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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Jueves 5 Junio 2008

Estos días, a raíz de la muerte de Sydney Pollack, hemos vuelto a oír la melodía de una de sus cintas más famosas, “Memorias de África”, y a ver imágenes llenas de la luz de aquel continente (luz que se ha convertido en referencia para todos los directores de fotografía, como recordaba Javier Aguirresarobe en un artículo en el diario Público) con los rostros desde entonces icónicos de Robert Redford y Meryl Streep. Y los comentarios, claro, seguían los cauces habituales: “obra maestra”, “joya inolvidable”, etc., etc.

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Pues bien, uno no puede evitar sentirse un poco extraño cuando oye y lee estas cosas, porque lo cierto es que “Memorias de África” me ha parecido desde siempre un bluf, uno de los mayores pestiños de la historia del cine; y más aún si se tiene en cuenta el maravilloso original literario de Isak Dinesen, infinitamente más rico, complejo y sugerente que la larguísima postal que nos despachó Pollack. Y lo malo es que su influencia no se quedó ahí, sino que inauguró una larga cadena que nos trajo, entre otras, el ladrillo de “El paciente inglés” de su discípulo aventajado, Anthony Minghella; “El cielo protector” de Bernardo Bertolucci, sólo memorable por la extraordinaria banda sonora de Ryuichi Sakamoto; y, últimamente, la “Seda” de François Girard. Francamente, tanto empacho formalista me parece tan cargante como las explosiones del señor Michael Bay. Y es que en esto, como en todo, los extremos también se tocan.

En la imagen: Fotograma de “”Memorias de África” - Copyright © 1985 Mirage Entertainment y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 24 Mayo 2008

Continuando con el interesantísimo tema que ha planteado mi compañero Julio (el de la irrupción cual elefante en cacharrería de la apisonadora digital en gran parte del cine de entetenimiento actual), me ha llamado muchísimo la atención leer la cantidad de veces que, como una letanía, han repetido los padres de la nueva entrega de Indiana Jones, George Lucas y Steven Spielberg (reconozcámoslo, Harrison Ford en entrevistas suele ser bastante soso y decir más bien pocas cosas interesantes), haciendo profesión de su nostalgia por las técnicas tradicionales de efectos especiales, y su preocupación por el peligro cierto de que el abuso de las nuevas técnicas acabe sofocando lo único que verdaderamente importa: la historia.

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Todo muy correcto y jaleable… salvo por un par de pequeños detalles: si alguien abrió las puertas al campo fue el propio Spielberg (recordemos la conmoción que todos sentimos cuando se estrenó “Jurassic Park: Parque Jurásico” y acudimos a las salas bajo el aviso, digno de barraca de feria de las de antes, de que por primera vez íbamos a ver a dinosaurios realmente vivos), que si bien no fue el primero, sí que consiguió convertir en fenómeno lo que hasta entonces eran tímidos avances (con el permiso del James Cameron de “Terminator 2: el juicio final”, eso sí). Y si de asfixia de la historia por hipertrofia digital hablamos… ¿es que Lucas ha tenido un repentino ataque de amnesia y se ha olvidado de lo que perpetró en su segunda (se ponga como se ponga) trilogía galáctica? Uno, desde luego, es el primero que se sube al carro de esa reivindicación de lo tradicional… pero, no sé por qué, tiendo a creérmelo más cuando se lo escucho o se lo leo a alguien como Michel Gondry. ¿Por qué será?

En la imagen: Pura nostalgia “animatrónica” en una escena de “E.T. El extraterrestre” - Copyright © 1982 Universal Pictures. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Mayo 2008

Con el curioso título de “El baño del Papa”, el cine uruguayo nos acerca a la realidad más dura de quienes no tienen nada en la vida, salvo ilusiones. Son los habitantes de Melo, un pueblecito paupérrimo en el que sus habitantes sueñan con el beneficio que pueden obtener con la visita del Papa Juan Pablo II: ante la avalancha de peregrinos que se espera, unos se organizan para la venta ambulante de bocadillos o de medallas de la Virgen, mientras que Beto se empeña en montar un baño con water en el lugar del encuentro. Lo que alienta —que no alimenta— al cabeza de familia es la ilusión de comprar una moto con la que pasar sin dificultad la aduana en su trabajo de contrabando, a la sacrificada Carmen es la necesidad de pagar las deudas de la luz o de comprar una plancha, y a la joven Silvia el sueño de comprar una radio y llegar a ser locutora.

