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Miércoles 16 Abril 2008

Está a punto de terminar el primer cuatrimestre y, con el Festival de Málaga aún reciente, quizá sea el momento de hacer los primeros exámenes del año al cine español. Atrás quedan las penosas estadísticas de la Academia, las habituales reflexiones lastimeras de la industria y los sorprendentes Goya. Entonces todos se las veían muy felices con Álex de la Iglesia y “Los crímenes de Oxford”, pero resultó un fiasco, un querer explorar nuevos territorios para quedarse en una historia mal hilvanada, sin atractivo alguno, y perder lo que tenía el director de genuino. Algunos esperaban también mucho de la cinta de Manuel Gutiérrez Aragón y el silencio ante el terrorismo de ETA, con el estreno pospuesto por motivos político-sociales de “Todos estamos invitados”, que finalmente ha resultado tener mejores intenciones que logros, unas buenas ideas para diálogos “muy escritos” y una deficiente puesta en escena y dirección de actores. Parecido lastre —la literalidad del guión y la falta de emoción— arrastró la película de otro cántabro, Mario Camus, en “El Prado de las Estrellas”, repleta de planteamientos y personajes ricos en humanidad pero sin alma ni fuerza suficientes.

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Ha habido otros estrenos hispanos, pero a quien esto escribe no le han atraído ni lo más mínimo. ¿Mala promoción? ¿Poco apoyo de televisión e instituciones? ¿Prejuicios hacia lo español? Dejémonos de excusas para seguir viviendo de la subvención y de la defensa nacional a ultranza. ¿No será, más bien, escasa calidad, falta de identidad y alternativas? Es posible que a alguno le hayan atraído cintas como “Déjate caer”, “Óscar: Una pasión surrealista” o “Fuera de carta”, y entonces le felicito si no se ha sentido decepcionado. ¿Qué decir de la última de Mortadelo y Filemón y sus locas aventuras? ¿Es que el cine español no ha escuchado a Jaime Rosales en la Gala de los Goya (aunque no haya habido tiempo aún de asumirlo)? Parece que sólo una alumna recién salida de la escuela le ha hecho caso, aplicado los conocimientos allí aprendidos, y que aún no se ha dejado arrastrar por la mediocridad de nuestra industria y de la taquilla facilona: Roser Aguilar firmó “Lo mejor de mí”, obra meritoria y fresca, aunque con las excusables deficiencias de lo primerizo. Ahora se abre el plazo para las “reclamaciones” a estos exámenes, en los que muchos —casi todos— “han suspendido” y no “han sido suspendidos”: si algún lector piensa que alguna merece aprobar, que lo exponga en los comentarios. Y, como siempre, al estudiante le quedará el “consuelo” de intentar enderezar la situación en las “recuperaciones”: este viernes se estrena la última de Isabel Coixet, “Elegy”; veremos si la catalana está entre los alumnos aplicados, entre los copiones o entre los desganados.

En la imagen: Cartel de “Los crímenes de Oxford” © 2008 Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados. Cartel de “El Prado de las Estrellas” © 2007 Manga Films. Todos los derechos reservados. Cartel de “Todos estamos invitados” © 2008 Alta Classics. Todos los derechos reservados.

Martes 5 Febrero 2008

Tras la triple metedura de pata en los prolegómenos de los Goya —el affaire de los cortos y de la música original, y la supresión de los premios al cine europeo—, la Academia se encaminaba hacia otro precipicio en la gala de entrega de premios. Algunas de las candidaturas habían levantado más de una suspicacia —véase la cantidad de nominaciones de “Las 13 rosas”, o las de “Oviedo Express” y “El Prado de las Estrellas”—, y parecía mirar hacia otro lado obviando unos resultados de taquilla sonrojantes. Por eso, su presidenta, Ángeles González-Sinde, se cuidó en la ceremonia en subrayar cómo el cine español era sólido (¿?) y sí caminaba “a alguna parte”, en un guiño al fallecido Fernando Fernán-Gómez. Pero tendríamos que preguntarnos a qué parte se dirige, y dónde se asienta su solidez. Es necesaria mucha más autocrítica y menos excusas sobre la invalidez de la taquilla para medir la salud del cine, sobre la preferencia del espectador por verlo en el sofá de su casa. Porque es evidente que ante una buena película, la gente irá a verla a la sala, como siempre ha hecho; y ante una película mediocre… pues en el mejor de los casos esperará a verla en el calor del hogar cuando salga en DVD.

