cine concede y reproduce los sueños de los más pobres, el modo de tratarlos con la necesaria crudeza y realismo sin caer en lo morboso, de resaltar su dignidad y descubrir los otros tesoros que esconden en su corazón o en su imaginación. Sin duda, detrás de las imágenes late una crítica hacia las injusticias de nuestro mundo que les niega el pan de cada día, pero también se vislumbra la clarividencia de dónde se encuentra realmente la felicidad y de la importancia de los sueños para alcanzarla. Y esa mezcla es lo que algunos han llegado a llamar “realismo mágico”, en este caso muy pegado al terreno físico y a la verdad de lo que pudo haber sucedido si el azar lo hubiese propiciado.

En las imágenes: Escenas de “El baño del Papa” - Copyright © 2007 Bavaria Film International, Laroux Cine, 02 Filmes y Chaya Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Martes 20 Mayo 2008

Vivimos en una sociedad que necesita renovarse continuamente, porque lo contrario supondría perder el tren del cambio, y con ello posibilidades de mejora o de nuevas experiencias. Es la era de la alta velocidad, de internet y del instante, donde lo de ayer suena a pretérito y lo de mañana (el dichoso seguro) se mira “por si acaso”… Cambios de móvil y de portátil, de canal de televisión y de trabajo, de pareja y hasta de identidad… es la permanente insatisfacción y la constante búsqueda del algo más… El asunto es cambiar para no caer en la rutina o el vacío, para mejorar el presente aunque no llegue a saborearse… porque no da tiempo a pararse y contemplar lo que ya se tiene, por dentro y por fuera… Se quiere vivir intensamente, aunque al final se acaben consumiendo minutos sin percatarse de ello ni disfrutarlos.

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¿Por qué este rollo sociológico? Porque el cine vive de la misma realidad, porque la industria y el espectador sufren las mismas carencias y buscan los mismos resortes. Lo que se impone en la taquilla son los filmes de acción trepidante y sensaciones fuertes, de espectacular puesta en escena y sonido estruendoso, con muchos o muchísimos efectos especiales de factura digital, donde tener estrellas importa… pero cada vez menos, porque lo esencial es que conecten con ese público acostumbrado en la calle a ir corriendo a todas partes y cargándose de estrés, a mostrar un rostro de bonitas apariencias cara a la galería, a no pararse porque eso quizá obligase a pensar y así igual uno se deprime… El espectador al que mira la industria del blockbuster no quiere realidades cotidianas ni personajes ambiguos e inciertos (como los de la propia vida), huye de la contemplación y de la interrogación, del intimismo y del ritmo pausado, de la cuidada fotografía y planificación; sólo quiere evasión, aventura, acción, con sensaciones de fuerza, poder, triunfo, y si hay algo misterioso o enigmático, morboso o esotérico, sensual o sexual… pues mejor.

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Es el cine del fin de semana, que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio: visto y no visto, y a otra cosa mariposa. Se busca “sentir el instante”, y mejor si es con sensaciones fuertes y rápidas, que nos lleguen ya condimentadas y donde no haya mucho que discurrir o intuir. Es preferible que la historia no deje ningún cabo suelto, que el malo requetemalo se lleve su merecido, que la chica mona acabe con el chico de moda, que la banda sonora envuelva y una orquesta nos lleve en volandas hacia un clímax emotivo, y que los personajes sean arquetipos con los que sea fácil identificarse (cualquier matiz o complejidad en la personalidad no haría sino restar público). Correr, golpear, gritar, sentir fácil e intensamente… y volver a correr, golpear, gritar… Pocas ideas e idénticos caminos para llegar a provocar los mismos efectos en el dócil espectador que, en la butaca como en la vida, camina a merced de las circunstancias y de lo que otros deciden por él. Parece que va a tener razón Víctor Erice al distinguir entre “cine” y “producto de entretenimiento audiovisual”, y entonces todos nos entenderemos.

En las imágenes: Arriba, “Una noche para morir” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, “Sentencia de muerte” © 2007 TriPictures. Todos los derechos reservados.