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Desde Uruguay se vuelve a la estética neorrealista para mirar la pobreza encarnada en una familia que lucha cada día por la supervivencia, para tratarla desde un humanismo que va de la simpatía y buen humor con que narra la construcción del baño, a la profunda pena que trasmiten unos rostros desencantados en su lucha diaria, o al dramatismo en la escena de la cantina. En las imágenes hay resonancias de aquella otra bicicleta de Vittorio de Sica daba y quitaba al buen padre en su trabajo, o de aquellos inocentes y entrañables sueños que surcaban los cielos de Milán como si de un milagro se tratara. La historia también recuerda a otra célebre visita (en este caso de Mister Marshall) que se esperaba como agua de mayo en un pueblo que por un día se creyó el centro del mundo, y aquella ilusión convertida en obsesión futbolística por un pobre y moderno Ulises camino de San Diego.

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En unos y otros, llama la atención la elegancia y humanidad con que el cine concede y reproduce los sueños de los más pobres, el modo de tratarlos con la necesaria crudeza y realismo sin caer en lo morboso, de resaltar su dignidad y descubrir los otros tesoros que esconden en su corazón o en su imaginación. Sin duda, detrás de las imágenes late una crítica hacia las injusticias de nuestro mundo que les niega el pan de cada día, pero también se vislumbra la clarividencia de dónde se encuentra realmente la felicidad y de la importancia de los sueños para alcanzarla. Y esa mezcla es lo que algunos han llegado a llamar “realismo mágico”, en este caso muy pegado al terreno físico y a la verdad de lo que pudo haber sucedido si el azar lo hubiese propiciado.

En las imágenes: Escenas de “El baño del Papa” - Copyright © 2007 Bavaria Film International, Laroux Cine, 02 Filmes y Chaya Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Lunes 12 Mayo 2008

Cuando “La joven del agua” fue tan inmensamente masacrada por crítica y público (a mi juicio injustamente porque, a pesar de los grandes fallos que posee, creo que aun así contiene más cine que todos los éxitos comerciales de aquel año 2006 juntos), sinceramente creí que la carrera de M. Night Shyamalan había llegado a su fin. Después de todo, ¿quién se iba a arriesgar a poner un solo céntimo más para producirle una película? Estaba claro que el fenómeno recaudatorio de “El sexto sentido” no se iba a repetir ya más (en otra ocasión hablaremos de la maldición a largo plazo en la que parece haberse convertido ese macroéxito inicial), y para colmo ni siquiera parecía que en Europa fuera a tener este director una acogida como la que se le dispensa a Woody Allen: demasiado raro para el estándar americano, y demasiado americano para nuestros exquisitos baremos. Mala cosa.

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Sorprendentemente, ha conseguido liar a la gente suficiente para poder poner en pie su nueva entrega, “El incidente”, cuyo último tráiler (por una vez, respetuoso con el argumento, y no como sucediera con el horroroso anuncio que le perpetraron para su cinta anterior, lo que considero que tuvo mucha culpa en el rechazo por parte del público) ya ha desembarcado en nuestras pantallas. Estoy convencido de que, cuando por fin la vea, volveré a lamentar los agujeros de su guión (sólo tiene uno perfecto, el de su única obra maestra, “El protegido”), y sólo espero que no nos “regale” otra lamentable incursión como actor. Pero también estoy convencido de que habré arañado instantes de glorioso buen cine, porque hoy por hoy Shyamalan es de los directores que mejor ruedan no ya en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Y para quien lo dude, ahí está el deslumbrante y maravilloso espectáculo visual de “El bosque”, infinitamente por encima de su fallido libreto.