Pero afortunadamente, los académicos fueron coherentes con esa máxima acerca de que el cine no sólo se mide en la taquilla, y dieron a Jaime Rosales y a “La soledad” los dos principales galardones: mejor película y director. Bien merecidos se los tenía, y no hubieran estado de más otros Goya —aparte del mejor actor revelación que recibió José Luis Torrijo— como los de montaje (qué habrán visto a “[Rec]” en este apartado, cuando se apoya fundamentalmente en el plano secuencia) o alguna interpretación femenina. Una cinta de bajo presupuesto y lejos del gusto de un público cómodo, arriesgada y original, triste pero honesta, con personalidad y sin complejos hacia lo extranjero. Del resto de premios, pues más o menos bien: enhorabuena a Maribel Verdú, a Alberto San Juan, a Roque Baños, a José Luis Alcaine… y, por supuesto, a Juan Antonio Bayona por “El orfanato”, a quien no le podemos negar su mérito y buen hacer, y del que esperamos grandes cosas. Nos hubiera gustado ver un Goya al cine europeo —igual lo han quitado por carecer de tirón para traer a la Gala a los responsables (¿?)— y también algún reconocimiento a Icíar Bollaín y a José Luis Garci, que tampoco merecían irse de vacío en algún apartado de interpretación o técnico. Sin embargo, en esta recta final es justo reconocer a la Academia que ha rectificado el rumbo y ha acertado, que ahora sí ha apostado verdaderamente por el cine español sin dejarse llevar por la taquilla, por las amistades o por lo políticamente correcto. Incluso José Corbacho estuvo simpático y comedido, dentro de su estilo gamberro y un tanto provocador, aunque todo pareciera reciclado.

En la imagen: Escena del rodaje de “La soledad” - Copyright © 2007 Wanda Visión, Fresdeval Films e In Vitro Films. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Lunes 4 Febrero 2008

Fue toda una sorpresa. Y sinceramente, no creo que hubiese nadie que se lo esperase. El triunfo en los Goya de “La soledad”, una cinta que apenas ha podido verse más allá de Madrid y Barcelona, y para colmo no demasiadas semanas, pilló a casi todo el mundo con el pie cambiado (menos, supongo, a los notarios, consultores o quienquiera que se ocupe de hacer el recuento de los votos). De hecho, el estupor se notaba incluso en el sonido ambiente de la retransmisión, como si el público no estuviese muy seguro de si era una broma de Corbacho. Y no es para menos: sus nominaciones parecían la típica concesión al cine más radical, al más libre, al que están poniendo en marcha toda una hornada de creadores que nunca aparecen en las listas de recaudaciones, pero que también tienen algo que decir. Pero claro, ¡de ahí a ganar había todo un trecho!

Habrá quien se lamente de que se haya premiado una cinta que apenas ha visto nadie… no porque no sea valiosa, potente, una de las mejores películas de todo el cine estrenado en nuestro país el año pasado, sino porque los distribuidores no se vieron capaces de apostar por ella, atosigados como están por la necesidad de recaudar rápido y bien ante el descenso de los ingresos por taquilla. Allá ellos; si el criterio fuese sólo ése, la recaudación, que los otorguen por estricta clasificación a 31 de diciembre, y que se ahorren los gastos de la gala. No: los premios deben ser otra cosa, algo que los Goya no suelen ser… y que, sorpresivamente, en esta edición sí que lo han encarnado. Eso sí, seamos realistas: probablemente lo que sucedió fue que el voto se repartió tanto entre las favoritas que ninguna de ellas logró suficiente para conseguir ni el de Mejor Película ni el de Mejor Director ni el de Actor Revelación. Suele pasar: cuando hay más de un claro favorito, a veces de rebote sale un tercero que nadie espera. Puede que sea el caso de “La soledad”, pero negarle el mérito a la cinta de Jaime Rosales sería pecar de una miopía preocupante; la que, desde luego, no salvará a nuestro cine.

En la imagen: Petra Martínez en “La soledad” - Copyright © 2007 Wanda Visión, Fresdeval Films e In Vitro Films. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Escrito por Manuel Márquez el 04.02.08 a las 18:00
Archivado en: Actualidad, Goyas

Ni decepción ni sorpresa. Confirmando las previsiones apuntadas en este mismo blog, la gala de entrega de los Premios Goya, que tuvo lugar la pasada noche en el Palacio de Exposiciones y Congresos, de Madrid, ofreció más de lo mismo: un espectáculo que, desde la previsibilidad más absoluta —la que impone un formato que deja muy poco margen de maniobra para la originalidad—, tuvo en José Corbacho a un conductor ágil e ingenioso, capaz, con sus gags y sus chaquetas, de hacer del escenario un territorio no excesivamente árido, y en el resto de sus participantes, las huestes del cine español, un público cordial y animoso que se atuvo, en todo momento, al guión de un binomio relajante (normalidad-tranquilidad), sin apenas espacio —salvo algún apunte por parte de Alberto San Juan (carga de profundidad contra la jerarquía eclesiástica), o la nota emotiva a cargo de José Luis Alcaine (dedicando su premio a la memoria de las trece rosas, nombradas una a una con una solemnidad que cortaba el aire)— para las convulsiones que estremecieron escenario y palco algunos años atrás. ¿Lecturas políticas? Es tiempo de campaña electoral: cada cual saque sus particulares conclusiones.

