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Viernes 8 Agosto 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 08.08.08 a las 8:25
Archivado en: Productoras

UNA. Porque, en un momento en el que el temor al descalabro económico hace que los grandes estudios vayan sobre seguro, los chicos de Pixar aún son capaces de arriesgar con historias y formatos que no insultan a la inteligencia del espectador. DOS. Porque son plenamente conscientes de que, en el fondo de cada cinéfilo, habita un niño que quiere maravillarse como lo hacía cuando iba al cine en pantalón corto. Y eso se nota en los resultados. TRES. Porque son capaces de colarnos el mensaje más bondadoso y binenintencionado sin que sintamos que están poniendo en duda nuestra capacidad de discernimiento. CUATRO. Porque, aún así, entre sus cintas pueden rastrearse momentos verdaderamente oscuros, e incluso crueles; ni más ni menos, como la vida.

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CINCO. Porque, trece años después del aldabonazo de “Toy story”, aún son capaces de dejarnos con la boca abierta. SEIS. Porque su humor enlaza con los grandes clásicos del cine, y en ningún momento es fácil o chabacano. SIETE. Porque son humanos, como demuestra el que sean capaces de equivocarse (véase “Cars”). OCHO. Porque su capacidad de crear fábulas les hace continuadores de una tradición que bebe de lo mejor de la cultura de todos los tiempos. NUEVE. Porque consiguen que recuperemos la ilusión de esperar a que un estreno por fin llegue a nuestras pantallas. DIEZ. Porque nos regalan “WALL•E (Batallón de limpieza)” y nos recuerdan por qué amamos el cine, cuando tantos parecen empeñados en que reneguemos de uno de nuestros mayores placeres.

En la imagen: EVA y WALL·E, los protagonistas de “WALL·E (Batallón de limpieza)” - Copyright © 2008 Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios. Distribuida en España por Walt Disney Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

Jueves 19 Junio 2008

Por si alguien todavía no lo sabía, estamos en plena Eurocopa de fútbol. Las respectivas selecciones disputan sus encuentros y las aficiones hacen rugir sus gargantas. Todos aspiran a marcar más goles que el rival y a mejorar una imagen que, a la larga, les reporte beneficios económicos. Porque, en el fútbol como en el cine, la imagen y los ingresos son parte fundamental para mantenerse vivos. Y sin embargo, más allá de esta semejanza, el matrimonio cine-fútbol nunca se ha llevado muy bien, y el campo de juego apenas ha sido un territorio explorado con éxito por la cámara. Al margen de la mítica “Evasión o victoria” de John Huston, el cine estrenado en estos últimos años nos ha dejado una película como “Quiero ser como Beckham”, que se servía del balompié como excusa para trenzar una historia de amor y tolerancia, mientras que “Offside (Fuera de juego)” lo era para reflejar la discriminación de la mujer en el fundamentalismo islámico, o “La gran final” para recoger un mundo globalizado por la televisión y la pasión futbolística. Recientemente, el Festival de Cannes ha acogido un documental de Emir Kusturica sobre “Maradona”, figura que ya había sido mitificada en “El camino de San Diego”.

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Hay más películas que se han acercado al fútbol intentando aprovecharse de su popularidad para “hacer el agosto”. Sin embargo, rara vez lo han conseguido y cuando se ha producido cierta química, ésta provenía más de las historias personales de sus protagonistas que del favor del balón. ¿Por qué este rechazo sistemático? Para empezar, resulta evidente la dificultad para conseguir la naturalidad necesaria a partir de unos actores que no son futbolistas y que deben lidiar con el esférico; además, su carácter colectivo exigiría una cinta coral, y si el director consiguiera formar un bloque compacto y equilibrado, seguro que más de un equipo de fútbol lo ficharía a continuación, y hasta él ganaría más dinero que en el cine. También cabe la posibilidad de incorporar futbolistas al reparto (más de una vez se ha hecho: Ardiles, Pelé, Cantoná…), pero entonces lo que sufriría no sería la puesta en escena sino la propia historia, expuesta a perder el dramatismo que la interpretación aporta; por otra parte, estamos ante un deporte que, en principio, carece del valor metafórico de pelea y superación personal del que goza el boxeo —que sí tiene un amplio repertorio de buenas películas—, o al menos queda diluido entre su larga plantilla. … sigue >>

