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Lunes 14 Abril 2008

Los norteamericanos han mostrado repetidamente su particular visión de la guerra de Irak, sobre todo con una mirada crítica hacia los responsables del conflicto, políticos o militares. Pero siempre lo han hecho desde su óptica y mentalidad, por lo que resulta muy interesante acercarse a la propuesta de un director iraquí como Mohamed Al-Daradji en “Ahlaam (Sueños)”, para recorrer las calles de Badgad en los años previos a la caída de Saddam Hussein. Se sirve de una historia real, acompañando a tres personajes que coincidieron en un psiquiátrico: una mujer que enloqueció cuando el día de su boda las milicias “secuestraron” a su futuro marido; un soldado que perdió el oído y también el juicio cuando atravesó la frontera con su amigo herido y fue declarado desertor; y un médico que se graduó entre los temores a ser denunciado porque su padre había sido comunista. Es el clima de intolerancia y miedo generado a partir de una guerra, que radicaliza posturas hasta el fanatismo y el terror, y cuyas principales víctimas acaban siendo los civiles más indefensos, las mujeres, los niños y… los locos.

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En algo más de hora y media vemos cómo una sociedad pacífica y llena de ilusiones, se trasforma en un microcosmos de locura —el manicomio actúa de metáfora perfecta, aunque también real y de escasos recursos— para terminar de manera trágica con un ataque postrero estadounidense que derrocaría al dictador. Las bombas caen y el caos se adueña de la ciudad: el pillaje y los desmanes se suceden, los pacientes del psiquiátrico salen del hospital y recorren las calles desiertas hasta perderse —si no lo estaban ya en su enajenación— entre la histeria colectiva, porque la locura está en ellos y también en esos milicianos que apuntan y disparan a todo lo que se mueve en una ciudad convertida en campo de exterminio. El panorama es desolador, y la cámara de Al-Daradji reparte sus minutos entre las tres historias que se entrecruzan en su trágico destino, y recoge con un estilo hiperrealista —como conviene para mostrar la crudeza y verdad de cualquier conflicto bélico— esa pérdida del juicio y de sensatez.

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La desesperación de la novia “viuda” recuerda en algunos planos a aquel niño entre las ruinas de los edificios berlineses que recogiera Roberto Rossellini en “Alemania, año cero”, en otra mirada hacia la deshumanización a que conduce cualquier guerra. La obsesión y enajenación del soldado dejan ver la bondad de cualquier ser humano, incluso de aquellos limitados en sus facultades. Y la solidaridad del médico alertan sobre lo peligroso de hacer juicios globales sobre un pueblo, cuando también hay algunos hombres buenos en medio de la barbarie. Una cruda pero necesaria metáfora sobre la guerra, vista desde el bando de quienes soñaban en un mundo de felicidad y paz, que vieron cómo su país se convertía en un infierno y que no tuvieron otra escapatoria que evadirse a otro mundo de sueños en su mente perturbada, para no ver la tragedia de otros locos que se dedicaban a matar.

En las imágenes: Fotogramas de “Ahlaam (Sueños)” - Copyright © 2005 Human Film e Iraq Al-Rafidain. Distribuida en España por Sagrera TV. Todos los derechos reservados.

Jueves 21 Febrero 2008

La 58ª edición de la Berlinale clausurada hace escasos días apostó por el drama infantil, un tercio de las 21 cintas a competición en su Sección Oficial se movieron en esas coordenadas. Estadísticamente, eran por tanto muchas las posibilidades de que los Osos dieran un abrazo amistoso a algunas de esas películas, y que el feroz animal recibiera incluso un beso de los elegidos. De esta manera, los salvajes “Grizzly” se habrán convertido en mansos “Panda” o en osos de peluche con los que podrán jugar los infortunados niños, antes maltratados en la pantalla. Han sido siete historias a cuál más dramática y dolorosa, que invitan a pensar en los motivos que llevaron a Dieter Kosslick a tal programación. Está claro que el drama supone una materia cinematográfica de primer orden, y que si los protagonistas son niños inocentes e indefensos… su mensaje llegará más fácilmente a un público que “necesita” ser sensibilizado y conmovido. Pero más allá de estas razones y no siendo el Año Mundial de la Infancia ni nada parecido, resulta un misterio la razón de tal concentración en la Berlinale. ¿Habrá aumentado últimamente el abuso sobre los niños y su falta de protección, o será que la sensibilización social ha subido enteros?

Nos inclinamos más por lo segundo, al menos teniendo en cuenta otras circunstancias como la creciente exigencia en la protección de datos e imágenes infantiles, la insistencia en el derecho del niño al juego como parte de su formación, la escolaridad obligatoria… Si es así, bienvenido sea este aluvión de cine dramático-infantil, aunque vaya dirigido a los mayores y los pequeños tengan que conformarse con la animación y poco más. Si fuesen motivos mercantilistas, estaríamos en un nuevo abuso, más mezquino aún que los denostados en la pantalla. Por otra parte, es ya conocida la apuesta del Festival de Berlín por este cine comprometido políticamente —en lo que se refiere a la convivencia social, no a partidos—. Resulta, por otra parte, imposible olvidarse del mayor de los dramas infantiles que la cámara haya filmado nunca, y que Roberto Rossellini ambientó precisamente en el Berlín de posguerra: nos referimos a “Alemania, año cero”, donde la ruina material y el hambre eran reflejo de otra pobreza interior y de una desesperación que empujaban al suicidio a su joven protagonista.