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Domingo 18 Mayo 2008

Protestas y barricadas urbanas, eslóganes de rebeldía e inconformismo, marxismo en estado puro para una revolución socio-cultural, violencia y utopías pacifistas y de todo tipo, amor libre y drogas en la comuna hippie. Y también lucha contra la autoridad y la jerarquía, contra la moral y la religión, contra la estructura y el orden: «¡prohibido prohibir!». Esto y mucho más se respiraba en las calles de París en mayo del 68, en un movimiento básicamente de estudiantes —también de obreros— alterados por algunos agitadores de masas. Un mundo de inquietudes y contradicciones, que se extendió como la pólvora, que comenzó como una entusiasta y airada reacción de protesta y liberación, para terminar con un profundo sentimiento de desencanto, de insatisfacción y de vacío. Al margen de otras valoraciones sobre el fenómeno social, lo que está claro es que nada sería igual tras ese mes mayo, y que toda una generación de jóvenes quedaría marcada y también perdida.

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En medio de ese torbellino socio-político, el cine había jugado un papel decisivo a la hora de espolear a estudiantes y obreros a la manifestación callejera. Cineastas como Jacques Rivette y, sobre todo, Jean-Luc Godard con “La chinoise (La china)” habían alentado a las masas contra la política cultural de Charles De Gaulle, y películas militantes surgidas en el SLON (cooperativa de cine para el debate y la acción política) promovían la lucha contra el poder patronal y la intervención americana en Vietnam. El “affaire Langlois” —destitución de Henri Langlois al frente de la Cinemateca parisina— provocaba un revuelo previo a las barricadas, que culminaría con la creación de unos Estados Generales del Cine y el boicot del Festival de Cannes, en solidaridad con la huelga general y como petición de una transformación global de la industria cinematográfica. El definitiva, el cine se había convertido, de nuevo, en instrumento de propaganda ideológica, y las imágenes se utilizaban al servicio de una causa (marxista-maoísta) que pretendía imponer su propio orden en el desorden. Con el tiempo, como siempre, las aguas volverían a su cauce y los mismos cineastas (Philippe Garrel, Romain Goupil, Bernardo Bertolucci, o Claude Chabrol) reescribirían aquellos días con nuevos films, entre la melancolía y el desconcierto.

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Porque la realidad fue que, conseguidas unas mejoras laborales y una libertad creativa, aquella conciencia revolucionaria había dejado como herencia el fracaso de las utopías y el fin de las ideologías: el individualismo consumista y posmoderno había absorbido a una juventud que en el 69 ya se encontraba desclasada, mientras que los ideólogos y cineastas marxistas lloraban la pérdida del espíritu de clase y de una Arcadia feliz. Es ahí donde algunos, con ocasión de su 40º aniversario, han vuelvo a reclamar un cine más comprometido con la sociedad y la política, más contracultural y provocador, que no se conforme con la búsqueda estética. Parece que, dejando de lado algunos logros que ese mayo trajera, no han entendido el efecto de laminación que sus excesos y una mal entendida liberación dejaron en el individuo, que se volvió “lobo para el hombre” y encontró el poso de la amargura y el desencanto, bien reflejados por Denys Arcand en “Las invasiones bárbaras” o Roger Gual en “Remake” (aunque a nuestro país apenas llegaran, como es habitual, esos aires de contestación ni la insatisfacción posterior). Está claro que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y que cada vez se aprende menos Historia en las escuelas.

En las imágenes: Arriba, fotograma de “La chinoise (La china)”© 1967 Anouchka Films, Athos Films, Les Productiones de la Guéville, Parc Film y Simar Films. Todos los derechos reservados. Abajo, fotograma de “Los amantes regulares” © 2005 Maïa Films y Arte France Cinéma. Todos los derechos reservados.

Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 30 Abril 2008

Como a mi compañero Miguel Ángel Delgado, también a mí me ha sorprendido la cantidad de comentarios que ha suscitado la película “Juno”. Y sobre todo el carácter discursivo sobre cuestiones morales que la historia del embarazo adolescente-aborto-adopción ha provocado. Se nota que la película ha llegado al público, y parece que ha afectado a sus ideas porque más de uno se ha “lanzado” a dar su opinión sobre aspectos existenciales y no cinematográficos. Veo que a un lector le parece «neoconservadurismo progre» y «folletín antiabortista», mientras que otro la califica como atrevida por «decir las cosas claras y sin tapujos […], no como en su conservador país», y otro habla de que «tenía que quedarse con el bebé, ya que lo había tenido» ya se ve que hay distintas sensibilidades y percepciones. También hay quien lo tacha de «cuento americano» porque está lleno de improbabilidades… ¿pero no se trataba de un guión construido desde la ficción?

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Sin embargo, este último comentario no deja de tener su interés porque ciertamente estamos ante un producto típicamente americano. Y lo es por dos factores: en primer lugar, como ya decía en mi crítica, por el carácter pragmático de la protagonista a la hora de afrontar los problemas, siempre mirando hacia delante y buscando una solución, sin detenerse en especulaciones teóricas o grandes profundidades morales: aquí y ahora tenemos esto (un embarazo), se nos ofrecen estas posibilidades (aborto, adopción, quedarse con el niño), y elijo ésta que me parece la mejor (en este caso, adopción); en segundo lugar, porque se nota que Jason Reitman apuesta por la libertad como un absoluto, por la libre elección del individuo en sus concretas actuaciones, sin tener en cuenta ningún valor moral objetivo o previo: Juno podía haber hecho una u otra cosa, y para Reitman todo estaría bien, por lo que yo no veo al director como un antiabortista, sino como un liberal a ultranza.

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Idéntica postura adoptó antes en “Gracias por fumar”, alegato contra la manipulación de la verdad y de la vida de los acosados fumadores… por el poder político, periodístico o por otros “grupos de presión”; entonces, el habilidoso y maquiavélico Naylor decía ante la comisión presidida por el senador: «a mi hijo, cuando sea mayor de edad, si quiere fumar, yo le compraré su primera cajetilla [aunque sepa que le matará]». Por eso, ante este cruzado de la libertad, no creo que tenga mucho sentido esa cascada de comentarios morales —aunque están en su derecho, por supuesto, y se agradecen las opiniones— sobre comportamientos de Juno, padre, madre, amiga, amigo, madre adoptiva…, porque el tema de fondo es, simplificando, que ”no hay verdad por encima de mi libertad, y todo es válido aunque mate o me mate”. Eso sí, en lo que todos parecen estar de acuerdo es que “Juno” (también “Gracias por fumar”, en mi opinión) es una película entretenida, divertida, fresca, positiva, bien llevada y mejor interpretada…, algo que podemos festejar y algo que también es propio de ese joven país que está al norte de México y al sur de Canadá.

En las imágenes: Arriba, Ellen Page en “Juno” © 2007 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Abajo, Aaron Eckhart en “Gracias por fumar” © 2006 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Lunes 14 Abril 2008

Los norteamericanos han mostrado repetidamente su particular visión de la guerra de Irak, sobre todo con una mirada crítica hacia los responsables del conflicto, políticos o militares. Pero siempre lo han hecho desde su óptica y mentalidad, por lo que resulta muy interesante acercarse a la propuesta de un director iraquí como Mohamed Al-Daradji en “Ahlaam (Sueños)”, para recorrer las calles de Badgad en los años previos a la caída de Saddam Hussein. Se sirve de una historia real, acompañando a tres personajes que coincidieron en un psiquiátrico: una mujer que enloqueció cuando el día de su boda las milicias “secuestraron” a su futuro marido; un soldado que perdió el oído y también el juicio cuando atravesó la frontera con su amigo herido y fue declarado desertor; y un médico que se graduó entre los temores a ser denunciado porque su padre había sido comunista. Es el clima de intolerancia y miedo generado a partir de una guerra, que radicaliza posturas hasta el fanatismo y el terror, y cuyas principales víctimas acaban siendo los civiles más indefensos, las mujeres, los niños y… los locos.