En la imagen: Zooey Deschanel y Mark Wahlberg en “El incidente” - Copyright © 2008 20th Century Fox, UTV Motion Pictures, Spyglass Entertainment y Blinding Edge Pictures. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

Lunes 28 Abril 2008

El cine indie siempre ha sido, o al menos así parece que lo hemos querido ver desde esta orilla del Atlántico, lo que los norteamericanos hacían cuando se ponían a rodar como si fueran franceses. Bueno, más o menos. Pero, últimamente, incluso esta división de plata del gran conglomerado industrial cinematográfico-estadounidense parece vivir momentos difíciles. Cuando por las calles de Sundance se mezclan los supervivientes de Seattle con gente como Paris Hilton, es que algo pasa. Y cuando los grandes estudios crean sus divisiones para hacer películas de bajo presupuesto (eso sí, muy arties, que no es lo mismo ser cutre en plan serie B que creativo a lo John Cassavetes), con sus logos calculadamente desmañados, nos reafirmamos en la pregunta: ¿qué le pasa al cine independiente?

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Es más, ¿por qué la versatilidad de fórmulas que antes existía para presentar una mirada alternativa a la del grueso de la producción más comercial parece haberse reducido en los últimos tiempos a un esquema mil y una veces repetido? Es decir, el del friqui inserto en un contexto más o menos tradicional, a ser posible nevado y aislado (lo que parece devolver a la tal comunidad la condición de representativa del núcleo originario de lo que luego ha venido a llamarse Estados Unidos de América), y que por contraste acaba revelando la verdadera esencia de esos habitantes. El último ejemplo en llegarnos es “Lars y una chica de verdad”, pero hemos tenido últimamente nuestras buenas dosis con “Juno”, “Pequeña Miss Sunshine”, “Thumbsucker”, “Ghost world”, “La peligrosa vida de los Altar Boys”… Al final, uno se pregunta si la cosa no tendrá trampa: como nos demuestra la experiencia, llegado el caso los friquis pueden ser perfectamente absorbidos por el sistema y, por tanto, ver su potencial revulsivo desactivado. Y si no, que se lo pregunten a Tim Burton (que ya sé que nunca fue exactamente indie, pero friqui sí… al menos en una época).

En la imagen: Bianca y Ryan Gosling en “Lars y una chica de verdad” - Copyright © 2007 Sidney Kimmel Entertainment y John Cameron/Sarah Aubrey Productions. Distribuida en España por Versus Entertainment. Todos los derechos reservados.

Viernes 18 Abril 2008

Esto de la crítica de cine, ya se sabe, tiene su aquél. Más que nada, porque es todo menos científica; o dicho de otro modo, si los científicos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar cuál es la altura exacta del Everest (algo que, aparentemente, escapa a toda opinión y debería consistir en una fría, rigurosa e inapelable medición con algún aséptico aparato), parece más peliagudo intentar elevar a más categoría que la que verdaderamente tiene la opinión que a uno le merece tal o cual película. De hecho, si algo me gusta de este divertido ejercicio es lo que tiene de elemento deslizable, emocionante e intuitivo.

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Esta reflexión previa viene a cuento de un fenómeno que no es nuevo, pero que últimamente, dado el capricho de las fechas de estreno, se ha condensado en unas pocas semanas: la llegada de los remakes de los éxitos orientales de terror (“Llamada perdida”, “The eye (Visiones)”, “Retratos del más allá”…), en lo que supone casi una fotocopia del modelo original, sólo que con actores y lenguaje anglosajones. Algo que casi todos hemos criticado, con la coletilla de considerarlo innecesario, mercantilista, etc., etc. Ahora bien, ante el próximo estreno de la nueva versión de “Funny games”, que su director original Michael Haneke ha rodado en América con el mismo guión, idénticos decorados (reconstruyen al milímetro los originales) pero, eso sí, actores angloparlantes, todos levantamos el meñique y aguardamos expectantes para ver los resultados de este “experimento cinematográfico de traducción semiótica de una creación artística”, o algo así. ¿En qué quedamos? (suerte tiene Haneke de no llamarse Gus y no apellidarse Van Sant, que a éste le fue bastante peor).