Miércoles 4 Junio 2008

Dieciséis años separan las dos trilogías de Star Wars, los que median entre “Star Wars. Episodio VI: El retorno del jedi” (1983) y “Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma” (1999). Y curiosamente es un período de tiempo muy parecido, diecinueve, el que separa a “Indiana Jones y la última cruzada” (1989) de la recién estrenada “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”. Aparentemente, podría pensarse que con la nueva entrega del arqueólogo, George Lucas ha querido repetir una jugada que la primera vez ya le funcionó a las mil maravillas: frente a la tradicional costumbre hollywoodiense de exprimir rápidamente las series para sacar de ellas hasta la última gota de rentabilidad, el director de “American Graffiti” habría preferido dejar en barbecho un tiempo más que razonable al personaje para, llegado el momento, retornar bajo las fanfarrias de lo mítico y presentarse con todos los honores ante una nueva generación. Y si esa mezcla de nostalgia y retorno obró maravillas con la saga galáctica, ¿por qué no iba a hacerlo con la inaugurada con “En busca del arca perdida”?

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Hay diferencias, sin embargo, entre uno y otro caso. La más evidente, que la marca “Star Wars” ha logrado convertirse exactamente en eso, un contenedor que admite bajo su cobertura productos de todos los formatos, y en los que ni siquiera son necesarios determinados rostros con los que el público pueda identificarse, hasta el punto de que ninguno de los protagonistas de la trilogía original fueron necesarios en la siguiente (todo ello, claro está, con la estupenda coartada de tratarse, en el caso de las últimas películas, de una historia anterior en el tiempo a la narrada en las primeras). Algo, desde luego, mucho más peliagudo en el caso de Indiana Jones, pues resulta imposible imaginarle con otro rostro que no sea el de Harrison Ford. De hecho, una opción como la de James Bond, a quien han ido encarnando sucesivos actores, parece poco viable (aunque imagino que lo mismo se debió de decir en su momento sobre Sean Connery). Así que la duda es: ¿ofrece suficiente garantía la elección de Shia LaBeouf como seguro para la continuidad de la serie? El tiempo lo dirá. De hecho, si no hubiese sido por la fatalidad, quizá a estas alturas ya habríamos visto alguna entrega de Indy con los rasgos de un River Phoenix que ahora mismo tendría 38 años.

En la imagen: Harrison Ford en las dos sagas de Lucas, como Han Solo en “Star Wars. Episodio VI: El retorno del jedi” © 1983 Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados. Y como Indiana Jones en “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” © 2008 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Lunes 19 Mayo 2008

El Festival de Cannes es ahora mismo punto de atracción total del mundo del cine: gran parte de los que cuentan han pasado, pasan o pasarán estos días por allí, y, como conclusión lógica, todos los medios que nos dedicamos a informar sobre esta curiosa mezcla de arte e industria nos hacemos eco casi inmediato de cada suspiro que emane de los labios de esos seres que a veces parecen existir en un estado intermedio entre la mortalidad y la inmortalidad más absolutas. Y claro, así no es de extrañar que sucedan cosas que, lamentablemente, terminan siendo el pan nuestro de cada día, y que se están convirtiendo en una peligrosa costumbre que acabará contagiándose a figuras y cintas no tan presuntamente merecedoras de ello. Por ejemplo, no deja de ser pintoresco que el encuentro de Woody Allen (que sí que forma parte del Olimpo, al menos en Europa) con la prensa para presentar su última película, “Vicky Cristina Barcelona”, se celebrara… sin que los periodistas hubieran tenido oportunidad previa de verla. ¿Antiperiodístico? Sí, pero también real como la vida misma: y ni siquiera es la primera (ni será la última) vez que algo así ocurre.

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Como consecuencia, un puñado de nombres está sirviendo como licencia para que el circuito cine-información-crítica cada vez se enrarezca más, hasta el punto de que las entrevistas se convierten en simulacros de entrevistas (¿de verdad puede salir una pregunta interesante cuando el encuentro se reduce a un pool de cuatro o cinco medios con tres o cinco minutos para repartir entre todos?), y los fenómenos cinematográficos se construyen desde la virtualidad… Hasta ahora, los estudios lo hacen porque, no nos engañemos, la producción cinematográfica supone una importantísima inyección publicitaria para los medios, y eso les legitima para imponer sus reglas. Pero ojo, que ahí están otras áreas, como las de los videojuegos, cuya sombra comienza a amenazar la hegemonía en el mundo del entretenimiento de esa galaxia encabezada por Hollywood… y sin gastarse tanto, ni mucho menos, en publicidad. Quizá, para cuando quieran recuperar la complicidad de los medios, ya sea tarde.