En lo que atañe a la “chicha” —es decir, los premios—, como diría el lotero de mi barrio, la cosa estuvo muy repartida. ¿Voluntad de “no poner todos los huevos en el mismo canasto”, o deseo de transmitir una imagen de amplitud de opciones que quizá no casa con una realidad mucho más cruda? Quién sabe… Se tiende, generalmente, a especular sobre las intencionalidades de decisiones colectivas que, en muchas ocasiones, sencillamente no existen: que la suma de las decisiones individuales en la que se funda la colectiva arroje un resultado determinado suele ser más fruto de la casualidad que de otra cosa. En todo caso, sí me causó cierto grado de sorpresa (y, por qué no decirlo, de íntima satisfacción) que la Academia apostara, y fuertemente, por ese cine “diferente” que, sin duda alguna, representa la gran triunfadora de la noche: “La soledad”, de Jaime Rosales. Y me quedo, también, y por lo que me toca personalmente, con la dedicatoria de su director a esos “pequeños futuros cinéfilos” que han de insuflar sangre fresca a este nuestro cine: ojalá el mío esté entre ellos…

En la imagen: Fotograma de “La soledad” - Copyright © 2007 Wanda Visión S.A. Todos los derechos reservados.

Viernes 1 Febrero 2008

La proximidad de los Goya y el reciente balance del pasado año invitan a reflexionar. ¿Por qué el cine español está permanentemente enfermo? ¿Por qué el público recela de lo nacional? Echando una mirada al panorama de nuestro cine, podemos sacar algunas conclusiones. Para empezar, no tenemos nada que envidiar en lo que se refiere a directores de fotografía, música, vestuario… Ahí están Alberto Iglesias, Roque Baños o Pablo Cervantes entre los músicos, y José Luis Alcaine, Javier Aguirresarobe o Paco Femenía entre los fotógrafos, por ejemplo. Parece que los aspectos artísticos no se nos dan mal, y que son apreciados también fuera de nuestras fronteras. En cuanto al componente interpretativo, no son muchos los que sobresalen y no se pueden comparar —en general— a los actores británicos, franceses, nórdicos…, pero no faltan algunos trabajos muy logrados cuando caen en manos de quien les dirija con acierto.

Otra conclusión a la que llegamos es que los directores y las películas más cuidadas triunfan fuera y en festivales extranjeros, pero no dentro. Ahí están Jaime Rosales y “La soledad”, José Luis Guerin y “En la ciudad de Sylvia”, o Javier Rebollo y “Lo que sé de Lola”, entre otros…, por no hablar del gran ignorado por la industria patria, Víctor Erice. Cine no comercial poco valorado, con apenas apoyo institucional en su promoción, que queda arrinconado para un sector minoritario. En el otro extremo están los que salvan la taquilla cada año: Juan Antonio Bayona y “El orfanato”Álex de la Iglesia y “Los crímenes de Oxford”… cine que suscita comentarios del estilo de «hasta no parece español», como si se tratase de imitaciones del más puro estilo norteamericano. Y eso por no hablar de quienes se labran el futuro lejos, con ambientación, equipo, producción… extranjera, como hace Isabel Coixet. Triste realidad la que atañe, por tanto, al mundo de la dirección, por cuanto habla de falta de respaldo o de personalidad en esta lucha por sobrevivir…

En conexión con lo dicho hasta ahora y como última conclusión, podemos advertir la carencia de buenos guionistas como clave de esta prolongada salud del cine español: no sólo faltan historias e ideas —algo común al resto de las cinematografías, como ya hemos apuntado en este mismo blog—, sino que tampoco vislumbramos buenos escritores para el cine, que conecten con la realidad de la calle, que sepan construir personajes e historias coherentes y verosímiles, que consigan mantener el interés del espectador. Quizá la tan traída y llevada Ley del Cine se haya olvidado de este aspecto, y bien podría gastar su presupuesto en fomentar estudios y escuelas de guionistas y no tanto subvencionar cine de dudosa viabilidad.