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En algo más de hora y media vemos cómo una sociedad pacífica y llena de ilusiones, se trasforma en un microcosmos de locura —el manicomio actúa de metáfora perfecta, aunque también real y de escasos recursos— para terminar de manera trágica con un ataque postrero estadounidense que derrocaría al dictador. Las bombas caen y el caos se adueña de la ciudad: el pillaje y los desmanes se suceden, los pacientes del psiquiátrico salen del hospital y recorren las calles desiertas hasta perderse —si no lo estaban ya en su enajenación— entre la histeria colectiva, porque la locura está en ellos y también en esos milicianos que apuntan y disparan a todo lo que se mueve en una ciudad convertida en campo de exterminio. El panorama es desolador, y la cámara de Al-Daradji reparte sus minutos entre las tres historias que se entrecruzan en su trágico destino, y recoge con un estilo hiperrealista —como conviene para mostrar la crudeza y verdad de cualquier conflicto bélico— esa pérdida del juicio y de sensatez.

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La desesperación de la novia “viuda” recuerda en algunos planos a aquel niño entre las ruinas de los edificios berlineses que recogiera Roberto Rossellini en “Alemania, año cero”, en otra mirada hacia la deshumanización a que conduce cualquier guerra. La obsesión y enajenación del soldado dejan ver la bondad de cualquier ser humano, incluso de aquellos limitados en sus facultades. Y la solidaridad del médico alertan sobre lo peligroso de hacer juicios globales sobre un pueblo, cuando también hay algunos hombres buenos en medio de la barbarie. Una cruda pero necesaria metáfora sobre la guerra, vista desde el bando de quienes soñaban en un mundo de felicidad y paz, que vieron cómo su país se convertía en un infierno y que no tuvieron otra escapatoria que evadirse a otro mundo de sueños en su mente perturbada, para no ver la tragedia de otros locos que se dedicaban a matar.

En las imágenes: Fotogramas de “Ahlaam (Sueños)” - Copyright © 2005 Human Film e Iraq Al-Rafidain. Distribuida en España por Sagrera TV. Todos los derechos reservados.

Martes 25 Marzo 2008

Acaba de estrenarse recientemente “Horton”, película de animación destinada a un público eminentemente infantil. Es la enésima llamada a creer en lo que no se ve, a la confianza en el poder de la imaginación, al respeto de los aparentemente menos útiles, al apoyo de los marginados o de los más necesitados. Mensajes y valores formativos para un público que da sus primeros pasos, que debe ser educado en lo políticamente correcto y en lo solidariamente aceptado, en los buenos sentimientos y en las mejores intenciones. Estupendo y magnífico: los niños se merecen eso y mucho más, puesto que están en edad de crecer y hay que darles buenos alimentos. Pero, ¿qué pasa después? Está claro que no siempre han de tomar leche y papilla, y que prepararles para la vida exige darles alimentos sólidos y nutritivos…, no cerrarles los ojos ante la realidad que se encontrarán, pero ¿por qué el cine para adolescentes se convierte de pronto en un terreno abonado de superficialidad, con una comedia frívola y un cine de alienígenas terroríficos? ¿por qué ese cambio brusco conlleva un vaciamiento de “humanidad” en esas propuestas? Y en un segundo momento, ¿cómo puede derivar hacia la sordidez y los “contra-valores” como pautas más frecuentadas por un cine “adulto”, que rechaza cualquier atisbo de sentimiento y optimismo, que ve con menosprecio cualquier planteamiento moral en sus personajes? ¿Cuándo se desquicia el cine, y por qué esta esquizofrenia?

