“No es país para viejos” fue una excelente noticia porque marcó el regreso de los hermanos Coen; pero aquélla, en cierta manera, era una cinta atípica en su filmografía, por cuanto parecía que hubiesen dejado de lado las características que habían hecho de su estilo uno de los vendavales más frescos y renovadores que, procedente del cine independiente, había soplado sobre Hollywood. Faltaba, por tanto, que esa recuperación se confirmase con un título más cercano a su terreno, y “Quemar después de leer”, con su planteamiento de comedia rayana en el absurdo, de distorsión de un género preexistente (en este caso, el del cine de espías) y de reencuentro con algunos de sus actores fetiche (Frances McDormand, George Clooney), parecía esa oportunidad. Sin embargo, sólo funciona a medias: hay vida en su interior, sí, pero aunque supone un paso de gigante respecto a “Ladykillers” (no era nada difícil), el resultado aún dista mucho de sus obras más geniales.

Si bien se ha resaltado mucho su pertenencia a la vertiente cómica de la filmografía coeniana, lo cierto es que “Quemar después de leer” tiene más similitudes con “Fargo” que con, por ejemplo, “El gran Lebowski” o “Arizona baby”. No sólo porque, en definitiva, todos los personajes que la pueblan son rematadamente estúpidos (aunque, eso sí, ellos se consideren geniales), sino porque el desencadenante de la tragedia (vista de manera cómica, en efecto, pero tragedia al fin y al cabo) descansa en un entrecruzamiento de historias que tienen en común la avaricia: desde Osborne Cox (John Malkovich), el analista expulsado de la CIA que busca venganza a través de unas memorias que, en realidad, no interesan a nadie; al petulante, débil y mujeriego Harry Pfarrer (Clooney); su fría y calculadora amante, que a la vez es esposa de Cox (Tilda Swinton), del que decide divorciarse al perder el estatus que su trabajo en la agencia le otorgaba; y los dos empleados del gimnasio Hardbodies, la simple pero deseosa de abandonar a toda costa la soltería Linda Litzke (McDormand), para lo que buscará en el chantaje la financiación a sus operaciones estéticas que le permitan enganchar un buen partido, y Chad (Brad Pitt), simple a secas, preocupado por la salud y la buena forma, vital pero limitado, que se toma el chantaje más como un juego que otra cosa, porque verdaderamente no tiene algo en mente en lo que gastar el dinero obtenido. Leer más >>


