En la imagen: Woody Allen da instrucciones a Penélope Cruz y Javier Bardem durante el rodaje de “Vicky Cristina Barcelona” - Copyright © 2008 Gravier Productions, Mediapro y Antena 3 Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Viernes 16 Mayo 2008

La incorporación de la tecnología digital al cine ha provocado en algunos cierto recelo, cuando no rechazo por considerar que se pierde lo más plástico y real de la imagen. Otros la han acogido con entusiasmo y pasión, recordando también la polémica y resistencia con que la industria recibió en su momento el sonoro, y hablando de una nueva revolución cinematográfica. Los más prudentes hablan de su carácter instrumental, con lo que no debería ser más que una técnica al servicio de una historia y del resto de elementos visuales y sonoros, y por tanto sólo válida para algunos casos o momentos. Recientemente, entre los estrenos más comerciales tenemos dos ejemplos de eminente diseño infográfico: “Iron Man” y “Speed Racer”, ambas con toque futurista en lo estético, y aventura en su trama. En ambos casos parece justificado el recurso a este mundo de imágenes escaneadas, y también dan buena cuenta de la perfección que ha alcanzado la posproducción digital.

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Sin embargo, hay que tener cuidado porque los excesos producen empacho y una mala digestión, y en algo de eso hay en los dos films citados, sobre todo en “Speed Racer”. El despliegue de colores saturados por ordenador y las líneas de fuga que se multiplican indefinidamente es tan abrumador, que uno se siente —como dice uno de sus personajes al visitar las instalaciones de Royalton— «más intimidado que impresionado», en una saturación que llega a su máximo en la última y decisiva carrera… “el no va más” de la competición por ordenador. Tanto color saturado, tanta pirueta al volante, tanto espíritu de superación y trepidación… que los personajes quedan enterrados, aplanados en una historia simplona. Quizá al cine del siglo XXI le baste con esa apabullante plástica visual y con una abundante palabrería incomprensible por sus tecnicismos surreales, quizá no siempre sea necesaria una honda historia de personajes con diálogos inteligentes…, pero qué bueno sería que las ramas permitieran ver el bosque, que las posibilidades informáticas no cegaran la realidad del hombre (esencia del cine, no lo olvidemos).

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Para que el lector no crea que quien esto escribe está en contra de lo digital, diré que la sensación de dinamismo que genera el montaje potencia enormemente el carácter cinemático del cine, que permite jugar con el tiempo y traer imágenes del pasado o de la imaginación al instante presente y dar un impresionante dinamismo a la historia, que las líneas de dibujo con que se trazan los recorridos de los coches o el vuelo del “hombre de hierro” provocan una trepidación a quien está plácidamente sentado en su butaca que continúa a la salida del cine, que el colorismo de los decorados se inserta en la corriente más audaz de la modernidad pictórica, que algunas de sus propuestas formales conectan con los movimientos vanguardistas más experimentales (que tanto recuerdan a los de los años veinte: Eggeling, Léger, Clair, Duchamp, Dulac, Vigo…). Con todo, parece que la tecnología y diseño digital podrían contribuir decisivamente a esa búsqueda del cine de un lenguaje propio, además de suponer un espectáculo divertido y entretenido. Sólo queda que no haya atracón de píxeles, y que sepan integrar esa maravilla que la informática nos ha traído en un todo equilibrado.

En las imágenes: Arriba, “Speed Racer” © 2008 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. Abajo, “Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Martes 6 Mayo 2008

Hace unos días hacíamos mención del escaso favor que el tráiler hace a la esperadísima última película de Sidney Lumet, “Antes que el Diablo sepa que has muerto”, desvelando detalles importantes de la trama que anulan la capacidad de sorpresa del espectador. Pues bien, no ha pasado tiempo suficiente para que se nos pase el disgusto, y ya tenemos un nuevo ejemplo, aunque en este caso no de una cinta de tan altas expectativas cinéfilas… pero bueno, sea cual sea la exigencia con la que se va al cine, nadie merece que le revienten el argumento de una película, ¿no?

