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Domingo 18 Mayo 2008

Protestas y barricadas urbanas, eslóganes de rebeldía e inconformismo, marxismo en estado puro para una revolución socio-cultural, violencia y utopías pacifistas y de todo tipo, amor libre y drogas en la comuna hippie. Y también lucha contra la autoridad y la jerarquía, contra la moral y la religión, contra la estructura y el orden: «¡prohibido prohibir!». Esto y mucho más se respiraba en las calles de París en mayo del 68, en un movimiento básicamente de estudiantes —también de obreros— alterados por algunos agitadores de masas. Un mundo de inquietudes y contradicciones, que se extendió como la pólvora, que comenzó como una entusiasta y airada reacción de protesta y liberación, para terminar con un profundo sentimiento de desencanto, de insatisfacción y de vacío. Al margen de otras valoraciones sobre el fenómeno social, lo que está claro es que nada sería igual tras ese mes mayo, y que toda una generación de jóvenes quedaría marcada y también perdida.

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En medio de ese torbellino socio-político, el cine había jugado un papel decisivo a la hora de espolear a estudiantes y obreros a la manifestación callejera. Cineastas como Jacques Rivette y, sobre todo, Jean-Luc Godard con “La chinoise (La china)” habían alentado a las masas contra la política cultural de Charles De Gaulle, y películas militantes surgidas en el SLON (cooperativa de cine para el debate y la acción política) promovían la lucha contra el poder patronal y la intervención americana en Vietnam. El “affaire Langlois” —destitución de Henri Langlois al frente de la Cinemateca parisina— provocaba un revuelo previo a las barricadas, que culminaría con la creación de unos Estados Generales del Cine y el boicot del Festival de Cannes, en solidaridad con la huelga general y como petición de una transformación global de la industria cinematográfica. El definitiva, el cine se había convertido, de nuevo, en instrumento de propaganda ideológica, y las imágenes se utilizaban al servicio de una causa (marxista-maoísta) que pretendía imponer su propio orden en el desorden. Con el tiempo, como siempre, las aguas volverían a su cauce y los mismos cineastas (Philippe Garrel, Romain Goupil, Bernardo Bertolucci, o Claude Chabrol) reescribirían aquellos días con nuevos films, entre la melancolía y el desconcierto.

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Porque la realidad fue que, conseguidas unas mejoras laborales y una libertad creativa, aquella conciencia revolucionaria había dejado como herencia el fracaso de las utopías y el fin de las ideologías: el individualismo consumista y posmoderno había absorbido a una juventud que en el 69 ya se encontraba desclasada, mientras que los ideólogos y cineastas marxistas lloraban la pérdida del espíritu de clase y de una Arcadia feliz. Es ahí donde algunos, con ocasión de su 40º aniversario, han vuelvo a reclamar un cine más comprometido con la sociedad y la política, más contracultural y provocador, que no se conforme con la búsqueda estética. Parece que, dejando de lado algunos logros que ese mayo trajera, no han entendido el efecto de laminación que sus excesos y una mal entendida liberación dejaron en el individuo, que se volvió “lobo para el hombre” y encontró el poso de la amargura y el desencanto, bien reflejados por Denys Arcand en “Las invasiones bárbaras” o Roger Gual en “Remake” (aunque a nuestro país apenas llegaran, como es habitual, esos aires de contestación ni la insatisfacción posterior). Está claro que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y que cada vez se aprende menos Historia en las escuelas.

En las imágenes: Arriba, fotograma de “La chinoise (La china)”© 1967 Anouchka Films, Athos Films, Les Productiones de la Guéville, Parc Film y Simar Films. Todos los derechos reservados. Abajo, fotograma de “Los amantes regulares” © 2005 Maïa Films y Arte France Cinéma. Todos los derechos reservados.

Martes 22 Abril 2008

El canadiense Denys Arcand ha continuado su demolición de lo que considera un edificio en ruinas, la civilización occidental-neocapitalista, o quizá haya intentado apuntalar sus mil grietas para salvar lo que de bueno tiene. No se sabe muy bien. Con “La Edad de la Ignorancia” concluye la trilogía comenzada con “El declive del imperio americano” y “Las invasiones bárbaras”, y lo hace con una comedia de tono muy ácido y corrosivo. Su sarcasmo y cinismo no dan puntada sin hilo, y las historias reales e historietas fantásticas de Jean-Marc no dejan aspecto social o personal sin parodiar. La mirada de Arcand es distante e inteligente, hipertrofiada a propósito, dispuesta a llevar hasta el absurdo las paradojas del hombre moderno que ha buscado ser libre e independiente, huyendo de sí mismo y con una fe inquebrantable en el progreso. Su propuesta no deja de ser un encadenamiento de situaciones esperpénticas, simplonas y torpes en unos casos, surrealistas y futuristas en otros, exageradas y pesimistas siempre.

