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Sábado 28 Junio 2008

A una película como “El increíble Hulk”, el espectador puede ir para distraerse con las aventuras de un monstruo que quiere recuperar su humanidad y de varios individuos que se comportan como insaciables animales. También puede estar interesado en verla desde la óptica de la estética y del universo del cómic, y juzgar su más o menos lograda adaptación al lenguaje cinematográfico. De ello se han hecho eco en nuestra revista Joaquín R. Fernández., José Arce y Miguel A. Delgado con sus críticas, además de Almudena Muñoz Pérez con unos interesantes reportajes. Ahora me gustaría acercarme brevemente a la película desde un ángulo distinto, pero muy actual y oportuno. Porque, aunque sus pretensiones sean básicamente de entretenimiento, me parece conveniente no olvidar el lado antropológico y social que encierra, mostrado de manera simple pero clarividente.

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Por un lado, vemos cómo se descompone el rostro de quien sufre el descontrol de sus pasiones, hasta transformarse en un monstruo imprevisible que incluso se desconoce a sí mismo, que no es consciente ni recuerda sus propios actos tras esos momentos de cólera y excitación. En este grupo está Hulk y también su primo-hermano y adversario Abominación, que se le parece mucho pero que no es igual, porque el sustrato humano es radicalmente distinto. El primero sólo era un científico bueno e ingenuo que se expuso a un experimento peligroso, y que ahora quiere deshacerse de ese lastre de autodestrucción, que procura evitar los arranques de ira y defenderse en situaciones de acorralamiento. El segundo es un orgulloso militar entrenado para matar, acostumbrado a salir con éxito de sus batallas y que necesita experimentar el dominio sobre los que le rodean. Junto a ellos, el tercero en cuestión es el irresponsable general, que se sirve de la ciencia para sus objetivos de poder, y que recurre a armas cada vez más potentes y sofisticadas en su afán por controlar esa fuerza sobrehumana, como si la violencia se pudiera sofocar con más violencia (las referencias al fracaso de la guerra son evidentes). Tres individuos que sufren la cólera, el orgullo o la ambición pero que responden con reacciones dispares, que tienen el progreso en sus manos pero que han ignorado los principios éticos al comienzo, durante un tiempo o hasta el final del experimento. Parece claro, por otra parte, que el problema no está en la pasión humana, en el progreso científico ni en las circunstancias de injusticia que puedan darse, sino en el propio hombre, en su debilidad y en su soberbia. Leer más >>

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Jueves 19 Junio 2008

Por si alguien todavía no lo sabía, estamos en plena Eurocopa de fútbol. Las respectivas selecciones disputan sus encuentros y las aficiones hacen rugir sus gargantas. Todos aspiran a marcar más goles que el rival y a mejorar una imagen que, a la larga, les reporte beneficios económicos. Porque, en el fútbol como en el cine, la imagen y los ingresos son parte fundamental para mantenerse vivos. Y sin embargo, más allá de esta semejanza, el matrimonio cine-fútbol nunca se ha llevado muy bien, y el campo de juego apenas ha sido un territorio explorado con éxito por la cámara. Al margen de la mítica “Evasión o victoria” de John Huston, el cine estrenado en estos últimos años nos ha dejado una película como “Quiero ser como Beckham”, que se servía del balompié como excusa para trenzar una historia de amor y tolerancia, mientras que “Offside (Fuera de juego)” lo era para reflejar la discriminación de la mujer en el fundamentalismo islámico, o “La gran final” para recoger un mundo globalizado por la televisión y la pasión futbolística. Recientemente, el Festival de Cannes ha acogido un documental de Emir Kusturica sobre “Maradona”, figura que ya había sido mitificada en “El camino de San Diego”.

