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Domingo 17 Agosto 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 17.08.08 a las 20:47
Archivado en: Críticas

Hay un hecho innegable: las canciones de Abba siguen teniendo un poder tremendo, por encima de modas y comentarios más o menos benévolos. Quizá por lo que tienen de símbolo generacional, de celebración más o menos desacomplejada, o porque simplemente son de una liviana perfección agradable para la mayor parte de los oídos, no es de extrañar que la idea de construir un musical a partir de ellas estuviese abocada al éxito. Y claro, para culminar el ciclo, era evidente que también tenía que llegar la película. Y aquí está.

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La verdad es que, si no fuera por las canciones del cuarteto sueco y del relumbrón de los nombres que figuran en el cartel, estaríamos hablando de muy poca cosa. Porque lo que sobre las tablas de los escenarios funcionaba sin problema, arrancando las palmas y la participación cómplice de las plateas, aquí aparece como un producto demasiado mecánico, demasiado consciente de que tiene que transmitir buen rollo a toda costa, y en el que todos los actores parecen obligados a ser simpáticos, poniendo en ello mayor o menor empeño. Pero sobre todo, se trata de un musical fatalmente dirigido, en el que los números musicales se resuelven con un montaje y una planificación verdaderamente mediocres (parece que a Phyllida Lloyd se le dan mejor los teatros que las salas de cine, pues fue también la responsable del primer montaje londinense) que convierten la narración en monotonía, una monotonía en la que el único aliciente es descubrir tras cada primer acorde cuál va a ser la siguiente canción que vamos a oír. Y, una vez que la descubrimos, poco más queda, porque no es que ni visual ni coreográficamente vayamos a ver nada que nos deje especialmente maravillados. … sigue >>

Jueves 5 Junio 2008

Estos días, a raíz de la muerte de Sydney Pollack, hemos vuelto a oír la melodía de una de sus cintas más famosas, “Memorias de África”, y a ver imágenes llenas de la luz de aquel continente (luz que se ha convertido en referencia para todos los directores de fotografía, como recordaba Javier Aguirresarobe en un artículo en el diario Público) con los rostros desde entonces icónicos de Robert Redford y Meryl Streep. Y los comentarios, claro, seguían los cauces habituales: “obra maestra”, “joya inolvidable”, etc., etc.

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Pues bien, uno no puede evitar sentirse un poco extraño cuando oye y lee estas cosas, porque lo cierto es que “Memorias de África” me ha parecido desde siempre un bluf, uno de los mayores pestiños de la historia del cine; y más aún si se tiene en cuenta el maravilloso original literario de Isak Dinesen, infinitamente más rico, complejo y sugerente que la larguísima postal que nos despachó Pollack. Y lo malo es que su influencia no se quedó ahí, sino que inauguró una larga cadena que nos trajo, entre otras, el ladrillo de “El paciente inglés” de su discípulo aventajado, Anthony Minghella; “El cielo protector” de Bernardo Bertolucci, sólo memorable por la extraordinaria banda sonora de Ryuichi Sakamoto; y, últimamente, la “Seda” de François Girard. Francamente, tanto empacho formalista me parece tan cargante como las explosiones del señor Michael Bay. Y es que en esto, como en todo, los extremos también se tocan.

En la imagen: Fotograma de “”Memorias de África” - Copyright © 1985 Mirage Entertainment y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.