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Martes 13 Noviembre 2007

Lo reconozco: nunca hasta ahora había sentido especial debilidad por Maribel Verdú, por más que esporádicamente nos ofreciese interpretaciones (“Amantes”, “La buena estrella) que parecían indicar que había algo más detrás de la imagen estereotipada de jovencita sexy. Pero, durante demasiado tiempo, para mí fue uno de esos ejemplos de actriz encumbrada por los medios y una promoción exagerada que tanto abundan por el cine español (bueno, y por el resto de las cinematografías, también es verdad). Sólo la confianza depositada en ella por alguien del peso de Alfonso Cuarón, que le concedió el papel crucial de “Y tu mamá también”, sugería que podían seguir albergándose esperanzas, aunque por mucho tiempo aún se trató de una mera nube de verano.

Por eso, no puedo más que manifestar mi rendida admiración por lo que está suponiendo su vuelta a la primera línea de fuego. No sólo por el abrumador número de largometrajes, muchos de ellos interesantes, en los que participa últimamente (¡nada menos que cuatro títulos ha estrenado ya en este 2007!), sino por la calidad interpretativa puesta en sus papeles (la Mercedes de “El laberinto del fauno”, la Estela de “El niño de barro”, la Mariana de “La zona”, la Ángela de “Siete mesas (de billar francés)” o la Mina de “Oviedo Express”). Así que entono el mea culpa y proclamo que ahora, cuando se aproxima a la cuarentena y ya no tiene la necesidad de apoyarse exclusivamente en el físico (aunque cada vez esté más guapa), está revelando lo que ya es un secreto a voces: que es muy grande. Esperemos que su nuevo encuentro con Cuarón y su rumoreada colaboración con Francis Ford Coppola terminen de rematar uno de los regresos más espectaculares que ha vivido nuestro cine en los últimos tiempos.

En la imagen: Maribel Verdú en “Siete mesas (de billar francés)” - Copyright © 2007 Enrique Cerezo Producciones, Elías Querejeta Producciones y Ensueño Films. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

Viernes 26 Octubre 2007

Pues miren, yo no sé si Francis Ford Coppola lo habrá dicho o no en una entrevista a la edición americana de la revista GQ (parece ser que ahora lo desmiente), pero me alegra que esa intervención haya servido para poner sobre el tapete algo que, en el fondo, la mayor parte de los cinéfilos pensamos: que los tres monstruos de Hollywood Robert De Niro, Al Pacino y Jack Nicholson llevan tiempo viviendo de las rentas de los papeles que les convirtieron en lo que son. Y la verdad es que me alivia, porque confieso que llevo ya algún tiempo con la mosca tras la oreja cuando veo alguna película en la que participa alguno de los miembros de tan insigne triunvirato. Porque, sinceramente, ¿cuánto hace que De Niro no interpreta algún papel en el que haga algo más que poner el piloto automático, parodiarse a sí mismo o poner caras? Lo más parecido a una interpretación fue la de “El buen pastor”, que para eso era una apuesta personal, y tampoco es que fuera a engrosar su lista de actuaciones inolvidables.

Al menos, Nicholson y Pacino se han esforzado alguna que otra vez (ahí están sus interpretaciones en, por ejemplo, “A propósito de Schmidt” o “El mercader de Venecia”, respectivamente). Pero bueno, da igual que ellos se paseen por ahí, se coloquen donde les digan, suelten sus líneas y pasen a recoger el cheque: toda la crítica y prensa especializada seguirá cayendo rendida y la taquilla (aunque creo que cada vez se deja liar menos) responderá al señuelo. Y digo yo, ¿no sería momento de que nos pusiéramos más exigentes? ¡Que ya está bien de vivir de glorias pasadas, sobre todo cuando ninguno de ellos tiene ochenta años o cosa parecida! Que se lo trabajen un poco, hombre; como diría un genial viejecito que conozco, “¡a esos, a picar piedra los ponía yo!”.

En la imagen: Robert De Niro durante el rodaje de “El buen pastor” - Copyright © 2006 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.