En la imagen: Fragmento del cartel norteamericano de “Funny games” - Copyright © 2007 Halcyon Pictures, Tartan Films, Celluloid Dreams, X Filme International, Lucky Red, Belladonna y Kinematograf. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 15 Abril 2008

Uno de los temas recurrentes en todas las discusiones de los cinéfilos cuando nos ponemos estupendos (o friquis, depende de quien lo diga), es el de si Michel Gondry es mejor o peor director desde que no cuenta con la asistencia del ensalzado guionista Charlie Kaufman sustentando sus largometrajes. Pues bien, uno, que de entrada ha de confesar que es un profundo admirador de la poderosísima capacidad visual del francés, sólo puede responder que no. Es cierto que “¡Olvídate de mí!” sigue siendo la cúspide de su filmografía, y que muy posiblemente un proyecto tan arriesgado como éste nunca hubiera llegado a buen puerto sin la asistencia de Kaufman, pero eso no quiere decir ni mucho menos que Gondry tenga que verse condenado a recurrir siempre a él.

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De hecho, la separación, sea por el motivo que sea, entre los dos talentos, ha permitido al director de “Rebobine, por favor” adentrarse en un mundo propio al que me temo es ajeno el guionista. Demasiada gente suele meter en un mismo saco a toda esta generación de cineastas (a los que habría que añadir los Spike Jonze, Wes Anderson y compañía) marcada por una cierta disposición a explorar nuevos caminos, incluso acercándose peligrosamente a la impostura cultureta. Pero es injusto: sólo por retornar al tema de este post, allí donde Kaufman levanta construcciones marcadas por un barniz mucho más intelectual, Gondry deja respirar la intuición, el juego, la celebración, un profundo amor por el cine y sus resortes que lo acerca más al tren eléctrico del que hablaba Orson Welles que a las exploraciones sobre la consistencia de la realidad latentes en los guiones del autor del de “Cómo ser John Malkovich”. Y a Dios pongo por testigo, cual Escarlata, de que este Gondry reconvertido en una especie de Méliès del siglo XXI nos hace mucha falta a todos.

En la imagen: Mia Farrow maquillando a Mos Def en “Rebobine, por favor” - Copyright © 2008 Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Martes 29 Enero 2008

UNA. Porque cada uno de los planos que componen esta película es una lección de saber colocar la cámara, de iluminación, de composición. DOS. Porque, para desilusión de quienes esperaban un “Seven 2”, David Fincher construye un relato sobrio y más inquietante pues viene a decirnos que, en realidad, el mal habita entre nosotros, y su rostro es tan común y corriente como el nuestro. TRES. Porque alberga una reflexión bien potente sobre cómo los medios de comunicación pueden acabar dependiendo de un asesino en serie tanto como él de ellos. CUATRO. Porque la reconstrucción del San Francisco de los años setenta es de las que quitan el aliento… y para colmo, parece que lo hace sin esfuerzo. CINCO. Porque los intérpretes están que se salen, del primero al último (bueno, quizás Robert Downey Jr. un poco pasado, es verdad).

SEIS. Porque nos muestra los intrincados mecanismos de la obsesión, empezando por el protagonista, interpretado por Jake Gyllenhaal, que acaba hipotecando toda su vida por algo que sólo a posteriori, y de manera imprevista, acabará dándole beneficios (¡y menudos beneficios!). SIETE. Porque las secuencias de los crímenes de Zodiac (y del “presunto Zodiac”) son magistrales: la del pantano, sin apenas sangre, se cuenta entre una de las más angustiosas que quien esto firma ha visto en mucho tiempo. OCHO. Porque el montaje es digno de Oscar® (aunque no se lo vayan a dar). NUEVE. Porque posee un guión de hierro de James Vanderbilt. DIEZ. Porque los que dicen que David Fincher puede ser el nuevo Stanley Kubrick quizá no anden tan desencaminados: al tiempo; por lo pronto nos queda esta maravilla que es “Zodiac”.