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Hay más películas que se han acercado al fútbol intentando aprovecharse de su popularidad para “hacer el agosto”. Sin embargo, rara vez lo han conseguido y cuando se ha producido cierta química, ésta provenía más de las historias personales de sus protagonistas que del favor del balón. ¿Por qué este rechazo sistemático? Para empezar, resulta evidente la dificultad para conseguir la naturalidad necesaria a partir de unos actores que no son futbolistas y que deben lidiar con el esférico; además, su carácter colectivo exigiría una cinta coral, y si el director consiguiera formar un bloque compacto y equilibrado, seguro que más de un equipo de fútbol lo ficharía a continuación, y hasta él ganaría más dinero que en el cine. También cabe la posibilidad de incorporar futbolistas al reparto (más de una vez se ha hecho: Ardiles, Pelé, Cantoná…), pero entonces lo que sufriría no sería la puesta en escena sino la propia historia, expuesta a perder el dramatismo que la interpretación aporta; por otra parte, estamos ante un deporte que, en principio, carece del valor metafórico de pelea y superación personal del que goza el boxeo —que sí tiene un amplio repertorio de buenas películas—, o al menos queda diluido entre su larga plantilla. Leer más >>

Miércoles 18 Junio 2008

Diga lo que diga al declarar que sólo busca hacer un cine de entretenimiento sin mensajes ni pretensiones, trabaje para quien trabaje —Disney, Warner o Fox—, cuente con grandes presupuestos o se esconda en la serie B, lo cierto es que M. Night Shyamalan siempre imprime a sus películas un aliento alegórico que trasciende la realidad inmediata que cuenta. No es que haya que echárselo en cara porque es su “universo temático” y sabe adornarlo con un envoltorio de suspense y misterio, entre el clasicismo narrativo del cine de género y la modernidad new age de una sociedad ecologista sumida en el pánico del individualismo. En su última película, el director de “El bosque” nos habla de nuevo del miedo que paraliza y aísla, del cientificismo que pretende explicar todos los fenómenos de la Naturaleza, de la incomunicación y del materialismo…, y de la familia como núcleo a partir del cual regenerar la sociedad… con la fuerza del cariño.

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Dejando de lado su calidad cinematográfica o su carácter fallido, no cabe duda que “El incidente” vuelve a poner sobre el tapete la realidad de fenómenos inexplicables y no cuantificables científicamente. Su director “incide” en el misterio de la vida, irreducible a unas cifras, estadísticas o variables aplicadas conforme a un patrón o experimento, para terminar defendiendo el poder de un gesto de afecto como “coger de la mano, de verdad” —como el padre de la niña le pide a su cuñada Alma— o la necesidad de volver a descubrir el color del amor en ese anillo “que dice lo que uno siente”. Habrá siempre quien se invente una teoría en forma de terroristas, radiaciones nucleares o toxinas naturales para explicar las catástrofes de la humanidad, pero la verdad es que el mal está en el interior del propio individuo: éste podrá aislarse como la loca anciana a quien el mundo le importa un bledo, o vivir rodeado de multitudes con las que apenas se relacione ni comunique —esos individuos que repiten una y otra vez lo mismo, sin alma ni sentido, paralizados como estatuas de sal y con sentimientos congelados—, pero en ambos casos Shyamalan nos dice que su destino será siempre el mismo, la muerte y autodestrucción por el suicidio o el asesinato. Leer más >>

Lunes 9 Junio 2008

Hubo un tiempo, hace casi treinta años, en el que muchos niños y adolescentes querían ser arqueólogos cuando se hicieran mayores. Habían visto “En busca del arca perdida” y habían sentido el gusanillo de la aventura, la emoción del peligro y el triunfo de su héroe. Querían ser como él, emular sus audacias y adentrarse en el territorio de lo desconocido. Pero estos “arqueólogos de ficción” crecieron, y la realidad se impuso a sus sueños infantiles: hoy son médicos, amas de casa, comerciantes, profesores… Atrás quedaban unas hermosas aventuras, interrumpidas al cerrarse la trilogía del hombre del sombrero y el látigo, pero que permanecían en el imaginario de una generación. En estos días todos ellos han vuelto a querer ser arqueólogos, al menos durante un par de horas, y a recordar aquellos maravillosos años en los que todo era posible si Indiana Jones estaba involucrado en la aventura.

