Vivimos en una sociedad que necesita renovarse continuamente, porque lo contrario supondría perder el tren del cambio, y con ello posibilidades de mejora o de nuevas experiencias. Es la era de la alta velocidad, de internet y del instante, donde lo de ayer suena a pretérito y lo de mañana (el dichoso seguro) se mira “por si acaso”… Cambios de móvil y de portátil, de canal de televisión y de trabajo, de pareja y hasta de identidad… es la permanente insatisfacción y la constante búsqueda del algo más… El asunto es cambiar para no caer en la rutina o el vacío, para mejorar el presente aunque no llegue a saborearse… porque no da tiempo a pararse y contemplar lo que ya se tiene, por dentro y por fuera… Se quiere vivir intensamente, aunque al final se acaben consumiendo minutos sin percatarse de ello ni disfrutarlos.

¿Por qué este rollo sociológico? Porque el cine vive de la misma realidad, porque la industria y el espectador sufren las mismas carencias y buscan los mismos resortes. Lo que se impone en la taquilla son los filmes de acción trepidante y sensaciones fuertes, de espectacular puesta en escena y sonido estruendoso, con muchos o muchísimos efectos especiales de factura digital, donde tener estrellas importa… pero cada vez menos, porque lo esencial es que conecten con ese público acostumbrado en la calle a ir corriendo a todas partes y cargándose de estrés, a mostrar un rostro de bonitas apariencias cara a la galería, a no pararse porque eso quizá obligase a pensar y así igual uno se deprime… El espectador al que mira la industria del blockbuster no quiere realidades cotidianas ni personajes ambiguos e inciertos (como los de la propia vida), huye de la contemplación y de la interrogación, del intimismo y del ritmo pausado, de la cuidada fotografía y planificación; sólo quiere evasión, aventura, acción, con sensaciones de fuerza, poder, triunfo, y si hay algo misterioso o enigmático, morboso o esotérico, sensual o sexual… pues mejor.

Es el cine del fin de semana, que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio: visto y no visto, y a otra cosa mariposa. Se busca “sentir el instante”, y mejor si es con sensaciones fuertes y rápidas, que nos lleguen ya condimentadas y donde no haya mucho que discurrir o intuir. Es preferible que la historia no deje ningún cabo suelto, que el malo requetemalo se lleve su merecido, que la chica mona acabe con el chico de moda, que la banda sonora envuelva y una orquesta nos lleve en volandas hacia un clímax emotivo, y que los personajes sean arquetipos con los que sea fácil identificarse (cualquier matiz o complejidad en la personalidad no haría sino restar público). Correr, golpear, gritar, sentir fácil e intensamente… y volver a correr, golpear, gritar… Pocas ideas e idénticos caminos para llegar a provocar los mismos efectos en el dócil espectador que, en la butaca como en la vida, camina a merced de las circunstancias y de lo que otros deciden por él. Parece que va a tener razón Víctor Erice al distinguir entre “cine” y “producto de entretenimiento audiovisual”, y entonces todos nos entenderemos.
En las imágenes: Arriba, “Una noche para morir” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, “Sentencia de muerte” © 2007 TriPictures. Todos los derechos reservados.