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La cinta en cuestión es la nueva de Frank Darabont, “La niebla” (no confundir con el clásico glorioso de John Carpenter), la enésima adaptación de un texto de Stephen King, pero que parece tener, al menos en principio, algo más de empaque que la media de las últimas incursiones en el un tanto decaído universo del autor de Maine. Por lo que hemos podido ver en el tráiler, la historia va de pueblo tranquilo y costero que, de repente, se ve invadido por una misteriosa nube que lo cubre todo y obliga a los habitantes a refugiarse en un centro comercial… sin que nadie sepa qué es exactamente esa niebla ni de dónde viene. Suficiente para plantear una historia inquietante, ¿no? Pues para los que hicieron el tráiler, al parecer, no: a lo largo de su (para mí) eterna duración, veremos la explicación de lo que ocurre, la naturaleza de la amenaza… O al menos, lo suficiente como para que uno se ponga a mascullar y revolverse en el asiento. Aunque todo es susceptible de empeorar: encima, se trataba del aperitivo de esa joya que es “88 minutos”. ¡Anda, que menudo programa! ¿Por qué no me daría ese día un horroroso dolor de muelas que me hubiese obligado a quedarme en casa? Creo que habría salido ganando…

En la imagen: Escena de “La niebla” - Copyright © 2007 Dimension Films y Darwoods Productions. Distribuida en España por Notro Films. Todos los derechos reservados.

Lunes 5 Mayo 2008

Hubiera deseado no tener que escribir este artículo, pero la realidad se impone y el deber de no mirar hacia otro lado obliga. ¿Por qué el cine español no sale de la mediocridad? Ya hemos puesto de relieve la gran categoría de muchos de nuestros profesionales del cine en lo que a música, fotografía y otros aspectos artísticos se refiere. Y también la costumbre de algunos jóvenes directores de claudicar ante la taquilla con productos “made in USA”, o la resistencia a potenciar un cine genuinamente autóctono o cultural. El reciente estreno de “Cobardes” nos permite ahora denunciar algunos de los males de nuestro cine, sin que ello se convierta en un “bullying” a nuestros compañeros del cine. Aparte del laudatorio intento por acercarse a la realidad social de la calle, por evidenciar los problemas de incomunicación familiar o de falta de autoridad paterna y educativa —en realidad, los adolescentes sólo pagan los platos rotos por sus mayores—, ¿qué grietas deja ver la película de José Corbacho y Juan Cruz?, ¿dónde falla una y otra vez el cine español?, ¿por qué esa crisis y esa indiferencia que provoca en el espectador? Intentaremos a continuación identificar la cuestión a partir de esa película.

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Ante todo, pienso que el problema principal está en la falta de buenos guiones. Los personajes se construyen muchas veces sin fuerza ni verosimilitud, las tramas avanzan sin el ritmo adecuado a la historia de que se trate, y la puesta en escena resulta a menudo poco natural. En el caso concreto, a “Cobardes” le pierde el artificio de una historia que no sabe conformarse con el tema central y tratarlo con profundidad y atendiendo a los matices, que se llena de grandes pretensiones de denuncia (sobra lo del italiano corrupto, por ejemplo) y que se pliega ante los tópicos ideológicos de siempre (está de más la caricatura del prepotente concejal conservador). Sus personajes pasan a ser estereotipos sin vida propia, también por una deficiente dirección de actores, algo bastante general en nuestro cine y que sería el segundo handicap: ni los chavales ni los adultos se libran de los clichés televisivos, y sus miradas carecen de fuerza interior hasta parecer marionetas en manos del guionista.

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Hablando de las interpretaciones, no sé si tenemos o no buenos actores —hay películas en las que algunos demuestran no ser malos, sin ser excepcionales—, pero qué bueno sería que un buen grupo de ellos recibieran unas clases de dicción que les reportase autenticidad, frescura, espontaneidad. Y con eso estamos ante la tercera asignatura pendiente en el territorio nacional. Con todo, lo que sí parece es que unos y otros —directores, guionistas y actores— miran a la taquilla o a sí mismos con lamento y autocomplacencia, que se esfuerzan en tocar muchos palos sin profundizar en ninguno, y también en dar al público lo que pida (como las series de televisión). Por eso, tendrían que hacer caso a Corbacho y Cruz, y no ser cobardes —sin ánimo de ofender—para reconocer la mediocridad existente —“Cobardes” llega como una de las triunfadoras del pasado Festival de Málaga, y ciertamente está por encima de la media—. Así las cosas, sólo queda demostrar más profesionalidad al escribir guiones, al dirigir a los actores, al dar vida (auténtica) a los personajes, y entonces… otro gallo nos cantará.