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Ahora le hemos visto en “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”, y lo hemos visto como siempre, igual de temerario e inconsciente, pero también igual de atractivo, con su humor y sonrisa desafiante. Indy es un icono, un mito, una leyenda…, y como tal debía tratarse. No era posible ni conveniente hacerle evolucionar con los tiempos. Su público exigía recuperarle con sus mismos atributos y en semejantes misiones. No querían otro Indiana Jones, sino el de siempre, el de sus años de infancia. Así lo entendieron Steven Spielberg, George Lucas y Frank Marshall, y por eso redujeron los riesgos al mínimo. Alimento en forma de nostalgia —distinta a la que alude Miguel A. Delgado en este mismo blog— para un espectador seguro, libre y gustosamente cautivo, y también éxito de taquilla con la misma fórmula de antaño… porque acción, misterio y un poco de heroísmo y glamour con final feliz es anzuelo para cualquier generación. ¿Qué hubiera pasado con un Indiana pixelizado o desprovisto de su atuendo tradicional? No sé, pero probablemente todos sus incondicionales se hubieran puesto en pie de guerra, porque con su ídolo no se hacen experimentos, porque con los recuerdos no se juega, porque la nostalgia es como una lluvia fina que cala hasta los huesos.

En la imagen: Harrison Ford caracterizado de Indy para “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” - Copyright © 2008 Paramount Pictures y Lucasfilm. Foto por David James. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Lunes 26 Mayo 2008

Año tras año, el veterano Claude Chabrol nos ofrece la misma película, con idéntica temática y parecido equipo técnico y artístico, variando sólo una trama en la que, por otro lado, siempre encontramos un crimen derivado de una difícil relación pasional. Ahora acaba de estrenar “Una chica cortada en dos”, y en las entrevistas concedidas vuelve a hacer hincapié en su voluntad por retratar a la burguesía provinciana, con su falta de autenticidad y moralidad, con su incapacidad para cambiar en sus esquemas vitales. A la vez, la crítica habla de él como de un entomólogo que indaga en la naturaleza humana, que introduce su bisturí hasta provocar sus pulsiones más instintivas, poniendo a prueba sus resortes morales… y se alaba su carácter comprometido y combativo, su capacidad para lanzar dardos envenenados a diversos estamentos sociales y profesionales (medios de comunicación, mundo literario…) bajo la apariencia de una historia simple y plana.

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Sin embargo, al margen del incuestionable oficio cinematográfico, el cineasta francés no hace otra cosa que mostrarnos, en el fondo, cómo se comporta cualquier hombre cuando se deja arrastrar por sus pasiones, por su egoísmo y por sus deseos de imponerse al resto. La manera de abordar el poder, el sexo, la violencia o la venganza en sus personajes son las respuestas naturales e instintivas que derivan de un vacío moral, algo que afecta al individuo independientemente de su extracción social. Su mirada no llega a profundizar en las verdaderas causas de dichos comportamientos, y su análisis no supera el nivel sociológico de las apariencias ni alcanza hondura antropológica. Quiere que de sus personajes broten esas mezquindades como derivación natural de una sociedad pequeño-burguesa y neocapitalista, y estos arquetipos —artificios de guión— pierden entonces toda su libertad y posibilidad de redención, a la vez que su veracidad.

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En definitiva, parece que el director se deja llevar por unos prejuicios de clase que no han variado a lo largo de las décadas. Es el mismo espíritu de mayo del 68 que permanece aún vivo en este cineasta septuagenario, que no quiere aplicarse a sí mismo la evolución de planteamientos que demanda a su burguesía, caricatura trasnochada y caduca de otro tiempo. Quizá por eso haga una y otra vez la misma película de siempre, seguir mirando cínicamente sólo las sombras que todo individuo tiene… para cargarlas de excesos y generar otra reescritura de cine político y militante, aunque sea bajo el envoltorio del cine negro y pasional.

