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Martes 14 Octubre 2008

El éxito obtenido con “La soledad” ha permitido a Jaime Rosales explorar nuevos caminos en el lenguaje cinematográfico y tratar de entender mejor al ser humano. “Tiro en la cabeza” es una película tremendamente arriesgada en lo formal y profundamente polémica y estimulante en la manera de tratar un tema el terrorismo de ETA que a nadie deja indiferente. La crítica le ha respaldado en el festival de San Sebastián concediéndole el Premio Fipresci de la Crítica Internacional y ve en él a un creador valiente y honesto, que tiene algo que decir al espectador y que sabe hacerlo con la expresividad que la imagen encierra. Sin embargo, el público deberá saber que está ante una película para la reflexión y no para el entretenimiento, ardua y difícil de ver, provocadora y desafiante por la aproximación que hace a los terroristas.

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Lo que está claro es que a nadie dejará indiferente porque es un trabajo nada convencional, con personalidad y con una ejecución ejemplar: detrás de cada plano hay alguien que piensa y que quiere transmitir algo, que intenta entender cómo una idea política transforma a un individuo hasta matar a otro, que recoge con pulcritud y frialdad una realidad tristemente actual como si se tratara de la crónica policial de un asesinato. Rosales recoge el momento en que un comando etarra mató a dos policías vestidos de paisano al coincidir fortuitamente con ellos en una cafetería francesa. Previamente la cámara ha acompañado al protagonista durante dos días en su vida cotidiana, en el parque, en el bar o en casa con unos amigos, de compras o en un momento de intimidad con otra mujer distinta… Una vida aparentemente normal y distendida contemplada desde la distancia y con la voluntad de indagar en lo que pasa por su mente; no se oyen los diálogos que tienen y sólo se perciben los ruidos ambientales, mientras la cámara se sitúa lejos y utiliza un teleobjetivo que da libertad de movimientos a unos actores no profesionales,  que se desenvuelven con la naturalidad de quien desconoce que está siendo grabado. Entre medias, cineasta y espectador quedan sumidos en sus pensamientos acerca de lo que hablarán o lo que pensarán, con elipsis argumentales que deben completar: el resultado es cierta opacidad e inquietud, ausencia de empatía con unos personajes que permanecen ajenos y con los que se guarda una prudente distancia. … sigue >>

Escrito por Miguel A. Delgado el 14.10.08 a las 19:49
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La violencia es una constante en la filmografía de Jaime Rosales. Desde luego, formaba parte esencial del retrato del psicópata que dibujaba en “Las horas del día”, y explotaba también sorpresivamente en su multipremiada “La soledad”. Tanto en estas dos cintas como en “Tiro en la cabeza” se trata además de una violencia que suele irrumpir en el ritmo cotidiano de la vida, como intensos paréntesis que sacuden las existencias aburridas de sus protagonistas. Así pues, no es de extrañar que el acercamiento de Rosales al fenómeno del terrorismo (no olvidemos que éste era el punto que partía en dos la trama de su anterior propuesta) participe de la misma visión.

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Sin embargo, y en este caso, ha llevado la apuesta estilística hasta un límite que hace peligrar la propia inteligibilidad de la película. Partiendo de un hecho real (el asesinato de dos guardias civiles de paisano en el sur de Francia, tras un encuentro casual con unos miembros de ETA en la cafetería de una gasolinera), Jaime Rosales ha construido su narración despojándola de cualquier asidero que nos remita a los esquemas que conocemos de la realidad. Es más, si uno se asoma a este film sin haber leído previamente su sinopsis, se enfrentará a una primera hora absolutamente desconcertante y soporífera, en la que se nos muestra la vida cotidiana de un individuo a través de imágenes tomadas con teleobjetivo, sin que podamos oír sus conversaciones con las diversas personas con las que se va relacionando, ni saber hacia dónde se nos quiere llevar. No es hasta el encuentro en la gasolinera que la cinta se vuelve más accesible, por cuanto (a pesar de no abandonar la perspectiva del teleobjetivo) la narración pasa a ser más lineal; o, por lo menos, se le ofrece al espectador algo más parecido, dentro de lo que cabe, a la experiencia habitual en una sala de cine. … sigue >>