Ya en esta edición de la Berlinale, vimos cómo el italiano Luigi Falorni recuperaba la historia real de una niña obligada a ir a la guerrilla a Eritrea (“Feuerherz”), el estadounidense Damian Harris liberaba a dos niños de 8 años que habían sido secuestrados para abandonarles después en la calle (“Gardens of the night”), y el japonés Yoji Yamada homenajeaba en “Kaabee” a todas las madres que sacan adelante a sus hijos en medio de la dificultad. Otro niño secuestrado aparecía en el film “Julia” de Erick Zonca, donde Tilda Swinton es la mujer del título, alcohólica y extorsionadora en su drama existencial. Más miseria y muerte llegaba desde México con “¿Te acuerdas de Lake Tahoe?”, donde Fernando Eimbcke presenta la huida de casa de un niño de 13 años, casi lo contrario a lo que sucede en “Restless” del israelí Amos Kollek, donde es el padre quien huye y el hijo quien sale en su búsqueda. Por último, una niña con cáncer es el punto de partida de “Zuo you”, del chino Wang Xiaoshuai, que desarrolla un drama total cuando su curación pasa porque sus padres tengan otro hijo para el trasplante, pero ellos están separados. Con este panorama, sobran las palabras.

En las imágenes: Fotogramas de “Alemania, año cero” - Copyright © 1948 Produzione Salvo D’Angelo y Tevere Film. Todos los derechos reservados.

Martes 19 Febrero 2008

Alguien ha escrito que “La escafandra y la mariposa” (Julian Schnabel) no es una película sino un producto multimedia, y eso porque —según esa opinión— se sirve de la imagen en movimiento como elemento «subsidiario de la vida», como un medio «para aprender cosas acerca del ser humano» a través de un relato «convencional y reaccionario de la fragilidad de la vida» y de la «banalidad estética». De un plumazo, el autor parece liquidar una apuesta tan personal como independiente y arriesgada, un trabajo que sabe sacar provecho a una historia única y a la vez dotarla de toda la expresividad que imagen, sonido, música y artes plásticas permiten al cinematógrafo. Porque si el Cine es el Séptimo Arte por aspirar a integrar y fundir al resto en una obra única, no cabe duda de que este reconocido y polifacético artista que es Schnabel está aquí cerca de conseguirlo.

Pero al margen de esa película y del comentario crítico apuntado, lo que más sorprende son algunas reacciones de especialistas de cine que tachan categóricamente de “conservador” o de “impostura” cualquier película que entienda el cine al servicio del hombre, de la familia, de la vida… Parece que en su escafandra ideológica no cabe la disensión a lo políticamente correcto, que el cine debe ser por naturaleza transgresor y “progresista” —en el sentido social, no político—, y que cualquier postura que atienda a los aspectos más humanistas debe ser mirado con recelo porque seguro que pretende adoctrinar al espectador. No contemplan el cine como una manera de ayudar al hombre en su búsqueda de la verdad, porque no creen en ella; tampoco como espejo que refleje al individuo ni le oriente, porque el escepticismo ha agostado cualquier atisbo de esperanza; y qué vamos a decir del sentimiento, denostado y desterrado de las pantallas por muy sutil e inteligente que aparezca.

Al final, acaban ejerciendo una presión tan fuerte como intolerante que conduce al pensamiento único posmoderno y altivo, con que el crítico o artista pretenden erigirse en norma de lo que se puede defender en una sociedad abierta. Es el “síndrome de cautiverio” que sufrió Jean-Dominique Bauby —autor y protagonista del libro “La escafandra y la mariposa”— o el aislamiento en su torre de marfil del Aton Ego de “Ratatouille”, necesitados ambos de unas alas o de un sencillo menú para liberarse del peso de la escafandra de la ideología o del orgullo congénito, y recuperar así la alegría de disfrutar con el cine. Algunos preferimos pensar que el cine está al servicio del hombre, para ayudarle en todo lo que sea menester: a soñar y seguir creyendo en los imposibles, a evadirse con un entretenimiento que descanse del trabajo, a aprender con situaciones y vidas ejemplares o no tan ejemplares, a disfrutar con lo bello y hermoso que las artes puedan aportar. Mejor eso que la vaciedad y la deshumanización del cine, que la falta de ética en la estética. Si Ford, Renoir, Ozu, Kurosawa, Rossellini, Tarkovski… levantaran la cabeza.

En las imagenes: Momentos del rodaje de “La escafandra y la mariposa” - Copyright © 2007 Pathé Renn Production, France 3 Cinéma y CRRAV Nord-Pas de Calais. Fotos por Etienne George. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.