En las imágenes: Arriba, Claude Chabrol durante el rodaje de “Una chica cortada en dos”; abajo, una escena de la película - Copyright © 2007 Alicéleo Cinéma, Alicéleo, Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinéma e Intégral Film. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Miércoles 21 Mayo 2008

Con el curioso título de “El baño del Papa”, el cine uruguayo nos acerca a la realidad más dura de quienes no tienen nada en la vida, salvo ilusiones. Son los habitantes de Melo, un pueblecito paupérrimo en el que sus habitantes sueñan con el beneficio que pueden obtener con la visita del Papa Juan Pablo II: ante la avalancha de peregrinos que se espera, unos se organizan para la venta ambulante de bocadillos o de medallas de la Virgen, mientras que Beto se empeña en montar un baño con water en el lugar del encuentro. Lo que alienta —que no alimenta— al cabeza de familia es la ilusión de comprar una moto con la que pasar sin dificultad la aduana en su trabajo de contrabando, a la sacrificada Carmen es la necesidad de pagar las deudas de la luz o de comprar una plancha, y a la joven Silvia el sueño de comprar una radio y llegar a ser locutora.

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Desde Uruguay se vuelve a la estética neorrealista para mirar la pobreza encarnada en una familia que lucha cada día por la supervivencia, para tratarla desde un humanismo que va de la simpatía y buen humor con que narra la construcción del baño, a la profunda pena que trasmiten unos rostros desencantados en su lucha diaria, o al dramatismo en la escena de la cantina. En las imágenes hay resonancias de aquella otra bicicleta de Vittorio de Sica daba y quitaba al buen padre en su trabajo, o de aquellos inocentes y entrañables sueños que surcaban los cielos de Milán como si de un milagro se tratara. La historia también recuerda a otra célebre visita (en este caso de Mister Marshall) que se esperaba como agua de mayo en un pueblo que por un día se creyó el centro del mundo, y aquella ilusión convertida en obsesión futbolística por un pobre y moderno Ulises camino de San Diego.

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En unos y otros, llama la atención la elegancia y humanidad con que el cine concede y reproduce los sueños de los más pobres, el modo de tratarlos con la necesaria crudeza y realismo sin caer en lo morboso, de resaltar su dignidad y descubrir los otros tesoros que esconden en su corazón o en su imaginación. Sin duda, detrás de las imágenes late una crítica hacia las injusticias de nuestro mundo que les niega el pan de cada día, pero también se vislumbra la clarividencia de dónde se encuentra realmente la felicidad y de la importancia de los sueños para alcanzarla. Y esa mezcla es lo que algunos han llegado a llamar “realismo mágico”, en este caso muy pegado al terreno físico y a la verdad de lo que pudo haber sucedido si el azar lo hubiese propiciado.

En las imágenes: Escenas de “El baño del Papa” - Copyright © 2007 Bavaria Film International, Laroux Cine, 02 Filmes y Chaya Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Martes 20 Mayo 2008

Vivimos en una sociedad que necesita renovarse continuamente, porque lo contrario supondría perder el tren del cambio, y con ello posibilidades de mejora o de nuevas experiencias. Es la era de la alta velocidad, de internet y del instante, donde lo de ayer suena a pretérito y lo de mañana (el dichoso seguro) se mira “por si acaso”… Cambios de móvil y de portátil, de canal de televisión y de trabajo, de pareja y hasta de identidad… es la permanente insatisfacción y la constante búsqueda del algo más… El asunto es cambiar para no caer en la rutina o el vacío, para mejorar el presente aunque no llegue a saborearse… porque no da tiempo a pararse y contemplar lo que ya se tiene, por dentro y por fuera… Se quiere vivir intensamente, aunque al final se acaben consumiendo minutos sin percatarse de ello ni disfrutarlos.

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¿Por qué este rollo sociológico? Porque el cine vive de la misma realidad, porque la industria y el espectador sufren las mismas carencias y buscan los mismos resortes. Lo que se impone en la taquilla son los filmes de acción trepidante y sensaciones fuertes, de espectacular puesta en escena y sonido estruendoso, con muchos o muchísimos efectos especiales de factura digital, donde tener estrellas importa… pero cada vez menos, porque lo esencial es que conecten con ese público acostumbrado en la calle a ir corriendo a todas partes y cargándose de estrés, a mostrar un rostro de bonitas apariencias cara a la galería, a no pararse porque eso quizá obligase a pensar y así igual uno se deprime… El espectador al que mira la industria del blockbuster no quiere realidades cotidianas ni personajes ambiguos e inciertos (como los de la propia vida), huye de la contemplación y de la interrogación, del intimismo y del ritmo pausado, de la cuidada fotografía y planificación; sólo quiere evasión, aventura, acción, con sensaciones de fuerza, poder, triunfo, y si hay algo misterioso o enigmático, morboso o esotérico, sensual o sexual… pues mejor.

