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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Lunes 18 Agosto 2008

Pixar vuelve a sorprender con una película que se aprovecha de los avances infográficos para lograr una mayor perfección en la animación, y que se arriesga a contar una historia muy humana y llena de emoción básicamente sólo con la imagen, a la vez que deja algún que otro mensaje o advertencia. “WALL·E (Batallón de limpieza)” es, en el fondo, una historia de amor en medio de la soledad, pero trufada con una buena dosis de crítica hacia el modelo de sociedad del bienestar que se ha abandonado a la ociosidad y que ha olvidado la riqueza de las relaciones humanas. Es una denuncia ecologista, en tono catastrofista, por el estropicio de un planeta que apostó por el progreso tecnológico y aparcó la vida que la Naturaleza ofrecía. Pero es también una llamada a la esperanza en el hombre, en cuyo interior siempre queda un resquicio desde el que volver a ser él mismo, desde el que reclamar la dignidad que merece y la libertad necesaria para decidir su futuro, aunque en ocasiones eso precise de una revuelta contra los tiranos, aquí personificados en unos robots que han asumido el poder de mando.

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Sin embargo, Pixar no se contenta con hacer un discurso valiente y profundo sobre una sociedad deshumanizada, sino que pretende también hablar al espectador con la sola imagen y defender un cine en estado puro: durante buena parte de la primera mitad no hay diálogos ni explicaciones de lo que pasa, con lo que la historia avanza gracias a una estudiada y precisa planificación, con una sutilidad que exige una actitud activa e imaginativa en quien contempla unos robots que se esfuerzan por entenderse e incluso agradarse. Una narrativa y expresividad que recuerdan al cine mudo, con el aliciente de que aquí los gestos se dibujan sobre el latón más o menos primitivo, más o menos sofisticado. Entre WALL·E y EVA existen verdaderas y auténticas relaciones humanas, con momentos emocionantes y líricos —ahí está ese baile en el espacio— junto a otros profundamente dramáticos —como la escena de WALL·E desmemoriado—. Pero también entre los humanos “exiliados” encontramos comportamientos que van de lo puramente maquinal —patética es esa serie de gordos especímenes sin personalidad tomando el sol de manera rutinaria— hasta la titánica reacción del comandante al son de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss, en clara alusión al film de Stanley Kubrick. … sigue >>

Escrito por Miguel A. Delgado el 18.08.08 a las 2:15
Archivado en: Críticas

Estaba claro: tanto rozar la perfección, en alguna ocasión Pixar tenía que alcanzarla. Y lo ha hecho con esta fábula sobre el medio ambiente, narrada a través de la historia de dos robots bien diferentes (uno, WALL·E, es un modelo basto y dedicado al trabajo físico; la otra, EVA, es una elegante sonda espacial sin un sólo ángulo recto) y de su aplicación de la lógica que busca, a toda costa, que los humanos que abandonaron hace siete siglos la Tierra —tras haberla dejado totalmente inhabitable al llenarla de basura—, retornen a un planeta que vuelve a ser capaz de albergar la vida.

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Lo primero que podría pensarse al leer la sinopsis es que nos hallamos ante una nueva entrega bienpensante de mensaje ecológico fácilmente digerible; y aunque quizá haya algo de ello, no es en el contenido en sí mismo, sino en la forma de plasmarlo, donde se encuentra la grandeza de esta película llamada a marcar un hito en la historia de la animación y del cine. Desde el arranque, con ese sobrecogedor panorama de un planeta desolado donde el bajito y cuadrangular robot pasea su soledad mientras hace un trabajo que quizá ha perdido ya todo sentido, con la única compañía de una cucaracha, hasta el cambio de escenario por la gigantesca y aséptica nave donde los humanos pasean su oronda y falsa felicidad y seguridad, los magos de Pixar prácticamente vuelan todas las convenciones. Y así, a pesar de algunas concesiones de cara a la comercialidad (uno no puede evitar pensar que la cinta podría ser totalmente muda, sin las pocas inclusiones de diálogo que de vez en cuando la puntúan), el espectador redescubre el placer de que le cuenten bien una historia, incluso una historia que mezcla ciencia-ficción, amor, comedia y conciencia medioambiental como ésta. … sigue >>

Lunes 24 Marzo 2008

El reciente fallecimiento de Arthur C. Clarke vuelve a poner sobre el tapete una discusión que viene a ser, más o menos, como la del huevo o la gallina: ¿quién es más verdadero creador de “2001: Una odisea del espacio”, el escritor o Stanley Kubrick, el director? Uno, secretamente, siempre ha pensado que en realidad el cineasta, tan déspota como sólo lo pueden ser los verdaderos genios, llevó el agua del cuento inicial de Clarke a su molino, expandiéndolo mucho más allá de lo que seguramente pensó el visionario inglés que podía llegar. ¿Pruebas de lo que afirmo? Ninguna, claro. Huelga decir que uno no estuvo presente en las sesiones de trabajo entre los dos creadores, y desde luego es algo que no cabría recomendar a nadie: no parece posible salir indemne del choque de trenes de dos personalidades tan complejas, de dos egos tan solemnes y de una pieza.

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Ahora bien, basta echarle un vistazo a las continuaciones de la novela original, ya sin el concurso de Kubrick, y especialmente a la primera, “2010, odisea dos” (igualmente llevada al cine) para darse cuenta de que la mirada de Clarke era más convencional, más ceñida al punto de vista de la ciencia-ficción tradicional (todo eso, claro, suponiendo que Kubrick supiera verdaderamente de qué estaba hablando, algo que, lo confieso, no siempre tengo el convencimiento absoluto de que fuera así, como me sucede por otro lado con el cine de David Lynch). Y además, porque algo así ocurrió con la adaptación del relato “Los superjuguetes duran todo el verano”, de Brian Aldiss, y que sirvió de base para la película “A. I. Inteligencia artificial”, un viejo proyecto de Kubrick que acabaría viendo la luz bajo la batuta de Steven Spielberg. Y que conste que, sinceramente, tampoco es que importe mucho; sólo espero que por fin David Fincher logre sacar adelante la adaptación de “Cita con Rama” para ver una genuina y poderosa obra clarkiana en pantalla… a no ser que Fincher sea efectivamente un Kubrick redivivo, como parece llevar camino de serlo, y vuelva a hurtarle al pobre Arthur su parte de autoría. Comprobarlo será, desde luego, apasionante.

En la imagen: Keir Dullea en “2001: Una odisea del espacio” - Copyright © 1968 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Polaris y Stanley Kubrick Productions. Todos los derechos reservados.