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sección de opinión de la revista de cine LaButaca.net 
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Jueves 2 Octubre 2008

No son muchas las películas de calidad que el mes de septiembre nos ha dejado en la cartelera, pero podemos recomendar algunas. Para empezar, un western redondo por su narrativa y crepuscular por su temática: “El tren de las 3:10”, intenso remake del clásico de Delmer Daves, con Christian Bale en el personaje del padre honrado que se ve obligado a usar la pistola para obtener una recompensa y sacar adelante a su familia, y donde Russell Crowe da vida a un bandido que esconde un pasado con heridas sin cicatrizar. Cine para la posteridad sobre dos hombres bien dibujados en el guión y un niño que mira a ambos con la admiración y el desengaño del adolescente. Y hablando de niños, el espectador también gozará con “El niño con el pijama de rayas” —tanto o más que con la novela—–, historia sentimental de amistad entre un alemán y un judío, con los campos de concentración nazi de fondo, todo contemplado desde la mirada inocente de un niño.

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De estilo diametralmente opuesto es la fantasiosa “Hellboy II: El Ejército Dorado” de Guillermo del Toro, sugestiva en lo visual y esquemática en el retrato de personajes —como corresponde al cómic— y, sobre todo, entretenida y nada pretenciosa. Y para los amantes del cine europeo, una francesa y una española, de tonos y géneros dispares: “Un verano en la Provenza” supone una nueva incursión —un poco complaciente y convencional, pero agradable— en el ambiente rural francés, en busca de la felicidad de lo natural y de la estabilidad familiar y afectiva; mientras que “El rey de la montaña” es una muestra más del vigor de los jóvenes talentos hispanos que buscan en el thriller su modo de conectar con un espectador que abandona las salas, aquí con reflexión incluida acerca de la naturaleza salvaje del hombre y de la perniciosa influencia de ciertos juegos de rol y algunos videojuegos en la mente infantil y juvenil. … sigue >>

Martes 16 Septiembre 2008

Desde los tiempos de Jean Renoir (“Una partida de campo”), Francia visita de vez en cuando su campiña en busca de un remanso de paz donde recuperar la alegría de vivir y también un poco de luz para iluminar una existencia problematizada. Es un gusto hacia las cosas sencillas y las personas de buen corazón, donde prima la mirada contemplativa y nostálgica sobre la acción, el sentido positivo sobre el fatalismo nihilista. Son películas humanistas que recogen situaciones a veces dramáticas y personajes desorientados, pero donde el sentido de la amistad y la solidaridad, la familia y el amor les conceden un asidero para salir airosos del atolladero, mientras que el espectador se queda con la sensación de haber presenciado unas vidas auténticas y normales a la vez que respira el optimismo de quien confía en la bondad de la naturaleza humana. A títulos como “La fortuna de vivir”, “Conversaciones con mi jardinero” o “La chica de París” se les une ahora “Un verano en la Provenza”; de nuevo, el campo es sólo el marco ideal para reflejar el regreso a una Naturaleza sin ruidos ni prisas donde se pueda percibir el valor de las cosas importantes y la belleza de las relaciones personales.

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La historia que Eric Guirado cuenta es sencilla: un ataque cardiaco obliga a un tendero de ultramarinos (Daniel Duval) a ser hospitalizado y guardar reposo. Hace años que su hijo Antoine (Nicolas Cazalé) se fue a la ciudad, donde lucha por sobrevivir, y no se habla con él ni con su hermano; sin trabajo estable y con un carácter agriado, la necesidad de dinero le lleva a aceptar sustituir a su padre durante el verano en la venta ambulante por los pueblos de la Provenza, mientras espera ganarse el cariño de su novia Claire (Clotilde Hesme). Se sucederán viajes en una vieja furgoneta donde descubrirá ancianos que viven en su mundo y en otra época, algunos aún con un comercio de intercambio de productos, otros en la soledad y con los achaques de la vejez… pero todos satisfechos y felices a su modo. Sin embargo, el principal periplo del muchacho le llevará a su infancia una nueva road movie, con los recuerdos grabados en una cinta familiar que abre el film y que simboliza un pasado idílico que añora, hacia aquella época feliz que un día perdió no importan ni se explican los motivos y que le ha sumido en un deambular sin rumbo ni constancia en los proyectos, sin un trato amable ni una sonrisa hacia un mundo al que ha dado la espalda. … sigue >>