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Es el cine del fin de semana, que dura lo que un caramelo en la puerta de un colegio: visto y no visto, y a otra cosa mariposa. Se busca “sentir el instante”, y mejor si es con sensaciones fuertes y rápidas, que nos lleguen ya condimentadas y donde no haya mucho que discurrir o intuir. Es preferible que la historia no deje ningún cabo suelto, que el malo requetemalo se lleve su merecido, que la chica mona acabe con el chico de moda, que la banda sonora envuelva y una orquesta nos lleve en volandas hacia un clímax emotivo, y que los personajes sean arquetipos con los que sea fácil identificarse (cualquier matiz o complejidad en la personalidad no haría sino restar público). Correr, golpear, gritar, sentir fácil e intensamente… y volver a correr, golpear, gritar… Pocas ideas e idénticos caminos para llegar a provocar los mismos efectos en el dócil espectador que, en la butaca como en la vida, camina a merced de las circunstancias y de lo que otros deciden por él. Parece que va a tener razón Víctor Erice al distinguir entre “cine” y “producto de entretenimiento audiovisual”, y entonces todos nos entenderemos.

En las imágenes: Arriba, “Una noche para morir” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, “Sentencia de muerte” © 2007 TriPictures. Todos los derechos reservados.

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Domingo 18 Mayo 2008

Protestas y barricadas urbanas, eslóganes de rebeldía e inconformismo, marxismo en estado puro para una revolución socio-cultural, violencia y utopías pacifistas y de todo tipo, amor libre y drogas en la comuna hippie. Y también lucha contra la autoridad y la jerarquía, contra la moral y la religión, contra la estructura y el orden: «¡prohibido prohibir!». Esto y mucho más se respiraba en las calles de París en mayo del 68, en un movimiento básicamente de estudiantes —también de obreros— alterados por algunos agitadores de masas. Un mundo de inquietudes y contradicciones, que se extendió como la pólvora, que comenzó como una entusiasta y airada reacción de protesta y liberación, para terminar con un profundo sentimiento de desencanto, de insatisfacción y de vacío. Al margen de otras valoraciones sobre el fenómeno social, lo que está claro es que nada sería igual tras ese mes mayo, y que toda una generación de jóvenes quedaría marcada y también perdida.

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En medio de ese torbellino socio-político, el cine había jugado un papel decisivo a la hora de espolear a estudiantes y obreros a la manifestación callejera. Cineastas como Jacques Rivette y, sobre todo, Jean-Luc Godard con “La chinoise (La china)” habían alentado a las masas contra la política cultural de Charles De Gaulle, y películas militantes surgidas en el SLON (cooperativa de cine para el debate y la acción política) promovían la lucha contra el poder patronal y la intervención americana en Vietnam. El “affaire Langlois” —destitución de Henri Langlois al frente de la Cinemateca parisina— provocaba un revuelo previo a las barricadas, que culminaría con la creación de unos Estados Generales del Cine y el boicot del Festival de Cannes, en solidaridad con la huelga general y como petición de una transformación global de la industria cinematográfica. El definitiva, el cine se había convertido, de nuevo, en instrumento de propaganda ideológica, y las imágenes se utilizaban al servicio de una causa (marxista-maoísta) que pretendía imponer su propio orden en el desorden. Con el tiempo, como siempre, las aguas volverían a su cauce y los mismos cineastas (Philippe Garrel, Romain Goupil, Bernardo Bertolucci, o Claude Chabrol) reescribirían aquellos días con nuevos films, entre la melancolía y el desconcierto.

