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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Domingo 20 Abril 2008

Muchas veces se ha dicho que lo esencial del cine es una buena historia (no limitando ésta a lo que pueda suceder en el ámbito exterior, como ya hemos comentado). Sin duda es así. La historia que se nos cuenta resulta fundamental y previa a otros aspectos técnico-artísticos, y también algo sustancial al tratarse de una creación humana que pretende hablar de lo que rodea a la misma vida (por eso, el amor y la muerte acaban constituyéndose en sus dos pilares y temáticas básicas). Desde siempre, el hombre se ha sentido seducido y atrapado por el arte de contar y escuchar historias, cuentos, tradiciones, leyendas… Y en esto, el cine ha ido de la mano de la literatura en su corta existencia de un siglo, en su intento por reflejar la Historia y las historias de los hombres. Unas veces, las películas se han acercado a los aspectos más poéticos y artísticos que el libro encierra para reflejar la sensibilidad y espiritualidad del individuo, otras se han comportado como vehículo de comunicación para buscar el testimonio de la verdad y la denuncia de la injusticia, y otras se han decantado por un carácter más narrativo-novelesco para abordar relatos y aventuras donde épica y romance se conjugaban con drama y comedia.

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Sin embargo, esta imitación tiene sus peligros y limitaciones, porque una cosa es la palabra y otra la imagen —basta con ella para hablar de cine—. Cuando al medio cinematográfico sólo se le exige contar una historia, corremos el riesgo de seguir a remolque de la literatura y no explotar todas las posibilidades de su lenguaje, de explicarlo todo con diálogos y narradores y quizá de despojar a las historias de la ambigüedad y del misterio de la vida, a la vez que de formar espectadores que ven un largometraje una sola vez porque “ya sé lo que pasa y cómo termina”. Sin duda, este público que ve un film como podría leer una novela, es, en buen aparte, deudor del cine americano y de la narrativa literaria, pero a la vez renuncia a recorrer otros caminos y tener aventuras diferentes (no tanto por los temas y contenidos, sino por la forma —por el lenguaje— de acceder a ellos). La imagen pierde, entonces, su potencial narrativo y expresivo, y se queda a expensas de la dirección que la palabra marque, según un guión que, en el mejor de los casos, no será lineal y explícito en todos sus extremos.

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Pero existe otra manera de poner imágenes en movimiento y comunicarse con el espectador. Existen otras intenciones al recoger pensamientos, sensaciones e inquietudes en el celuloide. En esas ocasiones, las imágenes también se convertirán en auténtico cine aunque su historia sea nula o mínima, si reflejan un espíritu creador detrás, unos anhelos que salgan a flote o unas reflexiones sobre la vida, la muerte, la sociedad… Ciertamente se trata de un territorio un tanto marginal conocido como el “no-cine”, el ”cine-ensayo” o el “video-instalación”, aunque también se han realizado películas de argumento no convencional ni narrativo, al estilo de “Last days” o “En la ciudad de Sylvia”, que podrían ir dejando de ser propuestas minoritarias. En cualquier caso, ahora que se aproxima el aniversario de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, es buen momento para plantearse ese territorio común de cine y literatura, y también aquel en que el primero debe desmarcarse del segundo para tener vida propia, para experimentar con las formas visuales y para no caer en estrecheces y reduccionismos empobrecedores.

En las imágenes: Arriba, “En la ciudad de Sylvia” © 2007 Wanda Visión. Todos los derechos reservados. Abajo, “Last days” © 2005 Vértigo Films. Todos los derechos reservados.

Domingo 9 Marzo 2008

Aprovechando que estamos en época electoral, vamos a hablar un poco del cine democrático que nos ha traído la última posmodernidad —¿habrá una ultramodernidad?— y la tecnología digital. Unos dicen que el nuevo soporte ha supuesto una auténtica revolución por permitir a los menos pudientes, a los que comienzan, hacer cine, gracias al bajo coste y a la facilidad de rodaje y montaje que supone. ¡Cualquiera puede hacer su película con una cámara digital!, ¡cualquiera puede presentar su trabajo en los innumerables festivales que cada pueblo organiza! Parece que todos somos iguales —algunos más iguales que otros, diría George Orwell—, y que la sofisticada técnica suple cualquier otra carencia a la hora de hacer cine. Sin embargo, hay también quienes apuntan que nunca la descomposición numérica de la imagen podrán alcanzar la textura fotográfica del celuloide y recoger su carácter táctil, su profundidad de campo o la riqueza cromática o de grises…, y que sólo algunas temáticas justificarían la digitalización del cine.

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Al margen de esta discusión que recuerda la surgida cuando apareció el sonoro, uno también se pregunta si la facilidad para rodar y editar no habrá traído —junto a otras razones— una trivialización de los contenidos. Ya hemos hecho alusión a la carencia de ideas y buenos guiones, y quizá convenga ahora incidir en la vaciedad de muchas formas e imágenes, auténticos fantasmas sin vida como los retratados por Gus Van Sant en “Last days”. Esta ligereza o fragilidad de identidades desestructuradas, este pensamiento débil imbuido de relativismo, esta arquitectura efímera y sin consistencia, este juego de apariencias parecen constituir el sello de una posmodernidad que vive el instante presente y nada más. Personajes sin pasado o con un futuro escapista y falso, situaciones irreales e inverosímiles en las que la vida diaria y auténtica no se reconoce. Todas esas imágenes son las que recoge una cámara digital que permite borrar para volver a grabar encima, como si nunca hubiera existido lo anterior. Esperemos que la democracia digital no se vea atrapada y sepa desligarse de esa vaciedad posmoderna.

En la imagen: Michael Pitt en “Last days” - Copyright © 2005 HBO Films, Meno Film Company, Picturehouse Entertainment y Pie Films. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.