Ahora que los retratistas de las vicisitudes de la burguesía intelectual parecen encontrarse en horas bajas (¿alguien ha dicho Woody Allen?), reconforta ver que hay una generación de cineastas dispuestos a tomarles el relevo, y además hacerlo con buen pulso. A estas alturas, Daniel Burman es todo menos un recién llegado a la dirección, y poco a poco ha ido construyendo una filmografía coherente y fácilmente reconocible, en la que no es difícil descubrir unas raíces que beben en la herencia del cine europeo, especialmente François Truffaut, a la que consigue insuflar nueva vida, huyendo de la mera imitación para abordar las coordenadas de su peripecia vital: argentino, judío, hijo, esposo, padre… En “El nido vacío” parece lanzar una mirada a un posible futuro, algo que refleja a la perfección la larga elipsis que recorre la cinta, adelantándose a la experiencia que supondrá el que sus tres hijos, ahora pequeños (Burman nació en 1973), se vayan de casa y dejen el nido vacío que da título al largometraje. Imposible saber a ciencia cierta las coincidencias que el escritor interpretado por Oscar Martínez (Concha de Plata al Mejor Actor en el pasado Festival de San Sebastián) pueda tener con el director, pero resulta innegable que es el personaje cuyo comportamiento la película analiza con mayor atención.

Lo que le sucede no es ninguna novedad: ante la repentina noticia de que se está haciendo viejo (que es, poco más o menos, como se toma la independencia de su hija, la única que quedaba por independizarse y que se ha ido a vivir a Israel con su pareja), comienza a fantasear con tener una aventura con su joven dentista, con probar nuevos caminos profesionales… y entonces sufre un bloqueo creativo que le impide iniciar un nuevo libro, algo que insistentemente parece pedirle todo el mundo. Por otro lado, su mujer —la siempre estupenda Cecilia Roth—pasa a ser una desconocida que habita su mismo piso, organiza fiestas sorpresa con sus amigos sin advertir a su pareja y se matricula de nuevo en la universidad para terminar una carrera que tuvo que dejar a medias para cuidar de los niños y apoyar la trayectoria de su marido. En esa incomunicación, lo único que le queda al protagonista, aparte de sus anhelos (que siempre duda si son recuerdos de algo verdaderamente sucedido o deseos de algo que quiere que ocurra), es la compañía fantasmal de un extraño consejero psicológico que le dice lo que quiere oír para entender y racionalizar su comportamiento. … sigue >>

