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Porque la realidad fue que, conseguidas unas mejoras laborales y una libertad creativa, aquella conciencia revolucionaria había dejado como herencia el fracaso de las utopías y el fin de las ideologías: el individualismo consumista y posmoderno había absorbido a una juventud que en el 69 ya se encontraba desclasada, mientras que los ideólogos y cineastas marxistas lloraban la pérdida del espíritu de clase y de una Arcadia feliz. Es ahí donde algunos, con ocasión de su 40º aniversario, han vuelvo a reclamar un cine más comprometido con la sociedad y la política, más contracultural y provocador, que no se conforme con la búsqueda estética. Parece que, dejando de lado algunos logros que ese mayo trajera, no han entendido el efecto de laminación que sus excesos y una mal entendida liberación dejaron en el individuo, que se volvió “lobo para el hombre” y encontró el poso de la amargura y el desencanto, bien reflejados por Denys Arcand en “Las invasiones bárbaras” o Roger Gual en “Remake” (aunque a nuestro país apenas llegaran, como es habitual, esos aires de contestación ni la insatisfacción posterior). Está claro que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y que cada vez se aprende menos Historia en las escuelas.

En las imágenes: Arriba, fotograma de “La chinoise (La china)”© 1967 Anouchka Films, Athos Films, Les Productiones de la Guéville, Parc Film y Simar Films. Todos los derechos reservados. Abajo, fotograma de “Los amantes regulares” © 2005 Maïa Films y Arte France Cinéma. Todos los derechos reservados.

Sábado 10 Mayo 2008

Desde siempre, Estados Unidos ha buscado héroes de cine sobre los que construir una historia de superación personal o de expansión de sus ideales democráticos, o también en los que refugiarse en épocas de conflicto y dificultad. Queda lejos la figura de John Wayne, y también —aunque nos hayan visitado recientemente— de Rambo o Rocky. En los últimos años, el cine ha mirado más bien hacia el cómic de los años 60, para convertir las figuras de papel en sombras heroicas en las que confiar o con las que evadirse. Actualmente podemos ver en la cartelera “Iron Man”, película de la que mis compañeros ya han comentando sus logros y carencias. Sin duda, hay entretenimiento y divertimento al ver cómo se construye pieza a pieza un “hombre de hierro”, o en su lucha estelar con otro “Mazinger” de su especie. Sin embargo, si se busca cómo se destruye/construye por dentro Tony Stark, no se encontrará ni rastro de su humanidad: tal es la despersonalización, planitud y asepsia de su director, Jon Favreau.

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Es cierto que estamos ante un cómic de ciencia ficción, alejado de cualquier intento de verosimilitud o de matización, que sólo pretende la épica tecnológica y no tanto la humana, pero ¿no se puede aspirar a algo más de hondura, y a una narrativa más sólida sin perder por ello la fluidez y ritmo conseguidos? No sé si la simplificación que sufre hasta quedarse con los mínimos elementos (armas y mujeres, ambición y orgullo científico, triunfo del bien sobre el mal) queda justificada por la búsqueda de una buena taquilla, si obedece a leyes impuestas por el propio cómic o si más bien responde a una mentalidad hollywoodiense. Pero, aprovechando las historias del cómic y toda la tecnología digital, ¿por qué no dotar de alma a sus héroes?, ¿por qué reducir sus aspiraciones a unas palabras huecas, por mucho que se llamen “libertad, amor, verdad, belleza”? Cierto que no se busca a Shakespeare, Dostoievski o Freud en sus personajes, pero sí cabría un hombre de carne y hueso, que evolucionase hasta convertirse en alguien que quiere redimirse y ayudar al mundo… aunque sea volando con su armadura de hierro.

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Es posible que así el espectador llegase a sintonizar más con él, a sentirle próximo, e incluso necesario. Si no, estos “cyborgs” acabarán siendo títeres utilizados por la necesidad estratégica del momento, convertidos en armas arrojadizas para entretener al público (estupendo propósito, por otra parte aquí conseguido, pero que sabe a poco) o para influir en el curso político (ahora Afganistán sustituye a Vietnam, y mañana… ¿cuál será el escenario?). Puestos a fabricar héroes, siempre podemos pedir a las productoras que vistan a John Wayne con un traje de hierro y sustituyan el revólver por el lanzallamas: el resultado sería altamente atractivo. Al fin y al cabo, parece que el “cine de cómic” va camino de convertirse en el tercer género “genuinamente americano”, después del western y el cine negro (o de gánsteres), y con permiso de Fred Astaire, y ahora que el western —dicen— está muerto, siempre podrían recurrir al “cómic-futurista”.

