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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Jueves 30 Octubre 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 30.10.08 a las 0:12
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Hubo un tiempo en el que encontrarse con una película que estuviera coproducida por una combinación de países de lo más dispar, protagonizada por actores norteamericanos (normalmente en horas bajas) y con un look aparentemente hollywoodiense, era para echar a correr en sentido contrario al de la entrada del cine donde se proyectase. Sin embargo, hay que reconocer que el productor español Julio Fernández, a través de Filmax, ha conseguido que una serie de cintas de interés hayan sido realizadas… cumpliendo esas condiciones. Y “Transsiberian” es un estupendo ejemplo de que el europudding no tiene que ser sinónimo de mal cine; al contrario, la cinta que ahora nos ocupa tiene el don de saber beber del cine más clásico en su forma de narrar, planteando una historia claustrofóbica en el interior del tren más exótico del mundo, el Transiberiano, antaño ejemplo de lujo y hoy en día, en la era del avión, un transporte viejo y con problemas de mantenimiento para la población que no puede costearse viajar de otro modo a través de la línea que nace en Pekín y muere en Moscú.

Así, el director Brad Anderson y Will Conroy, su coguionista, levantan con estos ingredientes un film de sabor clásico, en el que una pareja de ingenuos turistas despistados (más él, Woody Harrelson, que ella, una estupenda Emily Mortimer) se ven involucrados, a su pesar, en una trama desencadenada por una extraña pareja, la formada por Eduardo Noriega (sorprendentemente ajustado a su papel) y Kate Mara, y en la que se verán abocados a una situación en la que nadie es lo que parece y la acción va avanzando sin que sus bordes puedan entreverse hasta pasado medio metraje. Si a todo esto unimos uno de esos secundarios que son siempre una garantía (el extraordinario Ben Kingsley, llenando de nuevo cada plano en el que aparece), una trama hábilmente trazada —en la que incluso los momentos más inverosímiles se deslizan sin dejar huella gracias al férreo montaje— y un uso adecuado y absorbente de las posibilidades de unos escenarios bellísimos, tenemos como resultado una película de entretenimiento que funciona. Quizá lo que más sorprenda sea el escaso aprovechamiento de un actor tan dotado como Thomas Kretschmann, quien parece tener algunos problemas para encauzar su carrera tras el brillante descubrimiento que supuso para el gran público su participación en “El pianista”. … sigue >>

Viernes 26 Septiembre 2008
Escrito por José Arce el 26.09.08 a las 19:20
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Gracias a las notables “Session 9” (2001) y “El maquinista” (2004), Brad Anderson se ha ganado a pulso un hueco en el imaginario fantástico reciente, por su capacidad para elaborar complejos dibujos psicológicos y visuales basados en los miedos y traumas más profundos que todos tenemos dentro. Ahora bien, es bien sabido que mantener una línea ascendente en cualquier campo creativo es cuestión harto compleja, y que los cartuchos se agotan rápido, muy rápido. Por supuesto, es pronto para juzgar si su carrera ha iniciado una línea progresivamente descendente con esta nueva propuesta, pero lo cierto es que supone, cuando menos, un pequeño paso atrás.

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Roy (Woody Harrelson) y Jessie (Emily Mortimer) deciden emprender una aventura y regresan a casa en tren recorriendo la estepa siberiana, en lugar de hacerlo por la vía rápida, tomando un avión. En el viaje conocen a una simpática pareja, formada por Carlos (Eduardo Noriega) y Abby (Kate Mara), amables jovenzuelos con los que no tardan en trabar amistad. Sin embargo, como suele pasar tantas veces en el suspense, las apariencias engañan. “Transsiberian” cuenta con un punto de partida interesante, unos personajes bien dibujados, un entorno aún más impactante que la propia historia que nos cuentan, y una presentación cuidada y elaborada. Así, Anderson consigue que la relación entre el cuarteto central funcione de manera equilibrada y dinámica, en buena medida gracias al trabajo de un entrañable y aniñado Harrelson y a una evolutiva Mortimer, cuyo rol mantiene un continuo crescendo de tensión realmente sorprendente y natural. Sin embargo, a mitad del excesivo metraje —sobran veinte minutos largos— el esqueleto argumental y narrativo comienza a tambalearse, primero por lo inverosímil y segundo por la progresiva ligereza de lo que acontece, de suerte que un oscuro y sombrío thriller torna en un producto mucho más tosco, burdo y que no puede ocultar su espíritu de imprecisa coproducción internacional. … sigue >>