En las imágenes: Distintos momentos del rodaje de “Cobardes” - Copyright © 2008 Filmax Entertainment, Castelao Productions, Antena 3 Films y Hospiwood. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

Viernes 2 Mayo 2008

¿Habrá hecho Sidney Lumet algo inconfesable para merecer semejante castigo? O mejor dicho, ¿se lo habrá hecho a España? O más concretamente, ¿a la distribuidora que le ha tocado en suerte? (por decirlo de algún modo). Porque lo cierto es que lo de “Antes que el Diablo sepa que has muerto” es de traca: al parecer, nada importa que los ecos que nos llegan, desde aquellos lugares donde sí que han tenido la oportunidad de verla, no puedan ser más elogiosos, lo que ha hecho que los cinéfilos alberguemos la razonable esperanza de encontrarnos ante una de esas cintas que justifican y nos compensan por tantas horas desperdiciadas en mal cine. No señor, eso a la distribuidora parece traerle sin cuidado, porque llevamos ya varios anuncios fantasma de estreno (con un cambio de título por medio), incluyendo alguno que se cayó de la cartelera casi el día anterior en que debía llegar.

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Ahora se dan otras fechas, pero francamente ya no me creo nada, y no pienso publicitar ninguna hasta que no vea la película con mis propios ojos en una sesión comercial de un cine real. Pero no contentos con eso, este pasado fin de semana he visto el tráiler que la anuncia… y bien, al respecto sólo puedo decirles una cosa: si ven que comienza y de verdad tienen deseos de disfrutar algún día de la película, tápense los ojos y los oídos (ya, ya, es difícil, pero no duden en recurrir a su partenaire en caso necesario, si es que van acompañados), porque lo que el avance muestra de la trama es simplemente indignante, revelando algunas sorpresas del guión que, francamente, mejor se las hubieran ahorrado. Vale que el cine está en crisis por muchas y variadas razones, pero uno no puede entender cómo gente que arriesga su dinero en este negocio puede hacer las cosas tan rematadamente mal; si a ellos no les importa, ¿qué esperanza nos queda a los demás?

En la imagen: Sidney Lumet (izquierda) junto a Albert Finney durante el rodaje de ”Antes que el Diablo sepa que has muerto” - Copyright © 2007 Funky Buddha Group, Capitol Films, Unity Productions y Linsefilm. Distribuida en España por A.Zeta Cinema. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Abril 2008

El cine indie siempre ha sido, o al menos así parece que lo hemos querido ver desde esta orilla del Atlántico, lo que los norteamericanos hacían cuando se ponían a rodar como si fueran franceses. Bueno, más o menos. Pero, últimamente, incluso esta división de plata del gran conglomerado industrial cinematográfico-estadounidense parece vivir momentos difíciles. Cuando por las calles de Sundance se mezclan los supervivientes de Seattle con gente como Paris Hilton, es que algo pasa. Y cuando los grandes estudios crean sus divisiones para hacer películas de bajo presupuesto (eso sí, muy arties, que no es lo mismo ser cutre en plan serie B que creativo a lo John Cassavetes), con sus logos calculadamente desmañados, nos reafirmamos en la pregunta: ¿qué le pasa al cine independiente?

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Es más, ¿por qué la versatilidad de fórmulas que antes existía para presentar una mirada alternativa a la del grueso de la producción más comercial parece haberse reducido en los últimos tiempos a un esquema mil y una veces repetido? Es decir, el del friqui inserto en un contexto más o menos tradicional, a ser posible nevado y aislado (lo que parece devolver a la tal comunidad la condición de representativa del núcleo originario de lo que luego ha venido a llamarse Estados Unidos de América), y que por contraste acaba revelando la verdadera esencia de esos habitantes. El último ejemplo en llegarnos es “Lars y una chica de verdad”, pero hemos tenido últimamente nuestras buenas dosis con “Juno”, “Pequeña Miss Sunshine”, “Thumbsucker”, “Ghost world”, “La peligrosa vida de los Altar Boys”… Al final, uno se pregunta si la cosa no tendrá trampa: como nos demuestra la experiencia, llegado el caso los friquis pueden ser perfectamente absorbidos por el sistema y, por tanto, ver su potencial revulsivo desactivado. Y si no, que se lo pregunten a Tim Burton (que ya sé que nunca fue exactamente indie, pero friqui sí… al menos en una época).

En la imagen: Bianca y Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” - Copyright © 2007 Sidney Kimmel Entertainment y John Cameron/Sarah Aubrey Productions. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.