En la imagen: Fotograma de “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 8 Enero 2008

No sé yo si los que marcan las tendencias estilosas para cada temporada lo tenían previsto, pero en el finiquitado 2007 los setenta volvieron a estar de moda, al menos en lo cinematográfico. Sobre todo un tipo de cine, el policíaco, uno de los que mejor reflejó las tensiones y los convulsos cambios sociales de un país, Estados Unidos, atrapado en una década realmente trepidante, la que va de 1965 a 1975, y en la que los sucesos históricos se renovaban cada semana. Unos cambios que tuvieron como telón de fondo la primera guerra mediática, Vietnam, y en la que el auge y caída del hippismo se repartía los titulares con la lucha por la integración racial, el pacifismo, la expansión de la droga, la corrupción policial en las grandes urbes…

Y dos títulos centran ese revival, que en otros casos se queda sólo en los temas (contestación política) o los guiños a la producción más nostálgicamente cutre de aquella época (cortesía de los señores Tarantino y Rodriguez); dos títulos en los que la mímesis llega, incluso, a las formas, a la estética. Uno, “Zodiac”, de David Fincher; el otro, recién estrenado, “American gangster”, de Ridley Scott. Puro cine de los setenta clonado que, en su cuestionamiento de las estrictas líneas morales, podrían perfectamente haber sido realizados en aquellos años en que todo estaba en cuestión y las certezas escaseaban. Quizá por ello resulte tan curioso que, en realidad, sean obras de hoy mismo, con total vigencia, y con una mayor apariencia de vida que otras cintas supuestamente más vanguardistas. Y lo cierto es que eso da que pensar, ¡vaya que sí!

En la imagen: Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo en “Zodiac” - Copyright © 2007 Paramount Pictures, Warner Bros. Pictures y Phoenix Pictures. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

Martes 11 Diciembre 2007

No hay mejor perspectiva para juzgar una obra cinematográfica que el tiempo. Y los años transcurridos desde el estreno de la primera entrega de “El Señor de los Anillos”, “El Señor de los Anillos: La comunidad del Anillo”, e incluso desde la última, “El Señor de los Anillos: El retorno del rey”, no hacen más que confirmar lo que entonces sólo podía atisbarse: la profunda huella que iba a dejar en el cine que a partir de ese momento se hiciese. Pocas cintas pueden jactarse de señalar una inflexión, una marca indeleble que modifique el rumbo de un arte; la obra magna de Peter Jackson, ya sin discusión, se cuenta entre ellas. Y si necesitamos alguna prueba, basta con leer las críticas, reseñas y comentarios sobre muchas de las películas que se estrenan.

De hecho, podría decirse que ya sólo es posible abordar la fantasía al “estilo Anillo” o al “otro” (un “otro” que tiene, sobre todo, dos sagas como principales representantes: Harry Potter y Narnia). Y tanto por similitud (“Beowulf”) como por diferencia (“La brújula dorada”), el marco de referencia, el nivel, lo marca la adaptación de la obra de J.R.R. Tolkien. ¿Podía siquiera imaginar Jackson lo que tenía entre manos cuando abordó un proyecto que tantos consideraron suicida? Quizá no, o tal vez sí, quizás vio que Frodo estaba destinado a codearse con Luke Skywalker; lo que aún no está nada claro es por dónde va a continuar su camino. Al contrario que George Lucas, que comprendió que había tocado techo como director y prefirió convertirse en una especie de industrial, Jackson insiste en seguir aferrado a la silla y meterse en nuevos proyectos. Difícil cuando tienes la sombra de “El Señor de los Anillos: Las dos torres” marcando tu grandeza pero, probablemente, también tus limitaciones.

En la imagen: Fotograma de “El Señor de los Anillos: Las dos torres” - Copyright © 2002 New Line Cinema, The Saul Zaentz Company y WingNut Films. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.