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Con un bisturí que necesitaría un poco más de precisión para atender a los matices, Arcand realiza una operación en que el trabajo burocrático o absorbente anulan al individuo, donde las familias rotas o la infidelidad conyugal son lo habitual, donde la obsesión por la salud y el individualismo —con el videojuego como estandarte— conducen a una soledad plasmada en ese tristísimo funeral o en ese estadio convertido en oficinas. No salen bien parados los adultos a la hora de ejercer su autoridad, y tampoco la generación futura que llega sin valores y de vuelta de todo… y así podríamos seguir un buen rato. Todo queda patas arriba en un panorama en que la huida de la realidad es generalizada: el protagonista lo hace con su imaginación para fantasear con las mujeres o envanecerse con éxitos políticos/literarios, su esposa lo hace llenando sus días de una trepidante actividad que la impidan pararse a pensar, sus hijos con las mencionadas maquinitas…, y esos penosos y un tanto hipócritas “mascarados” del torneo yéndose del mundo actual porque piensan que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

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Es el gran teatro del mundo que se engaña a sí mismo, como nos engaña Arcand con este retrato pesimista y poco sutil, aunque en el tramo final cambie de orientación. Entonces llegan los aires frescos del campo, de las cosas pequeñas y sencillas, de la realidad tangible y presente… En parte, tiene razón Arcand: hay que conformarse y disfrutar con lo que se tiene, no ahogarse en lo material ni en lo utópico, abrirse a lo natural y escapar de los mundos artificiosos vacíos de humanidad… Pero ojo, porque por momentos parece que nos vende la misma “moto” falsa que critica desde la exageración. Tampoco es para ponerse así, y unos minutos de luz no son suficientes para equilibrar una cinta tan descompensada hacia lo negativo y lo frívolo. Aire, señor Arcand, aire natural y sin contaminar, y un poco de espacio para salir del inmanentismo que enfáticamente predica.

En las imágenes: Dos escenas de “La Edad de la Ignorancia” - Copyright © 2007 StudioCanal, Cinémaginaire, Mon Voisin Productions y Ciné-@. Fotos por Jan Thijs. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

Viernes 11 Abril 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 11.04.08 a las 1:43
Archivado en: Estrenos

Cosa rara, sí señor: este fin de semana, las propuestas más interesantes de la cartelera no vienen de la corriente principal hollywoodiense, sino de sus márgenes o de otros países, empezando por el nuestro. En primer lugar, Manuel Gutiérrez Aragón se atreve con una historia dura, con un guión basado en la dura situación que se vive en el País Vasco, a través de dos personajes: un etarra que ha perdido la memoria, interpretado por Óscar Jaenada, y un profesor universitario amenazado por su posición crítica (José Coronado). “Todos estamos invitados”, una apuesta arriesgada que a priori despierta el interés.

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La otra propuesta viene desde un ángulo totalmente diferente, con el regreso de Michel Gondry a Estados Unidos para facturar su última marcianada, “Rebobine, por favor”, la prueba de fuego, tras “La ciencia del sueño”, para demostrar que hay vida en su filmografía más allá de Charlie Kaufman. El canadiense Denys Arcand busca cerrar con “La Edad de la Ignorancia”, por su parte, la estupenda trilogía iniciada por “El declive del imperio americano” y seguida por la exitosa “Las invasiones bárbaras”. Junto a ellos, dos títulos más, uno con barniz de calidad (“La banda nos visita”), y otro de comedia española que podría dar la campanada (“Fuera de carta”). ¡Ah!, y una cosilla con Kevin Spacey sobre matemáticas y Las Vegas: como los Pelayos, vamos, pero con más glamour.

En la imagen: Óscar Jaenada en “Todos estamos invitados” - Copyright © 2008 C. I. P. I. Cinematográfica y Telecinco Cinema. Foto por Antonio Suárez. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.