En las imágenes: Arriba, parte del equipo de ”En la ciudad de Sylvia”; abajo, rodaje de “La soledad” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

Lunes 17 Diciembre 2007
Escrito por Miguel A. Delgado el 17.12.07 a las 22:40
Archivado en: Goyas

La verdad es que la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España ha vuelto a demostrar lo que, en el fondo, ya sabemos por activa y por pasiva: que el cine español, como institución, tiende al conservadurismo de manera alarmante. Que “El orfanato” se lleve 14 nominaciones a los Premios Goya, teniendo en cuenta el grandísimo éxito comercial e incluso crítico que está cosechando, entraba dentro de lo previsible (por más que, a quien esto firma, tal unanimidad entre en el capítulo de lo incomprensible). Pero que comparta igual número de nominaciones con un título como “Las 13 rosas” (si bien bastantes de ellas en apartados técnicos), el ejemplo más palpable de una concepción del cine acartonada y sin vida, sólo lleva a la perplejidad.

De nada vale que haya alguna concesión a películas verdaderamente importantes, como la joya que es “La soledad”, que se ha llevado la sorpresa de competir por los galardones a Mejor Película y Mejor Director. Lo verdaderamente importante es que títulos como “[Rec]” (junto con la cinta de Jaime Rosales, probablemente la mejor película española del año) o incluso debuts tan prometedores como “Concursante” o “Bosque de sombras” se han quedado sin el reconocimiento de una industria que vuelve a dar muestra de ombliguismo y de ceguera al ser incapaz de reconocer por dónde se mueve el futuro del cine, de nuestro cine. Eso sí, ya nos hartaremos de oír críticas a la falta de riesgo de los Oscar®. Pues la verdad es que a nosotros tampoco se nos da nada mal… Visto lo visto, no es de extrañar que los cortometrajes les molesten.

En la imagen: Fran Perea, Verónica Sánchez y Gabriella Pession en “Las 13 rosas” - Copyright © 2007 Enrique Cerezo Producciones y Pedro Costa Producciones. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

Viernes 26 Octubre 2007

“En la ciudad de Sylvia” no es un manjar que pueda ser degustado por cualquier paladar. Y eso porque el cine de José Luis Guerín es auténtico Cine —con mayúsculas—, que exige una actitud contemplativa al verlo, y una respuesta reflexiva al analizarlo. Su mirada busca capturar la realidad como se presenta ante la cámara, procurando no adulterarla y respetar su pureza, su ausencia de artificio y su misma verdad. Evidentemente, hay puesta en escena y montaje, pero su planteamiento es el de un poeta y un artista, el de un buen conocedor de la psicología humana y también de la sociología de una época. Capturar el tiempo, reflexionar acerca de lo permanente y lo efímero, buscar los orígenes y la propia identidad… Tarea ardua pero esencial para quien desea hacer un cine que diga algo, y que exige cierta distancia frente a la historia contada a la vez que el máximo respeto hacia sus personajes.

En esta cinta, el director de “En construcción” se acerca al ideal femenino y a su búsqueda por el artista, permanente insatisfecho que trata de capturar el rostro que un día le enamoró y que su imaginario ha transformado hasta hacerlo irreconocible, abstracto, irreal. Esfuerzo inútil de la cámara que lo intenta atrapar —sin conseguirlo— precisamente por la misma futilidad de la imagen, algo que la fotografía sí logra congelar e inmortalizar, y que la imaginación del protagonista recrea de manera obsesiva y complaciente. Guerín nos ofrece miradas de autor con bellísimos planos —compuestos artísticamente y montados con un tempo preciso—, que recogen a su vez otras miradas y gestos de tantas mujeres sobre las que un estudiante ha posado a su vez su propia mirada. Rostros de la mujer bella, unas veces vislumbrado en espejos y escaparates, otras confundido entre jóvenes transeúntes llamadas “Sylvia”, “Laure” o de cualquier otra manera… y siempre la belleza.

Son las miradas de un cineasta sensible e inteligente que, como Víctor Erice (El sol del membrillo”), Mercedes Álvarez (“El cielo gira”), Javier Rebollo (Lo que sé de Lola”) o Jaime Rosales (“La soledad”), eleva el nivel del cine español a las alturas de la contemplación, y eso aunque no encuentre espacio terrenal en las salas y tenga que conformarse con las secciones paralelas de los Festivales. Una joya para ver y disfrutar una y otra vez, sin prisas, recorriendo las calles de Estrasburgo o de cualquier otra ciudad.

En las imágenes: Xavier Lafitte (arriba) y Pilar López de Ayala (abajo) en “En la ciudad de Sylvia” - Copyright © 2007 Eddie Saeta y Château-Rouge Production. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.