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Ciertamente el planteamiento de “Horton” es sencillo y esquemático, dulce e ingenuo, pero sus ideas de respeto a la vida, de crítica a una “clase política”, de rechazo al materialismo y al enfoque pragmático… bien podrían presentarse metafórica y artísticamente para un público maduro… (de hecho, algunas películas de animación admiten una segunda y enjundiosa lectura… y ya es hora de que dejen de ser consideradas “para niños”). Pero volviendo al quid de la cuestión, parece claro que en algún momento la industria decide abandonar su función “educativa”, para asumir únicamente la de “negocio” y dar al espectador lo que éste pide: sensaciones fuertes en forma de violencia o sexo, alguna experiencia “extrasensorial” que le conecte con el más allá, o una ventana por la que veamos lo mal que está un mundo corrupto que funciona entre deslealtades y ambiciones maquiavélicas. Desde luego, así no arreglaremos esta sociedad que algunos tachan de podrida y que dejan en manos de una canguro cizañera y escéptica. Definitivamente, el cine necesita más individuos como Horton, más familias increíbles que se muevan en un mundo de fantasía como el de Villaquién, y a la vez en otro tan real y verdadero como el nuestro.

En la imagen: Fotograma de “Horton” - Copyright © 2008 20th Century Fox y Blue Sky Studios. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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Viernes 11 Enero 2008

Aunque sea un tema recurrente en el cine por el filón dramático que supone, no deja de resultar curioso en estos últimos años la insistencia en llevar a la pantalla el tema del padre ausente. Esta semana hemos tenido dos nuevas muestras de este interés, y no descartamos que, también en esto, el cine sea reflejo de una sociedad desestructurada, necesitada de referencias en su desorientación. Nos referimos a “Tehilim” del francés Raphaël Nadjari, y a “This is England” del británico Shane Meadows, la primera ambientada en Tel-Aviv y la segunda en Nottingham. Este botón de muestra variopinta, sin necesidad de abundar en otras cintas recientes, sirve para reflejar lo universal de esta preocupación y la manera en que el celuloide se acerca a la necesidad del individuo por saber quién es, de quién procede, así como de sentirse rodeado del afecto y protección lógicos. En “Tehilim” no se sabe si es la muerte, el secuestro o la huida de un padre normal de una familia cualquiera lo que desencadena la crisis familiar, y saca a relucir la disparidad de mentalidades en la comunidad judía contemporánea. En “This is England” es la guerra y quizá también el abandono del hogar por infidelidad —en el caso del skin Combo— el origen de un trauma no digerido que empuja a los protagonistas a la violencia y demás reacciones deshumanizadoras. En cualquier caso, Menachem, Shaun o Combo parecen lanzados al mundo de manera un tanto indefensa, con mejor o peor resultado, y desde luego con mucho sufrimiento en su camino a la madurez.

En el otro extremo está el amor posesivo o la hiperprotección de la madre, también abordado por el cine reciente de manera prolija. Ejemplo singular es la última ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián, “Mi hijo”, del francés Martial Fougeron. Aquí, los excesos afectivos de una madre interpretada por Nathalie Baye llegan hasta la asfixia y la violencia física, y en esta cinta también estamos ante una familia aparentemente normal. Miedo de la madre a perder a un hijo que crece y se enamora por primera vez, de un padre ausente —en esto coincide con los ejemplos anteriores, aunque aquí no se haya ido de casa— que no se atreve a acometer un problema por el temor a contrariar a su mujer y que se refugia en el trabajo, de un niño que siente pánico ante una madre autoritaria y de reacciones imprevisibles. Y siempre, falta de confianza y generosidad, de libertad respetuosa…. y de nuevo el cine que radiografía a una sociedad que se olvida de cuidar la familia, de considerar lo que cada uno aporta y de lo que se necesita en la convivencia. Un difícil equilibrio y unas lacras que acierta a detectar, aunque no siempre llegue a diagnosticar las causas de estos males, ni mucho menos se atreva —tampoco se lo pedimos, que no es su función— a sugerir algunas salidas a tan preocupante situación. Y cuando lo hace es de manera dulzona y nada realista, como en la también reciente “August Rush” de Kirsten Sheridan —meritoria y agradable, pero fantástica e inverosímil—, por otra parte la única de las mencionadas que sería propiamente típica de las recientes fechas navideñas en que se estrenó.

En la imagen: Nathalie Baye y Victor Sevaux en “Mi hijo” - Copyright © 2006 Moby Dick Films, Why Not Productions y France 2 Cinéma. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.