En las imágenes: Arriba, Robert Downey Jr. y Jon Favreau durante el rodaje de ”Iron Man” © 2008 Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados. Abajo, John Wayne en “El hombre que mató a Liberty Valance” © 1962 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados.

Sábado 3 Mayo 2008

Tras la buena impresión que me dejó hace un par de años “Tsotsi”, tenía interés en ver la evolución de su director, el sudafricano Gavin Hood. El reciente estreno de “Expediente Anwar” me ofrecía la ocasión de comprobar qué quedaba tras el éxito, y en qué se veía obligado a ceder ante los imperativos de la industria. Algunas críticas no eran muy entusiastas y resaltaban su falso y pretencioso guión —con triple salto mortal incluido en el desenlace—, y un mensaje excesivamente presente que llegaba a asfixiar la trama. Sin embargo, algunos comentarios de los lectores destacaban positivamente el clímax de tensión y/o amor que cogía la atención y encogía el ánimo del espectador. Por todo eso, me decidí a sacar la entrada y ver por mí mismo esta nueva aproximación a la guerra de civilizaciones que el tercer milenio nos ha traído, con los derechos individuales y la seguridad nacional en colisión, y con el miedo de telón de fondo.

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Para empezar, me encuentro con una trama más complicada y artificiosa, enmarañada en unos momentos y confusa en otros. Una estructura circular con un uso cuestionable del flashback por lo poco trasparente que resulta el conjunto, y por algunos detalles excesivamente subrayados que el director necesita introducir para poner algo de orden en el caos. Es cierto que hay tensión emocional porque el falso culpable siempre saca de quicio a cualquiera y uno siente que le podría ocurrir a él, y también que la crudeza de las torturas no deja a nadie indiferente porque son tan bestiales como explícitas e inadmisibles. Sin embargo, pienso que Gavin no ha dibujado sus personajes como en su anterior película, que no dota a Douglas de un pasado del que huir como había hecho con el joven Tsotsi, y que tampoco es fácil creerse su ingenuidad hasta los interrogatorios y que decida entonces echar por la borda su carrera en la CIA; lo mismo sucede con el ayudante del senador, que por una amiga de años atrás (aunque fuese una antigua novia) parece dispuesto a partirse la cara y actuar, de pronto, tan poco “políticamente”.

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Sin embargo, las dos películas apuestan por la redención desde la violencia, a partir del contacto con la humanidad perdida. Esta nota parece ser una constante del director, que entiende que siempre queda un poso de bondad hasta en el más malvado y desaprensivo de los individuos, y que siempre pueden volver a brotar esos deseos de justicia y amor… En la primera, teníamos un bebé indefenso que despertaba el afecto que no tuvo Tsotsi, y que le obliga a frenar en su huida hacia la deshumanización. Ahora es la imagen de un hombre humillado al que espera una mujer y unos hijos lo que propicia la redención de alguien sin identidad clara ni familia conocida, como si Douglas deseara para sí la vida de su víctima: así, los silencios y gestos ambiguos —bien Jake Gyllenhaal— dejan paso a la acción heroica y decidida de quien ha sentido empatía con su “secuestrado”. Con todo, me planteo si esta práctica del “contraste” al retratar al personaje no será excesivamente manipuladora y fácil, si es necesario bajar a las profundidades de la barbarie —tortura policial o violencia callejera— para resaltar la humanidad de cualquier persona y empujarla a realizar una buena acción. En fin, esta es la opción elegida por Gavin.

En las imágenes: Arriba, ”Tsotsi” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados. Abajo, ”Expediente Anwar” © 2007 Tripictures. Todos los derechos reservados.