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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Domingo 23 Noviembre 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 23.11.08 a las 17:26
Archivado en: Críticas

Es innegable que existe ya un “momento Bourne” que va a marcar un antes y un después del cine de acción. Y lo más sorprendente es que ese modelo de héroe doliente, obsesivo y nada glamuroso terminase contagiando al que representa lo absolutamente opuesto, un James Bond al que el tiempo había ido reduciendo a mera caricatura, quitándole el encanto que en su época tuvo. Así, cada nueva entrega no era más que una vuelta de tuerca, cada vez más desdibujada, en torno a una tipología de personaje cada vez más desconectado del mundo real, y no es de extrañar que la arriesgadísima apuesta de “Casino Royale” sorprendiera a todos; los resultados, como es bien sabido, dejaron más que satisfechos a público y crítica, y descubrieron a Daniel Craig como perfecta encarnadura de alguien que no deja de ser un asesino eficiente y sin escrúpulos, una versión (muy) corregida y aumentada del papel que ya nos deslumbrara en “Munich”.

Claro que no basta con aprobar el primer parcial, luego viene la reválida. Y ése es el problema de “Quantum of solace”: que, una vez superada la sorpresa de la primera entrega de este Bond renacido, el único camino que le quedaba a la saga era crecer, explotar todo su potencial y expandir todavía más el horizonte y espectacularidad de sus entregas. Porque ésa, no lo olvidemos, es la principal razón de que las películas de Bourne hayan quedado grabadas a fuego en la memoria del cinéfilo, especialmente la tercera, que llevaba ya a la perfección absoluta los caminos marcados por las dos anteriores. En cambio, “Quantum of solace”, sin ser totalmente decepcionante, sí que enciende algunas señales de alarma por cuanto, en un tiempo récord (sólo dos largometrajes), ya comienza a dar muestras de un cierto agotamiento de la fórmula inicial, como si, una vez refundados los cimientos del nuevo personaje, no se supiera muy bien a dónde llevarle. … sigue >>

Domingo 3 Agosto 2008
Escrito por Miguel A. Delgado el 03.08.08 a las 18:28
Archivado en: Críticas

El arranque de esta cinta es desconcertante, porque no sabemos a qué carta quedarnos. Desde la primera escena, conocemos a Antoine (el grandioso Albert Dupontel), un hombre que tiene todos los números para figurar como el modelo masculino a seguir: con carisma, triunfador en el trabajo y poseedor de una más que rentable agencia de publicidad, casado con una guapa y encantadora mujer (Marie-Josée Croze, la inolvidable asesina de “Munich”), con dos niños que si no son angelicales poco les queda, habitante de una casa con jardín en un barrio exclusivo de París, conductor de un coche de los que hacen que la gente se dé la vuelta para verlo mejor… Y sin embargo, de repente, Antoine empieza a comportarse de una manera impensable; en realidad, ni siquiera tenemos tiempo de conocer cómo era antes de que suceda el brutal cambio que le sobreviene en su 42º cumpleaños. Sin mediar aviso, sin pensárselo dos veces, vende su parte del negocio, ofende a su suegra, decide separarse de su mujer cuando una amiga le cuenta a ella que le ha visto comiendo con otra en actitud de amantes, es desagradable con sus hijos, arruina la fiesta sorpresa de cumpleaños enemistándose de una tacada con todos sus amigos… y finalmente, emprende una huida hacia ningún sitio aparente.

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Las cartas son arriesgadas, porque el espectador no sabe muy bien qué pensar del protagonista. Inevitablemente, uno no puede sentir cierta envidia por su repentina capacidad de poder decir lo que piensa a cada uno, sin tener que recurrir a las, en muchas ocasiones, cínicas formas sociales utilizadas para evitar los conflictos. Repentinamente, Antoine proclama su necesidad de sentirse vivo, de disfrutar cada momento, de liberarse de las ataduras de la rutina, pero resulta tremendamente incómodo ver cómo esa decisión, en principio loable, causa un inmenso dolor a su esposa, que no comprende nada; a sus hijos, a unos amigos que, si bien no es que despierten la empatía del espectador porque representan la fachada hipócrita de una élite culta que no se siente responsable de ninguna injusticia mientras llenan a espuertas sus cuentas corrientes, acaban contagiando su desconcierto ante una agresividad repentina y, en el fondo, proveniente de uno de los suyos. … sigue >>