opinión.labutaca.net

 
sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
« Inicio | Archivo de la Etiqueta 'Dejad de quererme'
Lunes 4 Agosto 2008

Con un comienzo un tanto explosivo y bronco, Jean Becker parece abandonar el tono sereno y amable con el que dibujaba a sus personajes en “La fortuna de vivir” y “Conversaciones con mi jardinero”. Al protagonista de “Dejad de quererme” parecen habérsele cruzado los cables y propuesto molestar a sus clientes en su trabajo como publicista, a sus amigos en la fiesta de cumpleaños que le han preparado y a su misma mujer e hijos en un día que se prometía feliz. Dispuesto a ajustar cuentas y decir las verdades que todos se callan, destapa la caja de los truenos y no hay quien que se libre de sus dardos y ofensas: parece que una especie de locura o quizá la crisis de los cuarenta ha hecho mella en un hombre herido por dentro, que huye buscando la paz y el afecto perdidos en la infancia, o la felicidad de pescar con mosca y rodearse de gente sencilla que una vida sofisticada ha llegado a sofocar.

dejaddequererme-julio-1.jpg

El drama no se hace esperar y Becker se centra en Antoine desde los primeros planos. Sus reacciones son desproporcionadas y drásticas, excesivas y sin aparente justificación. Interesa recoger su crispación y su enfado con el mundo, exteriorizado con salidas de tono tan ingeniosas como violentas e hirientes. Incomprensible para quienes le conocen y para el propio espectador, el director nos conduce hacia un corazón amargado que quiere mirar la vida desde el otro lado… pero que está desquiciado. Por el camino de huida que recorre Antoine, Becker nos va dando pistas con las que descifrar su “locura”, a la espera de llegar a comprenderle y quizá justificarle, o también esperando el momento en que recapacite y regrese a la buena senda. Como a todo drama que estriba sobre una carta escondida, hay que concederle el beneplácito de algún giro un poco forzado y que sólo el final explica, de una construcción narrativa un tanto engañosa que juega con el sentimiento y desconcierto del espectador, de una puesta en escena en ocasiones artificiosa y de un flashback aclaratorio pero innecesario. … sigue >>

Domingo 3 Agosto 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 03.08.08 a las 18:28
Archivado en: Críticas

El arranque de esta cinta es desconcertante, porque no sabemos a qué carta quedarnos. Desde la primera escena, conocemos a Antoine (el grandioso Albert Dupontel), un hombre que tiene todos los números para figurar como el modelo masculino a seguir: con carisma, triunfador en el trabajo y poseedor de una más que rentable agencia de publicidad, casado con una guapa y encantadora mujer (Marie-Josée Croze, la inolvidable asesina de “Munich”), con dos niños que si no son angelicales poco les queda, habitante de una casa con jardín en un barrio exclusivo de París, conductor de un coche de los que hacen que la gente se dé la vuelta para verlo mejor… Y sin embargo, de repente, Antoine empieza a comportarse de una manera impensable; en realidad, ni siquiera tenemos tiempo de conocer cómo era antes de que suceda el brutal cambio que le sobreviene en su 42º cumpleaños. Sin mediar aviso, sin pensárselo dos veces, vende su parte del negocio, ofende a su suegra, decide separarse de su mujer cuando una amiga le cuenta a ella que le ha visto comiendo con otra en actitud de amantes, es desagradable con sus hijos, arruina la fiesta sorpresa de cumpleaños enemistándose de una tacada con todos sus amigos… y finalmente, emprende una huida hacia ningún sitio aparente.

Ampliar foto

Las cartas son arriesgadas, porque el espectador no sabe muy bien qué pensar del protagonista. Inevitablemente, uno no puede sentir cierta envidia por su repentina capacidad de poder decir lo que piensa a cada uno, sin tener que recurrir a las, en muchas ocasiones, cínicas formas sociales utilizadas para evitar los conflictos. Repentinamente, Antoine proclama su necesidad de sentirse vivo, de disfrutar cada momento, de liberarse de las ataduras de la rutina, pero resulta tremendamente incómodo ver cómo esa decisión, en principio loable, causa un inmenso dolor a su esposa, que no comprende nada; a sus hijos, a unos amigos que, si bien no es que despierten la empatía del espectador porque representan la fachada hipócrita de una élite culta que no se siente responsable de ninguna injusticia mientras llenan a espuertas sus cuentas corrientes, acaban contagiando su desconcierto ante una agresividad repentina y, en el fondo, proveniente de uno de los suyos. … sigue >>